De mayor, pompero


“Burbujas de jabón”, Jean Siméon Chardin, ca. 1734
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art

Hace poco leí que un estudio había concluido que la contemplación de obras de arte y las visitas a museos contribuían a aliviar el estrés entre los jóvenes profesionales, los famosos millenials. Y me resulta curioso que, en un mundo que parece proclamar que si no vives por y para el trabajo no eres responsable (terrible confusión, pero ese es otro tema), y en el que las actividades calificadas inútiles ya no resultan decisivas en casi ningún ámbito (véase la ausencia de planteamientos culturales en los recientes programas electorales españoles), alguien se moleste en romper una lanza en favor de este tipo de cuestiones. Eso sí, bajo apariencia de salud, para darle peso útil a la cosa. Pero bueno, algo es algo.

Y algo parecido debía suceder con estos muchachos que pintó Chardin. Éste eligió el tema por razones muy distintas a las que yo estoy planteando aquí. La más espiritual sería la que conduce a la interpretación de las pompas de jabón como símbolo de la fugacidad de la vida, puesto que se emplea más tiempo en su crecimiento que en su plenitud, la cual es efímera, a la par que bella. Otro de los motivos es de tipo estilístico, puesto que el maestro, con esta escena costumbrista, enmarcada a modo de instantánea, retoma la tradición de la pintura de género holandesa del siglo XVII. Pero también hay objetivos menos trascendentes, como el hecho de poder lucirse ante el espectador, demostrando que posee la técnica y la habilidad necesarias para dominar el translúcido brillo de la superficie jabonosa y esférica sobre el lienzo y la capa pictórica.

Pero como el arte esconde siempre un mensaje diferente para quien lo contempla, mis reflexiones van por otros derroteros. Si traemos este cuadro a la vida, es posible que, tras haber sustraído a escondidas un poco de jabón de la cocina, estos niños subieran a una de las ventanas de los pisos superiores de la casa, poco habitados durante el día, para jugar con un sencillo experimento. El pequeño mira fascinado cómo el mayor sopla paciente y delicadamente, hasta formar una pompa brillante y delicada.

Si les hubieran pillado, las pompas hubieran explotado al instante, desapareciendo así el cuerpo del delito. Y el adulto correspondiente les hubiera reñido diciendo que no deberían estar perdiendo el tiempo con juegos, sino estudiando para ser hombres de provecho el día de mañana. A lo que el muchacho mayor, que parece ingenioso, hubiera respondido que en realidad no estaban jugando, sino haciendo una demostración empírica de la física de las superficies y de la reacción química del agua y el jabón. O algo por el estilo. El niño pequeño asentiría, corroborando la versión del incitador. El adulto habría escondido una sonrisa, y les hubiera dicho cuatro palabras a medio camino entre la severidad y la misericordia, procurando que no se le notara mucho que en realidad estaba admirado y divertido.

Resumiendo. La eterna lucha entre la diversión y el deber, entre lo que te aporta alegría y lo que se supone que te va hacer ser una persona “de provecho”. Entre lo que te llena por dentro, y lo que te llena los bolsillos. Que no sé por qué, pero algunos piensan que son incompatibles, y que lo que cuenta es lo de los bolsillos. Y, al final, hay que darle una pátina de utilidad a lo que aparentemente resulta improductivo. Tienes que ser avispado, para que al final puedas salirte con la tuya, y dedicarte a lo que te hace feliz. Que al final, es lo importante.

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