Las gafas para ir al Museo.


Gafas para ir al MuseoTodo el mundo habla de los museos. Bueno, más o menos todo el mundo. Casi todos hemos estado en alguno (o al menos eso me gustaría pensar). Pero, ¿qué es un museo?

En teoría, según la etimología (búsquese en un buen diccionario o enciclopedia, que para eso están), es la casa de las musas, el lugar donde se atesora la belleza que éstas inspiran. Pero yo creo que un museo es, por encima de todo, un refugio, un rincón de maravillas sin cuento, donde el espíritu reposa. Un sitio para pasárselo bien, vaya.

Aunque, tristemente, en los últimos tiempos parece haberse perdido ese carácter casi fantástico, y los museos cada vez se parecen más a una oficina o unos grandes almacenes. Por eso mucha gente los considera aburridos, o acuden a ellos movidos por una especie de imposición social. Y se están perdiendo algo formidable.

Lo cierto es que para difrutar de un museo no hace falta ser un experto, ni siquiera es necesario tratar de “entender” lo que se nos muestra. Tan sólo se necesita una cosa: tener ganas de ver y vivir cosas nuevas.

Pero tiene su truco: hay que ponerse las gafas de niño. Ésas que ciegan los prejuicios y las presunciones, y sólo dejan pasar aquello que se pueda ver con inocencia, curiosidad e imaginación.

Lo malo es que hay muchos mayores que perdieron esas gafas…Por eso lo mejor es usarlas desde pequeño, y tenerlas siempre a mano, guardadas en una buena funda que las preserve de la seriedad que a veces aparece con el paso de los años.

Con esas lentes, uno puede asombrarse de un montón de cosas que de otro modo pasarían desapercibidas. Mundos desconocidos aparecen como por arte de magia, a través de algo tan sencillo como los colores y las formas, un bloque de mármol, o las leyes físicas más elementales. Lo que ves puede gustarte o no, no es obligatorio estar de acuerdo, es lo bueno que tiene.

También es divertido ponerse las gafas y mirar a la gente que va por el museo, su actitud, el ambiente de las salas. Se puede averiguar en seguida quién se ha acordado de ponerse las gafas y quién no.

Por lo general, los niños nunca se olvidan, porque la ilusión con que han esperado la visita hace que las lleven siempre puestas. Entre los adolescentes hay bastantes olvidadizos, pero siempre hay alguno que mira como embobado, con ganas de acercarse lo más posible, desafiando la paciencia del vigilante de sala.

Y entre los jóvenes y personas mayores, hay un poco de todo: algunos ni siquiera miran, unos buscan la foto-recuerdo, y otros prefieren hacer largas disertaciones acerca de lo que tienen delante…Muchos de éstos tienen las gafas un poco sucias, habría que recordarles que, si quieren ver bien, deberían cuidarlas un poquito.

Y, de vez en cuando, uno puede encontrarse con un extraño espécimen, con unas gafas viejas, pasadas de moda, pero con las que puede contemplar perfectamente los tesoros del museo. Estas personas suelen encontrarse sentadas, o simplemente paradas, ante una pieza, en silencio, sin compañía, sin libro-guía. A veces llevan un pequeño cuaderno de notas entre las manos, o un bloc de dibujo y un lápiz. Han pasado muchas horas viendo pintura o cualquier otra cosa que se muestre en unas salas de exposición, formulando un sinfín de preguntas, aunque lo importante no siempre es encontrar  la respuesta.

Y, precisamente por eso, se colocan las lentes, y miran a través de ellas como si fuera la primera vez, con la misma ilusión, con el mismo asombro.

Y tú, ¿tienes tus gafas preparadas?

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