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Nada que demostrar

“Retrato de Johann Joachim Winckelmann” (detalle), Angelika Kauffmann, 1764
Kunsthaus Zürich

Nos están tomando el pelo. No sé cuándo empezó, creo que el origen es irrastreable. A lo mejor todo comenzó cuando se decidió que lo importante es tener, no saber ni ser. Pero tampoco tengo idea de en qué momento sucedió, así que estamos igual.

El caso es que nos están tomando por el pito del sereno. Nos torean, allá donde llamamos. A veces incluso incluso antes de alargar la mano para tocar el timbre. Puertas cerradas, cartas sin contestar, silencio al otro lado del teléfono, trabajo sucio disfrazado de oportunidad.

Y parte de la culpa es nuestra. Por pánfilos. Por dejar que sigan pensando que pueden seguir por el mismo camino, por no protestar. Por creernos lo que nos dicen cuando nos llaman inútiles. Por llegar a autodefinirnos como ilusos, por asumir que tenemos que demostrar que somos necesarios.

Y no es verdad. Hemos recorrido el mismo camino que otros a los que se les espera en los umbrales con los brazos abiertos, nuestros esfuerzos y nuestro tiempo no valen menos. Nos merecemos lo mismo que los demás, ni más ni menos: respeto y dignidad.

Cada uno avanza en este camino lleno de barro como puede. Como le dejan, en realidad. No se nos puede exigir que no aceptemos las pocas opciones que tenemos sólo porque no respondan a lo que en justicia esperamos. Pero el derecho al pataleo existe todavía, según creo.

Claro que no toda la responsabilidad está en nuestro platillo de la balanza. En el otro hay pesos que provienen de las grandes instituciones, las empresas, las propias universidades y escuelas, las mentes pensantes de nuestro tiempo. Los que se inventan las excusas para justificar que sea tan difícil.

Cada vez que se ofrece un empleo precario en una institución cultural como si fuera un puesto digno, se coloca un peso. Cuando se permite a un no profesional diseñar el contenido de una exposición, se suman unos gramos más. Cuando se cumplen las “cuotas” de discapacidad con un puesto que podría estar destinado a nosotros, el otro platillo baja otro poco. En el momento en que te dicen que estás sobrecualificado para el perfil que buscan, directamente te quedas sin pesos en tu lado de la balanza. Cuando tus conocidos no te acompañan a una exposición porque no es gratis, te roban el platillo.

El campo de acción es demasiado amplio, y no sabemos ni por dónde empezar. Pero algo hay que hacer, porque estamos un poquito hartos. Al menos hasta donde yo sé. Poco a poco van surgiendo asociaciones y grupos cuyos objetivos se orientan en este sentido, pero cada uno también tiene un papel individual que ejercer, en lo que esté en nuestra mano.

No tenemos nada que demostrar, está todo en nuestro curriculum, ése que hemos enviado a todos los museos, galerías, editoriales, centros culturales, academias, empresas de externalización de servicios, agencias de viajes, plataformas de turismo y no sé cuántas entidades más.

Y no vale menos que el de cualquier otro profesional. Porque eso es lo que somos. Profesionales de todo aquello que han creado los artistas de todos los tiempos, países, técnicas, estilos, géneros, creencias, ideologías, culturas. Creo que más de cuarenta mil años de naturaleza humana expresada en arte son credenciales más que suficientes.

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Trampantojos

“Asunción de la Virgen”, Antonio Allegri da Correggio, 1526-1530
Catedral de Parma

El pintor a veces miente. Bueno, en realidad casi siempre, porque, ya lo decía Platón, vuelve falsa la realidad engañando al ojo, y la pintura es la más impostora de todas las artes. Y si el filósofo griego hubiera visto los frescos de gran parte de las iglesias y palacios barrocos, se hubiera indignado, supongo.

Y es que están llenas de imágenes falsarias, de trampantojos, que, como su propio nombre indica, se dedican a trampear la percepción de la vista, bajo apariencia de realidad. El término viene de trompe-l´oeil, que el Diccionario de términos de arte de Borrás y Fatás define como “voz francesa, que designa una ilusión óptica espacial en pintura, de modo que parezca real lo que sólo es pintado. V. engaño e ilusionismo”. Fin de la cita.

Cielos que se abren al infinito, cortinajes que descubren escenas fantásticas, figuras encaramadas a cornisas… Todo mentira. Es parte del juego pictórico, y también del desarrollo de una técnica, claro.

Y eso está muy bien, porque están en su sitio, donde deben estar. Y porque, o muy joven o muy simple es el espectador que no alcanza a distinguir lo real de su representación. Y muy poco sensible, o muy escéptico, el que no se deja impresionar por este tipo de visiones cuando las tiene cerca.

Pero también hay trampantojos de mala fe, o al menos poco honestos, que se basan en el juego para vendernos una apariencia de realidad que no existe. Y no hace falta ir a ningún palacio italiano para verlos. Basta conectarse a las redes sociales, sin ir más lejos.

Vidas perfectas con toda clase de impactantes imágenes, perspectivas de abarrotadas fiestas, telones tras los que se abren retratados de inusitada belleza, rostros idealizados, composiciones protagonizadas por objetos que se supone que debemos desear y adquirir. Puro trampantojo.

Y una cosa es el “postureo” un tanto absurdo pero inocente de quien busca presumir de los mejores momentos de su vida, o incluso hacer drama de sus problemas. Pero que el fin sea la venta de un producto, con la pretensión de que la fama sirva de trampolín para modelar los gustos del espectador… presuponiendo, por otra parte, que no tenemos gustos propios y que necesitamos que alguien nos los dirija y mediatice… eso ya es otro cantar.

La mercancía que se ofrece es superficialidad en bote, apariencia de contenido, pero que se fragmenta y se desmenuza a la mínima ráfaga de viento, como una flor conservada artificialmente. Puro humo, en palabras de un joven pensador al que no conocéis (al menos, de momento).

Y lo peor, lo peor de todo, es que la trampa surte efecto. Cada vez más hay más miradas incautas que se dejan engañar por la ilusión de una felicidad prometida a quien llegue a replicar ese estilo de vida. Una vida que te lleva a entristecerte cuando terminan los fastos de la fiesta que preparabas para celebrar tu compromiso con otra persona hasta que la muerte os separe. A definir como importante lo que tienes aquí, que, pase lo que pase y haya lo que haya al otro lado, aquí se queda.

Cuidado con los trampantojos que hay por ahí. Esos que prometen cielos que no son de verdad, estancias lujosas que no existen, personajes en lugar de personas, escenas que anuncian experiencias llenas de luz y color, pero que no son más que pigmentos sobre una superficie plana, sin profundidad, sin vida.

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Los bellos huevos fritos

“Una vieja friendo huevos”, Diego de Silva y Velázquez, 1618
Edimburgo, National Gallery of Scotland

Creo que lo cotidiano no está de moda. Cuanto menos rutinario y escondido es tu trabajo, parece que es mejor, o al menos que aportas más a la sociedad. Una celebración normal es sosa si no incluye todo tipo de atracciones y experiencias. Los viajes, cuanto más lejano y desconocido sea el destino, más lo disfrutas. Buscamos vivir situaciones extraordinarias, quizá pensando que en lo que se sale de lo habitual vamos a encontrar lo que buscamos.

Yo no sé si eso es verdad. Pero miro esta escena, y aparte del hambre que me da (consejo: nunca vayáis a ver bodegones antes de comer, que se sufre mucho), pienso que, cuando uno sabe disfrutar de las cosas de toda la vida, no necesita un crucero por el Caribe para sentirse dichoso. Y es que Velázquez tenía esa mirada sabia que descubre lo bello y trascendente que hay hasta en lo más corriente.

Porque, dejando de lado las posibles interpretaciones de tipo sociológico que acompañan la pintura costumbrista, y la supuesta historia de los personajes, la Vieja friendo huevos es, a mi modo de ver, una oda a la estética de lo humilde. El genio presta su talento para reflejar con todo respeto la calidad de cada uno de los materiales que forman los utensilios, la textura de los alimentos. Los dignifica con el pincel, inmortalizándolos como verdaderos protagonistas del cuadro, ya que busca precisamente dejar patente su dominio de la técnica. Los personajes son una mera excusa.

A un espectador contemplativo le entran ganas de alargar la mano y poder tocar la superficie del lienzo, ya que la vista le engaña y le hace pensar que hay una verdadera dimensión de profundidad y de materia física de lo representado. Pero no, claro.

Y entonces la mirada se posa en el aceite que baña los huevos en un brillo dorado, para luego apreciar la blancura velada de las claras mezclándose, y parece casi percibir el suave crujido de las cáscaras que ha tenido lugar poco tiempo antes. Y así, se entra en una auténtica experiencia que parte de los ojos, pero que se extiende al resto de los sentidos. El color pardo intenso de la pota de barro, la fragilidad marmórea del huevo todavía sin cascar, el cristal frágil de la botella que sostiene el muchacho, la superficie mate de la calabaza que evoca el sonido hueco de su interior, la tosca loza del plato y las jarras, con su engobe blanquecino, la luz que se desliza por el resbaloso metal de los recipientes de cobre y peltre, la rugosidad del esparto del capazo situado al fondo….

Si uno entrara en la escena, oiría el crepitar del aceite caliente, el sonido del cazo en primer plano al rodar y posiblemente caer al sueno, llenando todo el espacio con un ruido un tanto escandaloso. Su olfato notaría también el olor de la cebolla y las guindillas, como adelanto de un sabor intenso, dulce y picante a la vez.

Todo, hasta lo más escondido, pequeño y aparentemente vulgar, merece un tratamiento delicado por parte del pintor. Lo cual hace pensar que todo tiene un valor, empezando por lo que tenemos a nuestro alcance cada día. Y  debe ser una teoría universal, y no sólo de Velázquez o el barroco español, porque ya lo decía Confucio, “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”.

Hay por ahí quien no sabe ver lo bello y bueno que hay en su vida. Les parece poca cosa, porque no hacen nada distinto de lo normal, porque no viven experiencias impactantes. Y a lo mejor no se dan cuenta que las situaciones conmovedoras de verdad ya vienen de serie en la vida de todos, y que puede ser tan hermoso un paisaje desértico como la maceta de geranios de tu balcón. Que es tan impactante el motor de un Ferrari como el encaje de bolillos que hizo tu abuela.

Seamos como Velázquez. Aprendamos a ver cada uno de nuestros días como la mejor de las escenas costumbristas.

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De mayor, pompero

“Burbujas de jabón”, Jean Siméon Chardin, ca. 1734
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art

Hace poco leí que un estudio había concluido que la contemplación de obras de arte y las visitas a museos contribuían a aliviar el estrés entre los jóvenes profesionales, los famosos millenials. Y me resulta curioso que, en un mundo que parece proclamar que si no vives por y para el trabajo no eres responsable (terrible confusión, pero ese es otro tema), y en el que las actividades calificadas inútiles ya no resultan decisivas en casi ningún ámbito (véase la ausencia de planteamientos culturales en los recientes programas electorales españoles), alguien se moleste en romper una lanza en favor de este tipo de cuestiones. Eso sí, bajo apariencia de salud, para darle peso útil a la cosa. Pero bueno, algo es algo.

Y algo parecido debía suceder con estos muchachos que pintó Chardin. Éste eligió el tema por razones muy distintas a las que yo estoy planteando aquí. La más espiritual sería la que conduce a la interpretación de las pompas de jabón como símbolo de la fugacidad de la vida, puesto que se emplea más tiempo en su crecimiento que en su plenitud, la cual es efímera, a la par que bella. Otro de los motivos es de tipo estilístico, puesto que el maestro, con esta escena costumbrista, enmarcada a modo de instantánea, retoma la tradición de la pintura de género holandesa del siglo XVII. Pero también hay objetivos menos trascendentes, como el hecho de poder lucirse ante el espectador, demostrando que posee la técnica y la habilidad necesarias para dominar el translúcido brillo de la superficie jabonosa y esférica sobre el lienzo y la capa pictórica.

Pero como el arte esconde siempre un mensaje diferente para quien lo contempla, mis reflexiones van por otros derroteros. Si traemos este cuadro a la vida, es posible que, tras haber sustraído a escondidas un poco de jabón de la cocina, estos niños subieran a una de las ventanas de los pisos superiores de la casa, poco habitados durante el día, para jugar con un sencillo experimento. El pequeño mira fascinado cómo el mayor sopla paciente y delicadamente, hasta formar una pompa brillante y delicada.

Si les hubieran pillado, las pompas hubieran explotado al instante, desapareciendo así el cuerpo del delito. Y el adulto correspondiente les hubiera reñido diciendo que no deberían estar perdiendo el tiempo con juegos, sino estudiando para ser hombres de provecho el día de mañana. A lo que el muchacho mayor, que parece ingenioso, hubiera respondido que en realidad no estaban jugando, sino haciendo una demostración empírica de la física de las superficies y de la reacción química del agua y el jabón. O algo por el estilo. El niño pequeño asentiría, corroborando la versión del incitador. El adulto habría escondido una sonrisa, y les hubiera dicho cuatro palabras a medio camino entre la severidad y la misericordia, procurando que no se le notara mucho que en realidad estaba admirado y divertido.

Resumiendo. La eterna lucha entre la diversión y el deber, entre lo que te aporta alegría y lo que se supone que te va hacer ser una persona “de provecho”. Entre lo que te llena por dentro, y lo que te llena los bolsillos. Que no sé por qué, pero algunos piensan que son incompatibles, y que lo que cuenta es lo de los bolsillos. Y, al final, hay que darle una pátina de utilidad a lo que aparentemente resulta improductivo. Tienes que ser avispado, para que al final puedas salirte con la tuya, y dedicarte a lo que te hace feliz. Que al final, es lo importante.

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Aprender o morir

“El ratón de biblioteca”, Carl Spitzweg, ca. 1850.
Schweinfurt, Museum Georg Schäfer.

Biblioteca Nacional de España. Una tarde de primavera. La sala está relativamente vacía, con algunos estudiantes e investigadores repartidos entre las mesas de la parte de abajo del piso, y en la galería superior. Fuera, el tráfico de Madrid, con su ruido y sus prisas, contrasta con el silencio que llena el interior de la sala, sólo interrumpido por el deslizar de hojas de papel, la caída del bolígrafo sobre la mesa y alguna que otra tos ocasional. Todo como siempre, nada fuera de lo normal.

Yo estaba arriba, peleándome con mis asuntos, y en uno de esos momentos en los que suspiras y levantas la vista para buscar cualquier otra cosa que no sea lo que tienes que hacer, se me ocurrió mirar hacia abajo.

Y vi un señor mayor. No tan raro, supongo, pero la verdad es que me sorprendió. Porque cuando digo mayor, es que los ochenta ya no los cumplía. Y cuando digo señor, es señor, con traje y corbata, perfectamente planchado. Y creo que incluso llevaba un sombrero en la mano. Pero lo que sí recuerdo es que se apoyaba en un bastón, caminaba despacio, sin hacer ruido, y se dirigía a la salida casi paseando, sin ninguna prisa, como quien no teme al tiempo.

Yo de mayor quiero ser como ese señor. Tener muchos años, pero seguir buscando, investigando, con ganas de continuar aprendiendo. Descubrir cosas nuevas, cambiar de opinión, profundizar en lo que me gusta y desterrar prejuicios sobre lo que creo que no guarda nada para mí. Seguir creciendo hasta el final.

Cuando eres joven y buscas tu lugar en el mundo estudias porque no te queda otra, hay que sacarse las castañas del fuego y esas cosas. Pero en la mayoría de los casos, al llegar a cierta edad y se logra un mínimo de estabilidad, parece que la curiosidad se apaga, como si ya supiéramos todo lo que necesitamos para la vida. Yo creo que ése es el momento en el que te vuelves viejo, independientemente de los años que te adjudique el DNI.

Al mismo tiempo, haber vivido tanto, tantas situaciones y experiencias, y tener la humildad de reconocer que no sabes aún lo suficiente es digno de admiración. La sabiduría que dan los años es a lo mejor lo que hace que seamos conscientes de nuestra pequeñez, y de que el mundo es muy grande como para entenderlo en la brevedad de una vida. Puede que cuanto más viejo seas, más niño debas ser, no vaya a ser que te creas sabio y en realidad no seas más que un “daticultor”, un mero repetidor de información, pero que saber, saber… lo que se dice saber, sepas poco.

Y es que, si todavía seguimos aquí, es porque nos queda algo que aprender. De lo que está en los libros y de lo que no. De los demás y de lo que nos rodea. Si no nos hemos muerto hoy es porque algo podemos enseñar mañana.

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Las formas del aire

Capilla mariana de Enrique VII, 1503-1509
Londres, Abadía de Westminster

La vida tiene a veces unas cosas muy raras, y aunque uno crea conocer el blanco, no lo aprecia en toda su hondura hasta que no se encuentra con el negro. Me explico: no entendí de verdad una catedral gótica hasta que no estudié la arquitectura contemporánea. Y gracias a un profesor maravilloso que tuve.

Y alguno se preguntará que qué es lo que hay que entender en una catedral. Si total, es un edificio alto, con más o menos florituras, vidrieras de colores y un montón de arcos apuntados por todas partes. Sí, pero no. Porque una arquitectura no es su aspecto externo, qué características formales tiene, y cómo se construye. Eso se aprende en cinco minutos.

Una arquitectura es el espacio, y el significado que tiene, que a veces se viste de un estilo, y otras, de otro. Pero eso es lo de menos. Lo gordo es lo otro, lo que no se ve, el “aire” de dentro. Y eso sólo lo entendí a partir de Le Corbusier y de Mies van der Rohe.

Porque, si una catedral no es sólo un montón de piedras decoradas y cristales bonitos, el Movimiento Moderno tampoco se resume en un suelo y un techo sostenido por pilares y un salón diáfano. Es una manera de concebir el espacio.

Esto, puesto así por escrito, y en tan breve extensión, suena un poco a cuento chino, lo sé. O cuento sueco, que tanto da… El caso es que esta idea sólo se puede llegar a asumir bien a través de dos vías: una, estudiando la historia de la arquitectura (lo cual es siempre muy recomendable) y otra, meterse uno mismo en ella. Es decir, yendo a los sitios y ponerse a mirar muros, techos, columnas, vanos, suelo… sin miedo a parecer un poco idiota o ensimismado. Nos perdemos muchas cosas por este tipo de vergüenzas absurdas.

Sólo entrando en la catedral de León se puede llegar a respirar ese aire de espiritualidad humana que fue el gótico, con el color de las vidrieras que colorea las motitas de polvo del aire, y la música que acompaña la trascendencia de las palabras sagradas con sus altas notas, llegando a través de ese magnífico coro.

Sólo al introducirse en el Pabellón Alemán de Barcelona de Mies puede comprenderse el profundo cambio que experimenta el espacio en la mentalidad del hombre contemporáneo, que busca en lo racional la respuesta a sus preguntas, abandonando el camino de lo espiritual, al menos en su sentido tradicional.

Pongo estos dos ejemplos, pero háganlo extensivo a cualquier otra obra arquitectónica: el Panteón de Agripa, la cripta de San Isidoro de León, el Duomo de Florencia, la ópera de París, el Pabellón de la Secesión en Viena, o tantos otros sitios fabulosos como hay a lo largo y ancho de este mundo.

Y a veces, te quedas sin aliento y tienes que inspirar profundamente, como me sucedió al entrar en la capilla de Enrique VII en Westminster. La habría visto en fotos y libros cientos de veces, pero la tridimensionalidad y lo que se siente en ella no se reflejan en una imagen plana. Tuve que esperar a subir esos centenarios y pequeñujos escalones para toparme, inesperadamente, con todo el poder de su esplendoroso espacio, que te rodea de una manera muy particular. Y todo, desde el techo de encaje dorado en piedra, hasta el cielo casi blanco que se ve por los cristales, contribuye a crear una sensación única.

El espacio es la materia con la que se hace el arte de la arquitectura. Es algo que, al igual que los colores de una pintura, las notas de una composición o las palabras de un soneto, hay que contemplar, que saborear. Pero hay que ir hasta el fondo, no quedarse en lo exterior, que es lo que nos suele pasar. Porque hay principios que no se entienden hasta que no llegas al final.

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Goya, el Perro y un cumpleaños

“Perro semihundido”, Francisco de Goya y Lucientes, 1820-23
Madrid, Museo Nacional del Prado

Algo tiene el Perro que hace que todo el mundo se pare delante y esté un buen rato allí, contemplándolo. No mirando la cartela, no leyendo una guía, no tomando notas… Sólo mirándolo. Será que algo bulle dentro al enfrentarse a él. Y eso que se muestra rodeado del resto de las Pinturas Negras, que podrán gustar o no, pero, desde luego, tienen un alto poder de impacto. No son algo que se olvide fácilmente. Pero parece que al llegar al Perro cambia la banda sonora, y pasamos de la Una noche en el monte Pelado a El pájaro de fuego. Se modifica el ritmo de la visita, y se pasa de la simple observación a una mirada reflexiva y casi conmovida.

Algo de especial debe tener, porque es una de las pocas obras que gusta o llama la atención a casi todos los historiadores y amantes del arte que conozco (que son unos cuantos, la verdad, para qué vamos a negarlo). Ofrece algo a los que se declaran admiradores del arte contemporáneo, pero también a los que confiesan que lo moderno les dice poco y se consideran más clásicos en sus gustos. Es lo bueno que tiene el arte, que no es como el fútbol, puedes admirar a Tiziano y a Picasso al mismo tiempo, y enriquecerte con todo lo que conoces.

Pero esta pintura tiene algo que no tienen otras obras maestras del arte, al menos hasta donde llega mi no muy extensa pero sí intensa experiencia. Ni las Meninas con su inagotable juego de espejos y espacios, ni la Gioconda y esa sonrisa que sigue originando ríos de tinta, ni la inefablemente maravillosa Piedad del Vaticano… Todas son indiscutibles manifestaciones del genio, pero, perdónenme los fans de estos maestros, ni Velázquez, ni Leonardo, ni el gran Miguel Ángel (inclinación de cabeza), lograron tanto con tan poco.

Porque, si uno se fija ¿qué es el Perro? Pues un par de zonas casi monócromas separadas por una invisible línea ondulante y, entre ellas, la cabeza de un perro, y ésta no excesivamente realista. Y ya está. No hay más.

Pero es que tampoco hace falta más. Es moderno antes de los modernos. Esas pocas pinceladas, realizadas por quien sabía pintar retratos en un botón, son suficientes para llegar al interior de quien lo mira y hacerle experimentar un montón de sensaciones. La angustia del animal, que se ve desbordado por lo que le rodea, y está hundido hasta el cuello en una masa espesa que lo atrapa. La lucha por verse libre, tratando de recuperar la libertad perdida, la mirada que trasluce al mismo tiempo esperanza y un esfuerzo titánico por vencerse, y que busca una mano amiga que se le tienda para sacarle del fango.

Además, si se le da una vuelta de tuerca más, uno se da cuenta de que es precisamente la cabeza lo único que queda fuera de esa sustancia viscosa y sucia. La cabeza, la razón, es la herramienta principal para salir de la tontería y la locura. Esa parece ser la conclusión a la que Goya quiere hacernos llegar.

Bueno, en realidad es la idea que quiere recordarse a sí mismo, porque las Pinturas Negras las realizó para sí, en las paredes de su casa, y las hizo porque quiso, no porque se las encargara ningún mecenas, ni porque nadie le dijera qué y cómo tenía que pintar. De modo que el Perro semihundido es una expresión pura y auténtica de lo que llevaba dentro, sin cortapisas.

Es un retrato de su propio ser, de la sociedad, y de todo aquel que la contemple, en todo tiempo y lugar. Una llamada a reflexionar y a luchar para no caer en la corriente de la sinrazón y la banalidad, y a actuar en consecuencia. Porque si no piensas, si no usas ese gran talento humano, te hundes en un barro oscuro y sucio, y desapareces en la masa para siempre.

Todo esto he llegado a saberlo porque he pasado bastante tiempo ante esta pintura, la mayoría de él junto a mi amiga A., que cada vez que va al Prado reserva un paseo por sus salas para ir a visitar su obra favorita. De modo que para mí el Perro semihundido de Goya es, además de lo dicho arriba, un imborrable recuerdo de una de mis personas más queridas.

Por eso tenía que escribir esto. Y porque hoy es su cumpleaños.

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Prado, mon amour



“Cuando desde lejos se piensa en el Prado, éste no se presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria”.


Estas palabras de Ramón Gaya presiden una de las salas de la exposiciónMuseo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria, queestablece un recorrido a través la historia de la institución y su incidencia en la vida intelectual, artística y social de nuestro país, y de ahí al resto del mundo. Porque el Prado es universal y español a la vez. Castizo como un cartón de Goya, y cosmopolita como el Fausto de Fortuny. Es lugar de inspiración humana, así, en general, sin etiquetas, una casa para todo aquel que cruce sus puertas.  

Pero volvamos al hilo que nos proponía Ramón Gaya. Para él, como para muchos de nosotros, huelga añadir el título institucional al Prado, puesto que Prado sólo hay uno, no hay confusión posible. Será cualquier otra cosa que lleve ese nombre la que precise un apellido, pero no nuestro Prado. Esta expresión refleja la familiaridad con la que el autor se refiere a este museo, prueba de la importancia que ha tenido en su vida. Y precisamente esto es lo que celebramos este año, la relevancia del Prado en nuestra existencia, tanto a nivel colectivo como individual. 

Por otro lado, es preciso hacer notar que en este breve texto la palabra “museo”, cuando aparece, lo hace con una connotación casi negativa, o al menos como algo no tan excelso, en comparación con el verdadero significado que tiene el Prado para el autor. El Prado no es “sólo un museo”, es mucho más. Aquí parece identificarse este concepto como un lugar poco atractivo, ajeno a los cambios que estaba experimentando el mundo de entonces, que comenzaba a construir la base de muchos de los valores que hoy nos parecen esenciales. Se trata, por tanto, de la idea tradicional de museo, una institución vetusta, heredera de planteamientos decimonónicos, con salas atestadas de piezas, que proporcionaban demasiada información, y que producían cansancio físico e intelectual, como ya anunciaba en 1923 Paul Valèry en El problema de los museos.

En cualquier caso, Gaya deja bien claro que el Prado no es un lugar de telarañas artísticas y bostezos culturales, sino hábitat natural de emociones profundas, recuerdos que construyen identidades y tradiciones que determinan formas de ser. Llama patria al Museo, y no por casualidad. La citada frase se extrae de Roca española, ensayo fechado en 1953, poco después de retornar a Europa tras más de dos décadas de exilio en las Américas. El Prado parece ser entonces la caja fuerte donde se conservan las raíces de la memoria nacional y personal, donde se guarda a salvo aquello a lo que se retorna al buscar una pertenencia, un lugar propio en el mundo. No en vano la “roca española” es el propio Museo, piedra angular de la historia de nuestro país, testigo directo de las dos últimas centurias, y albacea de más de cinco mil años de arte y cultura, ya que la pieza más antigua es un retrato en diorita del rey sumerio Urningirsu de Lagash (2124- 2119 a.C). Y todo ello a través de las decisiones de monarcas, validos, aristócratas, artistas e intelectuales, que se asombrarían si pudieran ver en lo que se ha convertido el Museo que ayudaron a configurar, fueran o no conscientes de ello en su momento.  

Por tanto, el bicentenario del Museo del Prado supone una ocasión de celebrar la existencia de un lugar común para todos, ya que entiende que el patrimonio que conserva no pertenece únicamente a los españoles, sino que refleja un concepto de patria histórica y cultural que trasciende las fronteras políticas, ideológicas, sociales y económicas.  Estamos de fiesta.

Personalmente, ni siquiera puedo contar la cantidad de veces que he ido al Prado. Cuántas horas he pasado deambulando por sus pasillos, descubriendo maravillas que ni sospechaba que existían, el número de veces que he parpadeado de asombro, o entornado los ojos para no perderme ningún detalle. La de cosas que he aprendido, de las que no vienen en las cartelas, sino de las que se asimilan contemplando el espíritu reflejado en tantas lecciones en forma de arte. Cuantísimas personas me han acompañado por las galerías, a cuántas he conocido entre sus muros, y todas ellas tan bellísimas como las obras que cuelgan de las paredes. Innumerables risas, miradas de complicidad, suspiros de varias clases, e incluso alguna que otra lágrima.

He vivido bajo el techo del Prado tantas cosas, que podría hacerse una película de mi vida en sus salas, si algún insensato se propusiera hacer tal cosa. Desde la primera vez que sentí terror ante el Saturno de Goya, el momento revelador que fue ver en persona el Fusilamiento de Torrijos de Gisbert, o la alegría de ver las distintas versiones de los retratos de la infanta Margarita reunidas (entre las que sólo faltaba mi propia foto vestida como el cuadro que entonces se atribuía a Velázquez). Por no hablar de todos los recuerdos con amigos de verdad, muchos de los cuales llegaron a mi vida precisamente porque existe este museo.

Le debo mucho al Prado, y creo que muchos de los amantes del arte también. E incluso me aventuro a pensar que los que afirman que un museo no es para ellos descubrirían que el Prado tiene algo para todo el mundo. Algo parecido al anuncio de Coca-Cola de hace unos años, pero en versión profunda. Sea cual sea la emoción que sientas, hay un cuadro en este museo para ti.

En doscientos años el Prado ha sido la casa de muchas personas, una constante en la vida de muchos. Mientras el mundo cambia, el Prado permanece, conectándonos con nuestros primeros recuerdos, a lo largo de la memoria personal y colectiva que guardan sus obras. Como si la mirada de cada uno de nosotros permaneciera en ellas para siempre.

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Imprescindibles

“El picnic”, James Tissot, 1881
Dijon, Musée des Beaux-Arts

Pasamos gran parte de nuestro tiempo libre, ése que decidimos cómo emplear, con personas que nos hacen pasar un buen rato, con las que posiblemente estamos muy a gusto, pero que, salvo honrosas excepciones, no son aquéllas a las que acudiríamos en un momento de verdadero dolor. No son los primeros a los que llamaríamos cuando parece que algo te aprieta en el pecho y que sólo puedes desatarlo con lágrimas.

Los mejores ratos de cada día, en los que respiramos un poco y dejamos de lado la eterna y creciente lista de cosas por hacer, no son ya los que dedicamos a estar con los que están a la cabeza de nuestra lista de personas favoritas. Ahora los pasamos con un grupo de colegas, compañeros, que son ciertamente valiosos e importantes, pero no son los que saben cómo está tu corazón sólo con mirarte a los ojos. No son los que no necesitan preguntarte cómo estás, porque tu voz se lo dice en un solo “hola”, o incluso sin eso.

Y lo peor es que hacemos malabares para poder llegar a unas cañas después del trabajo, perdemos horas de sueño y de descanso, casi nos avergonzamos si no podemos quedarnos hasta que se vaya el último… pero dejamos un poco de lado a los imprescindibles.

Y un día los imprescindibles no estarán aquí. Se irán ellos, nos iremos nosotros, cambiaremos de ciudad o de país, o, peor aún, se habrán aflojado los lazos que nos unían. Y ya será tarde. Querremos entonces recuperar el tiempo perdido, nos lamentaremos de no haber sabido aprovechar los momentos con ellos, los grandes y los pequeños, que son los que verdaderamente quedan. A mi abuela la recuerdo más a menudo merendando en la mesa de la cocina, qué cosas…

La vida es corta y larga a la vez, pero desde luego, nadie sabe cuánto tiempo tiene. Por eso hay que decidir sabiamente cómo, y, sobre todo, con quién , lo empleamos.

Conocidos habrá infinitos. Compañeros de trabajo o de estudio, millones. Gente con la que te lleves bien, unos cuantos cientos, a poco amable que seas. Personas que te hagan reír, y con la que pases un rato divertido, varias docenas, porque hay gente estupenda por ahí. Amigos varios de todos los pelajes, montones de ellos. Amigos de verdad, de ésos que conoces sus malísimos momentos porque los has compartido, y viceversa, no sé si llegarán a diez. Familia sólo hay una, y tienes la que tienes, con sus cosas buenas y las malas.

Cada uno sabe quiénes son sus imprescindibles. Los que no sustituirá nadie. Los que no sólo te quieren con tus defectos, sino precisamente por ellos. Los que te querrán siempre, incluso aunque metas la pata en el más fangoso de los agujeros, incondicionalmente, y te querrán aún más cuando les hagas sufrir.

No se puede decir eso de mucha gente. Cuidemos a nuestros imprescindibles.

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No es por el oro

“El caballero de la mano en el pecho” (detalle), El Greco, ca. 1580.
Madrid, Museo Nacional del Prado
Y en la pantalla de mi ordenador

Cuando me metí en esto ya sabía que no era por el oro. En realidad, lo sabía desde mucho antes, desde que me dejé seducir, hace ya bastantes años. Así que, en realidad, era plenamente consciente de que estaba entrando en un jardín de los más espesos. De los ingleses, de esos en los que no hay parterres ordenaditos y recortaditos, sino árboles y matorrales creciendo sin cortapisas.

En fin, que sabía que pasaría esto. Que tendría que dar explicaciones acerca de por qué el arte, y no otra cosa más lucrativa, o que diera más estabilidad a corto plazo. Sabía que habría momentos en que me preguntaría a mí misma por qué lo hice, cuando pareciera que no hubiera puertas abiertas, que esto no me llevaba a ningún sitio.

Y de pronto, el ordenador viene al rescate. Benditas tecnologías que permiten guardar un pedacito de maravillas para poseerlas un poquito.

Plas. Un recordatorio de que todo el esfuerzo, las negaciones, las excusas que das de tus ausencias, la frustración por lo que no has conseguido, la esperanza de lograrlo, el buscar ganas donde ni siquiera sabes si las hubo… todo ese cúmulo de sensaciones variopintas que experimentas cuando estás persiguiendo una ilusión, todo eso cobra sentido sólo con contemplar aquello por lo que trabajas.

Y entonces rememoras todo. El primer estremecimiento al ver tal o cual obra (ponga cada cual aquí el título correspondiente), el momento en que dejaste de tomar apuntes para quedarte con la boca abierta y el corazón henchido ante la imagen proyectada en la pantalla, en el aula a oscuras, con la voz del profesor resonando a lo lejos. Revives la emoción de ver una de esas piezas en directo, casi como una gruppie al seguir a su cantante favorito, el impulso de comprar todos los catálogos y productos de papelería con detalles de las obras de lo más variado, viviendo un auténtico fenómeno fan.

También te acuerdas de lo mucho que te costó llegar hasta donde estés, pero eso es lo de menos. Porque si no te hubiera gustado el camino, si no lo hubieras disfrutado, lo habrías abandonado. Hay otros destinos y otros viajes por ahí, pero no son tan divertidos. Al menos para mi.

Y al final, vuelta al ruedo. Porque, aunque no es por el oro, sí hay un motivo. Y, en mi caso, no es por la plaza. Nunca lo ha sido. Si fuera por la tranquilidad de tener el futuro profesional asegurado, habría estudiado una carrera de esas de siglas, para dedicarme a comprar y vender. No me hubiera metido en este berengenal, que ya la vida es bastante complicada.

Pues eso, que no es por el oro. La mejor respuesta es la que me dio una amiga: es por ser feliz.

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