Creer para ver.

"Adoración de los pastores", Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

“Adoración de los pastores”, Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

La Navidad es como el Arte. Está ahí para todos, pero no todos tienen los ojos abiertos para comprenderlo y disfrutarlo. Hace falta vaciarse de ciertas cosas para poder apreciar lo que el arte tiene que decirnos. Y algo parecido ocurre con la Navidad.

No puedes alcanzar a ver la belleza de los colores, el equilibrio de la armonía musical, removerte por dentro con las palabras de la poesía si tienes el corazón frío y la cabeza llena de ideas preconcebidas. Y no puedes comprender la grandeza profunda de la Navidad si tienes los sentidos llenos de ruido y el alma vacía de humildad.

Además, no hace falta ser un gran entendido para darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas. No es necesario ser el primer bailarín del Bolshoi para emocionarse con “El Cascanueces”. Y no es preciso ser un experto en la tradición occidental para entender el auténtico significado de lo que ocurrió en Belén. Los únicos estudios que se requieren son los conocimientos en humanidad. Y en cuanto a la experiencia, no es imprescindible ninguna.

Los primeros que captaron de qué iba todo fueron los pastores. Ni el rey, ni el gobernador romano, ni el posadero, y casi, ni los Magos, que iban siguiendo la tenue pista de una estrella, aunque algo intuían…Sólo unos hombres rudos, iletrados y cuyo valor social era nimio fueron quienes alcanzaron a comprender que había sucedido algo extraordinario. Vivían entre ovejas, pero supieron captar la belleza inefable que salía de aquel humilde portal.

No tenían educación alguna, ni poder, ni influencia, ni siquiera un poco de elegancia. Pero sí poseían algo que hoy en día, a pesar de lo sofisticada que hemos vuelto nuestra vida, escasea:  fe. Ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en la sociedad, ni mucho menos en nada que exceda nuestra condición humana, porque somos la medida de todo.

Los pastores dieron lo que tenían, que no era más que la pobreza de sus vidas. Pero obtuvieron a cambio mucho más: la contemplación de todo lo que hace grande el espíritu humano. No creyeron porque vieron; vieron porque creyeron.

Feliz Navidad.

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Todavía quedan locos.

contemplacion 2

Todavía quedan locos. Personas que se dejan llevar por el rapto de los sentidos para sumergirse en un profundo océano de emociones y pensamientos descontrolados. Gente a la que no le importa demasia la hora que marca el reloj.

Al principio es algo muy inocente, pero una vez que estás dentro, es difícil salir de ese “país de las maravillas” en el que has entrado. Comienza siempre de forma insospechada , y nunca sabes cuándo va a suceder. No puedes programarlo, llega cuando quiere, y se marcha cuando le parece.

Pero suele empezar con un una intensa atracción de la mirada y un suspiro. Un suspiro profundo, más hacia el interior que hacia fuera, y que hace que, casi sin darte cuenta, contengas la respiración. Y has caído.

De pronto, llegan a tu cabeza millones de pensamientos incontrolados, que hacen que el tiempo y el mundo se paren, mientras tu mirada va de un lado a otro, tratando de agotar toda la belleza, de capturarla para siempre en tu memoria. Es como si un imán te dejara allí pegado para siempre.

En un plazo de tiempo indeterminado, de la agitación y la emoción incontenida pasas a la serenidad, como si ya hubieras encontrado lo que habías estado buscando, y supieras que puedes acudir a ello en cualquier momento.

Ésa es la señal de que estás listo para volver a tu vida. Aunque, de alguna manera, ya no eres el mismo, puesto que llevas contigo un poco de esa belleza que te ha abrazado durante un rato. Es como si hubieras aprendido una lección de las que no se evalúan con una nota, has crecido.

Estos transitorios episodios de locura están médicamente diagnosticados como “Síndrome de Stendhal” o “Síndrome de Florencia”, incluso “estrés del viajero”. El primero de estos nombres recuerda al escritor francés Henri Bayle, alias Stendhal, quien trasladó al papel su experiencia estética en la Santa Croce florentina:

Había llegado a ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

Y es que la contemplación del arte puede llegar a ser algo peligroso. Pero, como todo el mundo sabe, quien no arriesga, no gana.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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Cada cosa a su tiempo.

**Para componer esta canción, los Byrds se inspiraron en un Salmo del Antiguo Testamento  (Eclesiastés, 3  1-8).  Encontraréis la traducción al español aquí: http://www.goear.com/lyrics/67160/turn-turn-turn-1967-the-byrds-

 

Todos soñamos con una vida perfecta. Y es natural. Al fin y al cabo, tenemos impreso en nosotros el billete hacia la felicidad. Lo que pasa es que hay muchos espejismos que se le parecen, pero que no lo son. Y también  hay felicidad que se esconde bajo el dolor. A veces, incluso no sabemos qué es la felicidad, sólo sabemos que la buscamos.

Pero no la encontraremos si la perseguimos con demasiada insistencia.  Es como una de esas chicas maravillosas, conscientes de su encanto, que no se dejan conquistar fácilmente.

En la vida el sufrimiento, la pena y el miedo conviven con la alegría, la ilusión y la paz. Y no podemos pretender cambiar eso, porque no está en nuestra mano, no nos corresponde.

Ignorar el mal propio o el ajeno, o querer evitarlo a toda costa no es la solución. Es propio de cobardes, no de quien mira a la vida de frente. En palabras de Balzac, negarse a sufrir no significa fortaleza sino debilidad.

Aspiramos a ser felices, claro que sí. Pero no tenemos “derecho” a serlo. No es algo que se nos deba por el mero hecho de existir. Hemos de procurar felicidad nosotros y para los demás, pero tenemos que ser conscientes de que no sólo no podemos evitar el dolor, sino que a veces lo que  necesitamos es no darle la espalda y enfrentarnos  a él con valentía y generosidad. Nos hemos vuelto muy cómodos, y en ocasiones  la mera mención del sufrimiento genera una sensación de pánico en algunas personas.

La vida tiene sus etapas, unas buenas y otras malas. Hay un tiempo para todo, y todo llegará, cuando tenga que llegar. No lo digo yo, es así, escuchen cualquier historia por la calle y lo comprobarán. Querer eliminar cualquiera de las fases sería empobrecer la vida, que únicamente se puede experimentar en plenitud de una forma:  viviendo. No existe la vida perfecta, existe la vida de cada uno, así, sin más.

Y la felicidad puede tomar muchas formas, puede habitar en los tiempos buenos, y en los menos buenos. Pero por lo general, es ella la que nos encuentra a nosotros, y no al revés.

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No da igual.

"Muerte de Sócrates", Jacques-Loius David, 1787.

“Muerte de Sócrates”, Jacques-Louis David, 1787.

No te creas lo que dicen.  Porque no todo da igual.  No es lo mismo tomar una u otra decisión.  El final del viaje no va a ser el mismo hagas lo que hagas, te dirijas hacia donde te dirijas.  Vamos, que no todos los caminos llevan a Roma.

Hay cosas que importan, que importan mucho. Tanto, que hay quién da su vida por ellas. Gente que prefiere morir a traicionar la verdad, a engañarse a sí mismos.  Claro que para eso hay que ser muy valiente,  porque poner la conciencia de uno frente al mundo es algo muy serio.

Y es que no da igual luchar por lo que se cree que dejarse llevar. No da igual sacrificarse por lo que vale la pena que conformarse con no meterse en demasiados líos.

Lo que sí da igual es merendar una palmera de chocolate o una napolitana de crema. Ser de café o de té.  Tener éste coche o aquél.  Que todo el mundo vea las fotos de tu viaje a Camboya o que no se entere todo el mundo de lo bien que lo pasaste y lo afortunado que eres.  Eso no importa.

En cambio,  sí importa jugártela por ayudar a un amigo y decirle lo que cree que no quiere oír,  cumplir tus promesas,  saber pedir perdón,  cortar con lo que sabes que no te lleva a ninguna parte.  Apoyar a tu familia,  no ser lo que no eres,  tratar de ser mejor todos los días,  pararte a pensar qué quieres hacer con tu vida,  sonreír cuando no tienes ganas.

No da igual lo que hagas, digas o pienses. Porque el resultado no es el mismo.

Al final de todo,  nadie te preguntará qué merendaste,  si preferiste café o té,  qué logotipo llevaba el coche que conducías,  o cuántas veces salías con un vaso en la mano en las fotos de Camboya.  Te preguntarán por lo otro,  por lo que sí importa.

Así que, definitivamente, no.  No da igual.

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“El gran teatro del mundo”

Imagen obtenida de www.margaritadedios.es

“El gran teatro del mundo”, de Pedro Calderón de la Barca, publicado en 1655.

Prácticamente desde que el mundo es mundo, el hombre ha juzgado su propia vida como la interpretación de un papel en una gran obra de teatro. Consciente de la fragilidad de su existencia, de la nimiedad de su aportación a un universo infinito, se ha sabido puesto en la tierra como parte de un relato que supera su propia intervención en el mismo.

El narrador omnisciente, que conoce a los personajes más de lo que ellos creen conocerse, ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia: el destino, el capricho de los hados, la fuerza superior de la naturaleza, Dios. Pero nunca el propio hombre, que ha calibrado su medida respecto al mundo.

Hasta ahora.

El mundo, sigue siendo, sí, un teatro. Pero un teatro de trivialidades, en el que el drama ha perdido su fuerza trascendente y purificadora, la comedia su inteligente chispa, y el ideal romántico ha dado paso a la exaltación del sentimentalismo superficial.

Si bien antes uno era más o menos consciente de interpretar un papel en la historia del mundo y sabía que, en uno u otro momento, debía dar cuenta de su actuación ante los demás actores y ante el director de la obra, ahora uno no tiene vida más allá del escenario.

Las tablas de madera, el pesado telón y el patio de butacas han sido sustituidas por la red informática, las fotografías y un sinfín de conocidos-desconocidos que, desde el gallinero,  proyectan su mirada sobre la actuación de la vida de uno. Y no tanto por la curiosidad de la audiencia como por la absoluta falta de intimidad de los personajes. Porque ya no hay bambalinas ni camerinos. El personaje que uno quiere interpretar se ha comido al actor que le daba vida.

El espectador sabe en todo momento qué hace, dónde está, qué piensa, con quién se relaciona e incluso qué come el personaje. Porque él mismo no es consciente de quién le mira, y se inquieta si no recibe el protagonismo que esperaba. Y es que si no interpreta bien su papel, su vida está vacía, no tiene sentido; se siente inseguro sin el aplauso, o siquiera la atención, de los espectadores-críticos.

Tiene que ser lo que los demás juzguen que deba ser. Debe demostrar quién es, si quiere ser el primer bailarín en este ballet descordinado.

 

Quizá nos estemos olvidando del único espectador que de verdad importa,  que es quien nos trajo aquí y nos dio el papel que mejor nos iba: el Autor.

Sólo queda decidir para quién actuamos.

 

 

*** La obra completa de Calderón de la Barca aquí:

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/c/Calderon%20de%20la%20Barca%20-%20El%20gran%20teatro%20del%20mundo.pdf

 

 

 

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Vidas en papel.

"Muchacha leyendo una carta". Johannes Vermeer, ca. 1657.

“Muchacha leyendo una carta”. Johannes Vermeer, ca. 1657.

Una carta es mucho más que una carta. Mucho más que un papel escrito. No es un mero continente de información, es más bien un depósito de esperanza.

Porque, transmita buenas o malas noticias, al recibirla, se ven colmadas nuestras ansias de saber acerca de quien nos inquieta. Sabemos, por fin, que se ha acordado de nosotros, que somos algo para alguien.

En el momento en el que los dedos palpan el sobre, justo antes de deslizarse bajo la pestaña, o de rasgarlo con el abrecartas…En ese instante todo es posible. Es un fugaz segundo de sueños, en el que miles de pensamientos se agolpan en la imaginación, buscando averiguar cuál de ellos será el que corresponda con la realidad.

Cuando, al fin, las manos despliegan el papel, con  su inconfundible y leve crujido, y los ojos se posan sobre las primeras letras, parece como si toda la alteración anterior frenara de pronto. Palabra a palabra, todo va recobrando orden en la mente, volviendo a tomar el mando la realidad. Leída la carta, actuamos en consecuencia.

Pero después, después  que todo haya pasado, cuando los hechos que motivaron esa carta dejen de tener importancia inmediata, el papel y la tinta conservarán su recuerdo. Y no simplemente como un archivo, sino como testigo de, al menos, dos vidas humanas. De sus sentimientos y pensamientos, de su forma de entender el mundo, de sus esperanzas e inquietudes, de sus caídas y logros.

En esas líneas se esconden risas, miradas, lágrimas, abrazos, suspiros, dolores, canciones.

Ahora, nuestras vidas “vuelan” por la red más de lo que permanecen en una carta. Cada época tiene sus propios medios de comunicarse. Pero es posible que las cartas no desaparezcan nunca de nuestro mundo.

Aún quedan románticos que envían postales en sus viajes, que escriben algunas líneas a aquellos que están lejos. Incluso hay enamorados que prefieren confiar la transmisión de sus sentimientos a la pluma, y al cartero.

Y es que una carta es más personal, desde la caligrafía hasta el olor del papel, pasando por la rúbrica. Es cierto que no sirve para las cosas urgentes. Pero lo urgente no coincide siempre con lo importante. Y lo importante, lo que merece la pena decir, siempre toma más tiempo.

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Duelo de miradas.

Fragmento del "Autorretrato con chaleco verde", Eugène Delacroix, 1860.

Fragmento del “Autorretrato con chaleco verde”, Eugène Delacroix, 1860.

No le miras tú. Es él quien te mira a ti. Y no puedes sustraerte a su mirada, porque te atrae como si hubiera un imán escondido en sus ojos marrones.

Te mira, y parece que el retratado eres tú en lugar de él. Como si al observarte, paciente, detenidamente, tratara de profundizar en tu ser, en tu carácter y en tu pensamiento, para hacer de ti un retrato magnífico, una obra inmortal.

Hagas lo que hagas, te mira. No tienes escapatoria, admítelo. Aunque le des la espalda, sientes todavía sus ojos inquisitorios sobre ti. Porque, sobre el lienzo, su mirada de pintor aún sigue viva. Con esos ojos percibió el mundo, y supo descubrir la realidad más auténtica, viendo más allá de ella, y sublimándola con su talento.

Y ahora te mira a ti, rebuscando en tu interior aquello que sólo él sabe distinguir, y que haría de ti una obra maestra incomparable. Y sabes que no es tanto por lo extraordinario de tu vida como por lo absolutamente excepcional de su capacidad creadora. Y lo sabes porque intuyes que no puedes engañarle.

La determinación que subyace en sus ojos te reta, haciendo que te enfrentes a él, casi con desafío. Puede que incluso entornes los párpados, tratando de adivinar lo que piensa, intentando seguir su juego y descubrir lo que esconde. Y llegará un momento en que tú bajes la mirada, gires sobre ti mismo y te dirijas a cualquier otra parte.

Pero ya es tarde, porque tendrás para siempre la impronta de unos profundos ojos marrones sobre ti.

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No se puede vivir sin más.

"El pensador", Auguste Rodin. 1902.

“¿Qué te pasa? ¿Estás mal?” Es lo que preguntamos a quien vemos en una postura que emula  la escultura de Rodin. Meditabundo, ensimismado y ajeno a las vueltas que da el mundo a su alrededor.  El pensador no tendría cabida en nuestra sociedad, en la que pensar es malo. O, al menos, pensar demasiado. Es poco práctico. En estos tiempos que corren, o mejor dicho, vuelan, quien se para a pensar pierde el tiempo. Ése es el mensaje que transmiten muchas de las voces actuales, en diversos ámbitos.

Si descubrimos a alguien en tran extraordinaria actitud, suponemos que algo malo ha ocurrido, que se ha visto obligado a interumpir su incesante actividad, su movimiento continuo, aquello que demuestra que está vivo.

Pero estar vivo no siempre es vivir. Nos movemos, no paramos quietos, la lista de cosas por hacer experimenta un crecimiento continuo, porque lo que llamamos vida exige una constante producción. Pero,  ¿hacia dónde nos movemos? O lo que es lo mismo, ¿hacia dónde vivimos? Porque no se puede vivir sin más, actuando casi por actos reflejos, según nos vayan modelando las circunstancias.

Si uno no sabe por qué está aquí, ¿cómo sabe hacia dónde tiene que ir? Y, previendo que el camino va a ser un poco largo, ¿qué va a hacer uno de su tiempo, si desconoce hacia dónde le llevan? Porque, si se vive sin más, te llevan, no eres tú quien decide la ruta ni el destino. Si no te preocupas siquiera de mirar el mapa, no sabrás nunca por dónde pasas, ni dónde acabará el viaje.

Si uno vive sin más, sin pensar, sin reflexionar, sin hacerse preguntas, no será libre.

Pero hay una palabra clave que lo cambia todo: contemplación. Sólo conoceremos en verdad la realidad, y seremos dueños de nuestra actitud ante ella, si nos paramos, miramos y pensamos.  Para aprender a vivir en serio, para sacarle todo el jugo a la vida, al tiempo que tenemos , nos hace falta cierta actitud contemplativa, y también estética, que mantiene despierta nuestra capacidad de asombro. Si estamos adormilados por la rutina del “no parar”, por la inercia, no nos asombraremos de nada, no habrá nada que nos sorprenda y maraville. Y no aprenderemos.

En cierto modo, pensar es volver a ser niño, porque redescubres todo como si fuera la primera vez.

Aprender a vivir es difícil. Pero no imposible.

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Promesas cumplidas.

"El viaje a Belén", mosaico de San Salvador de Cora. Siglo XI.

La letra de un villancico tradicional dice así: “De Nazaret a Belén hay una senda; por ella van los que creen en las promesas”. Es un único verso de una canción que puede parecer infantil, pero que, si uno se para a darle vueltas, da mucho que pensar.

Es la senda que recorrieron María y José, antes de que naciera el Niño. Aparentemente, se pusieron en camino porque era “lo que tocaba”, ya que debían cumplir el edicto famoso e ir a su ciudad de origen a registrarse en el censo. Aparentemente.  Porque luego uno se da cuenta de que nada ocurre por casualidad.

La joven pareja tenía ante sí, además de un largo viaje, una gran incógnita. Habían puesto sus vidas al servicio de una promesa, habían dejado a un lado todos sus planes para emprender una gran tarea que les había comunicado el ángel. Habían puesto su futuro en manos de un Niño que aún no había nacido. Se guiaban por una promesa, en la que habían depositado toda su fe.

Y, ojo, que la canción dice “senda”, no “autopista”, o “vía rápida”, ni siquiera “carretera”. Senda. O sea, un camino abierto por los pasos de los hombres a lo largo del tiempo, a base de esfuerzo, paso a paso. Ni comodidades, ni facilidades, ni respuestas rápidas esperaban al Niño y a sus padres. Y lo sabían. Y aún así, creyeron y se pusieron en camino.

Hoy, ya casi nadie cree en las promesas. Porque no se puede asegurar que se vayan a cumplir. Porque creer implica esperar. Y lo queremos todo, lo queremos ahora. Porque es más sencillo no complicarse y no arriesgarse, no vaya a ser que luego nos desilusionemos y nos defrauden. Porque parece ser que sólo esperan los tontos, y sólo creen los niños. Sin embargo, es posible que siempre nos falte algo, que nuestras respuestas se queden cortas.

Y nos pasa algo muy curioso. En Navidad, nuestra fe parece despertar del sueño que dormía, o al menos hace algún amago. Porque la Navidad, damas y caballeros, no es otra cosa que un tiempo de fe.  “Una temporada de fe perfecta”, parafraseando el título de  un imaginario artículo de un escritor de una estupenda película.

El reencuentro con familiares y amigos, la magia y la ilusión de los regalos, el colorido de los adornos, el sentimiento de generosidad que se intensifica…Todo ello debería responder a algo más que los dictados del calendario. La alegría de estos días y los buenos deseos no tienen sentido alguno ni son verdaderamente auténticos si se viven porque es “lo que toca”.

La Navidad se celebra por una razón: porque las promesas se han hecho y se hacen realidad. El Niño nació, y dio sentido por fin a todas las dificultades, dudas, sufrimientos e inquietudes. María, José y el propio Niño, vivieron la misma vida que nosotros: disfrutaron del cariño de los demás, pero también estuvieron solos y se sintieron abandonados. Tuvieron ilusiones y lucharon por ellas, a pesar del miedo al fracaso y las decepciones.

La senda que va de Nazaret a Belén no fue sólo para ellos, es también para nosotros. Caminaron por ella, venciendo el cansancio y todos los obstáculos, animados por su fe. Y lo mismo al huir a Egipto, y al regresar a Nazaret. Hay muchas sendas de ésas, para los que creen en las promesas. Y están ahí todo el año, no únicamente en Navidad, porque la fe no entiende de fechas ni calendarios. Cada uno tiene que encontrar la suya, y recorrerla sin miedo.

Porque, en el fondo, todos los finales felices empiezan con una promesa. Y siempre se cumple.

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