Nada que demostrar


“Retrato de Johann Joachim Winckelmann” (detalle), Angelika Kauffmann, 1764
Kunsthaus Zürich

Nos están tomando el pelo. No sé cuándo empezó, creo que el origen es irrastreable. A lo mejor todo comenzó cuando se decidió que lo importante es tener, no saber ni ser. Pero tampoco tengo idea de en qué momento sucedió, así que estamos igual.

El caso es que nos están tomando por el pito del sereno. Nos torean, allá donde llamamos. A veces incluso incluso antes de alargar la mano para tocar el timbre. Puertas cerradas, cartas sin contestar, silencio al otro lado del teléfono, trabajo sucio disfrazado de oportunidad.

Y parte de la culpa es nuestra. Por pánfilos. Por dejar que sigan pensando que pueden seguir por el mismo camino, por no protestar. Por creernos lo que nos dicen cuando nos llaman inútiles. Por llegar a autodefinirnos como ilusos, por asumir que tenemos que demostrar que somos necesarios.

Y no es verdad. Hemos recorrido el mismo camino que otros a los que se les espera en los umbrales con los brazos abiertos, nuestros esfuerzos y nuestro tiempo no valen menos. Nos merecemos lo mismo que los demás, ni más ni menos: respeto y dignidad.

Cada uno avanza en este camino lleno de barro como puede. Como le dejan, en realidad. No se nos puede exigir que no aceptemos las pocas opciones que tenemos sólo porque no respondan a lo que en justicia esperamos. Pero el derecho al pataleo existe todavía, según creo.

Claro que no toda la responsabilidad está en nuestro platillo de la balanza. En el otro hay pesos que provienen de las grandes instituciones, las empresas, las propias universidades y escuelas, las mentes pensantes de nuestro tiempo. Los que se inventan las excusas para justificar que sea tan difícil.

Cada vez que se ofrece un empleo precario en una institución cultural como si fuera un puesto digno, se coloca un peso. Cuando se permite a un no profesional diseñar el contenido de una exposición, se suman unos gramos más. Cuando se cumplen las “cuotas” de discapacidad con un puesto que podría estar destinado a nosotros, el otro platillo baja otro poco. En el momento en que te dicen que estás sobrecualificado para el perfil que buscan, directamente te quedas sin pesos en tu lado de la balanza. Cuando tus conocidos no te acompañan a una exposición porque no es gratis, te roban el platillo.

El campo de acción es demasiado amplio, y no sabemos ni por dónde empezar. Pero algo hay que hacer, porque estamos un poquito hartos. Al menos hasta donde yo sé. Poco a poco van surgiendo asociaciones y grupos cuyos objetivos se orientan en este sentido, pero cada uno también tiene un papel individual que ejercer, en lo que esté en nuestra mano.

No tenemos nada que demostrar, está todo en nuestro curriculum, ése que hemos enviado a todos los museos, galerías, editoriales, centros culturales, academias, empresas de externalización de servicios, agencias de viajes, plataformas de turismo y no sé cuántas entidades más.

Y no vale menos que el de cualquier otro profesional. Porque eso es lo que somos. Profesionales de todo aquello que han creado los artistas de todos los tiempos, países, técnicas, estilos, géneros, creencias, ideologías, culturas. Creo que más de cuarenta mil años de naturaleza humana expresada en arte son credenciales más que suficientes.

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3 comentarios

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3 Respuestas a “Nada que demostrar

  1. Gonzalo Romero Garro

    Estoy de acuerdo en CASI todo!

    Me gusta

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