No interrumpir. Artista trabajando.


Si pudiera, dibujaría todo aquello que bullía por su mente. Invenciones sin forma concreta, personas que no conocía, lugares que no existían, evocaciones de bellezas imaginadas…Pero no podía. No tenía el talento del pintor. Tan sólo poseía el sueño del escritor.

En un instante de decisión, las letras irían dando forma a sus pensamientos, modelándolos con el suave ritmo del lápiz o el plumín, rasgando  delicadamente un papel cualquiera, en un momento cualquiera. La inspiración no pide cita.

Montones de hojas arrancadas, notas, y apuntes se acumularían en una carpeta o un cuaderno, esperando que les llegara el turno de formar parte de algo más grande. Era posible que ese momento no llegara nunca. O quizá estuviera a punto de ocurrir. De cualquier modo, aquellos papeles garabateados con unas pocas líneas escritas presurosamente, o páginas enteras reflexionadas durante horas,   eran el testigo de su entusiasmo e ilusión. El resultado del impulso de crear algo nuevo, de dar vida a sus personajes e historias. Las palabras eran el eco de una idea que clamaba por ser expresada, por ver el mundo.

“The most beloved American writer”, Norman Rockwell
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