De toda la vida.

Si explorásemos los archivos musicales en los diversos dispositivos electrónicos de distintas personas, muy probablemente encontraríamos, entre una curiosa mezcla de estilos, por lo menos uno de los clásicos de toda la vida. Al menos, de toda la vida de las personas con las que compartimos o hayamos compartido la nuestra. Es decir, alguno de los grandes éxitos de los últimos sesenta años. Algo de los Beatles, puede que los Beach Boys, las Supremes, The Mamas and the Papas…Queen y los Rolling no pueden faltar. E incluso puede que algún osado haya desempolvado a los Four Seasons.

Y eso sólo por mencionar a algunos, porque la lista podría ser mucho más extensa. Y aunque parece que las generaciones más jóvenes aún no los han descubierto, todo llegará. De hecho, es relativamente frecuente que veinteañeros conozcan mejor la historia de la música reciente que cualquier otra manifestación  cultural.

Y es que, aunque su tiempo haya pasado, lo cierto es que las canciones de toda la vida tienen algo que nos hace sonreír cuando suenan en la radio, o como banda sonora de una película. Son como el fondo de armario, siempre están ahí. Como los pantalones de pata de elefante; tarde o temprano, acaban volviendo.

Puede parecer que canciones como Love me do no contienen una gran poesía, ni una melodía técnicamente impresionante. Concedido. Neil Diamond no es Mozart, pero, ¿quién no ha cantado a todo pulmón Sweet Caroline, y sobre todo, tarareado las tres notas al final de la primera frase del estribillo?

¿A quién no se le ha encogido un poco el corazón, un poco al menos,  ante la crudeza de la realidad con The Boxer? ¿O bailado el Rock de la cárcel hasta quedar sin aliento? ¿Qué chica de ojos marrones no ha pensado alguna vez que Van Morrison podía haber cantado para ella? ¿Y qué mejor karaoke que uno que incluya las canciones de ABBA? Por no hablar de que, como todo el mundo sabe, la mejor canción para conducir es Don´t Stop Me Now.

En el fondo, son historias de las que todos podríamos ser protagonistas, con sentimientos como de andar por casa. Frank Sinatra y Paul Anka nos recuerdan que hubo un tiempo en el que la cortesía era parte fundamental del juego romántico. Crosby, Stills, Nash y Young nos hacen preguntas y plantean respuestas acompañadas de rasgueo de cuerdas de guitarra y baile de voces. Bob Dylan lleva décadas analizando la sociedad y los entresijos del carácter de un hombre con poco más que una pluma y una armónica.

Podríamos seguir así eternamente. Añadan sus favoritos, ya que han quedado demasiados en el tintero.

Lo que está claro es que las canciones de toda la vida nos hablan de un mundo distinto, en algunos aspectos mejor y en otros peor que el nuestro. Pero algo tienen, ya que varias generaciones las han hecho suyas. Y lo que es más importante, han sido, en muchos casos, un puente entre abuelos, padres e hijos, entre personas muy distintas pero con algo en común. Forman parte de la historia de nuestras vidas.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Antes molábamos.

"Interior con mujer joven de espaldas" Vilhelm Hammershøi, 1904.

“Interior con mujer joven de espaldas” Vilhelm Hammershøi, 1904.

Nos hemos vuelto cutres. Ésa es la palabra, cutres. Parece que somos demasiado vagos para molestarnos y hacer las cosas bien hasta el detalle. Y no tanto por las grandes obras de la humanidad contemporánea (afortunadamente, sigue habiendo genios y grandes profesionales), sino sobre todo, en la vida de la gente común.

Y déjenme que les proponga ejemplos muy pequeños, pero muy ilustrativos.

Hemos cambiado las sábanas por el edredón porque éste no requiere planchado. Se nos ha olvidado la receta de las lentejas, porque ahora los ingredientes se introducen en una máquina que parece que hace magia y las cocina con chorizo y todo. La pluma estilográfica se ha convertido en un artículo de coleccionista, porque se pierde mucho tiempo en reponer los cartuchos de tinta. El mantel de hule y los platos de cartón se han convertido en la vajilla habitual en las reuniones en torno a una mesa, porque es muy molesto lavar tanto utensilio. El peinado de moda es no peinarse, no vaya a ser que parezca que te has arreglado. Las notas de agradecimiento o felicitación son un recuerdo de un pasado romántico digno del cine, porque es más cómodo y sencillo enviar cualquier tipo de texto o imagen prediseñada por cualquier medio electrónico.

Y antes de que se dispongan a replicarme los daltónicos de la gama de grises, diré que no se trata de renegar de los avances de los tiempo. Evidentemente, no es preciso dormir todas las noches en sábanas de hilo, cenar soufflé de trufas los martes,  tomar el vino en copas de cristal de Limoges o enviar un telegrama para avisar de que has perdido el tren y llegarás tarde. El sentido común se presupone…

Pero es cierto que, por no molestarnos y no perder tiempo, corremos el riesgo de convertir nuestra vida en una mera sucesión de trámites, solucionados con la mayor eficiencia y rapidez posible, sin disfrutar de los pequeños grandes placeres de la vida. Y en el fondo de esa dejadez se esconde, quizás, una sombra de egoísmo, por no prestar un poco de tiempo y atención a algo que, posiblemente, podría alegrar a los que tenemos con nosotros.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero creo que sí era menos cutre, y más dado a manifestar el aprecio en detalles pequeños, pero, al fin y al cabo, importantes.

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Creer para ver.

"Adoración de los pastores", Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

“Adoración de los pastores”, Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

La Navidad es como el Arte. Está ahí para todos, pero no todos tienen los ojos abiertos para comprenderlo y disfrutarlo. Hace falta vaciarse de ciertas cosas para poder apreciar lo que el arte tiene que decirnos. Y algo parecido ocurre con la Navidad.

No puedes alcanzar a ver la belleza de los colores, el equilibrio de la armonía musical, removerte por dentro con las palabras de la poesía si tienes el corazón frío y la cabeza llena de ideas preconcebidas. Y no puedes comprender la grandeza profunda de la Navidad si tienes los sentidos llenos de ruido y el alma vacía de humildad.

Además, no hace falta ser un gran entendido para darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas. No es necesario ser el primer bailarín del Bolshoi para emocionarse con “El Cascanueces”. Y no es preciso ser un experto en la tradición occidental para entender el auténtico significado de lo que ocurrió en Belén. Los únicos estudios que se requieren son los conocimientos en humanidad. Y en cuanto a la experiencia, no es imprescindible ninguna.

Los primeros que captaron de qué iba todo fueron los pastores. Ni el rey, ni el gobernador romano, ni el posadero, y casi, ni los Magos, que iban siguiendo la tenue pista de una estrella, aunque algo intuían…Sólo unos hombres rudos, iletrados y cuyo valor social era nimio fueron quienes alcanzaron a comprender que había sucedido algo extraordinario. Vivían entre ovejas, pero supieron captar la belleza inefable que salía de aquel humilde portal.

No tenían educación alguna, ni poder, ni influencia, ni siquiera un poco de elegancia. Pero sí poseían algo que hoy en día, a pesar de lo sofisticada que hemos vuelto nuestra vida, escasea:  fe. Ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en la sociedad, ni mucho menos en nada que exceda nuestra condición humana, porque somos la medida de todo.

Los pastores dieron lo que tenían, que no era más que la pobreza de sus vidas. Pero obtuvieron a cambio mucho más: la contemplación de todo lo que hace grande el espíritu humano. No creyeron porque vieron; vieron porque creyeron.

Feliz Navidad.

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Todavía quedan locos.

contemplacion 2

Todavía quedan locos. Personas que se dejan llevar por el rapto de los sentidos para sumergirse en un profundo océano de emociones y pensamientos descontrolados. Gente a la que no le importa en demasía la hora que marca el reloj.

Al principio es algo muy inocente, pero una vez que estás dentro, es difícil salir de ese “país de las maravillas” en el que has entrado. Comienza siempre de forma insospechada , y nunca sabes cuándo va a suceder. No puedes programarlo, llega cuando quiere, y se marcha cuando le parece.

Pero suele empezar con un una intensa atracción de la mirada y un suspiro. Un suspiro profundo, más hacia el interior que hacia fuera, y que hace que, casi sin darte cuenta, contengas la respiración. Y has caído.

De pronto, llegan a tu cabeza millones de pensamientos incontrolados, que hacen que el tiempo y el mundo se paren, mientras tu mirada va de un lado a otro, tratando de agotar toda la belleza, de capturarla para siempre en tu memoria. Es como si un imán te dejara allí pegado para siempre.

En un plazo de tiempo indeterminado, de la agitación y la emoción incontenida pasas a la serenidad, como si ya hubieras encontrado lo que habías estado buscando, y supieras que puedes acudir a ello en cualquier momento.

Ésa es la señal de que estás listo para volver a tu vida. Aunque, de alguna manera, ya no eres el mismo, puesto que llevas contigo un poco de esa belleza que te ha abrazado durante un rato. Es como si hubieras aprendido una lección de las que no se evalúan con una nota, has crecido.

Estos transitorios episodios de locura están médicamente diagnosticados como “Síndrome de Stendhal” o “Síndrome de Florencia”, incluso “estrés del viajero”. El primero de estos nombres recuerda al escritor francés Henri Bayle, alias Stendhal, quien trasladó al papel su experiencia estética en la Santa Croce florentina:

Había llegado a ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

Y es que la contemplación del arte puede llegar a ser algo peligroso. Pero, como todo el mundo sabe, quien no arriesga, no gana.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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Cada cosa a su tiempo.

**Para componer esta canción, los Byrds se inspiraron en un Salmo del Antiguo Testamento  (Eclesiastés, 3  1-8).  Encontraréis la traducción al español aquí: http://www.goear.com/lyrics/67160/turn-turn-turn-1967-the-byrds-

 

Todos soñamos con una vida perfecta. Y es natural. Al fin y al cabo, tenemos impreso en nosotros el billete hacia la felicidad. Lo que pasa es que hay muchos espejismos que se le parecen, pero que no lo son. Y también  hay felicidad que se esconde bajo el dolor. A veces, incluso no sabemos qué es la felicidad, sólo sabemos que la buscamos.

Pero no la encontraremos si la perseguimos con demasiada insistencia.  Es como una de esas chicas maravillosas, conscientes de su encanto, que no se dejan conquistar fácilmente.

En la vida el sufrimiento, la pena y el miedo conviven con la alegría, la ilusión y la paz. Y no podemos pretender cambiar eso, porque no está en nuestra mano, no nos corresponde.

Ignorar el mal propio o el ajeno, o querer evitarlo a toda costa no es la solución. Es propio de cobardes, no de quien mira a la vida de frente. En palabras de Balzac, negarse a sufrir no significa fortaleza sino debilidad.

Aspiramos a ser felices, claro que sí. Pero no tenemos “derecho” a serlo. No es algo que se nos deba por el mero hecho de existir. Hemos de procurar felicidad nosotros y para los demás, pero tenemos que ser conscientes de que no sólo no podemos evitar el dolor, sino que a veces lo que  necesitamos es no darle la espalda y enfrentarnos  a él con valentía y generosidad. Nos hemos vuelto muy cómodos, y en ocasiones  la mera mención del sufrimiento genera una sensación de pánico en algunas personas.

La vida tiene sus etapas, unas buenas y otras malas. Hay un tiempo para todo, y todo llegará, cuando tenga que llegar. No lo digo yo, es así, escuchen cualquier historia por la calle y lo comprobarán. Querer eliminar cualquiera de las fases sería empobrecer la vida, que únicamente se puede experimentar en plenitud de una forma:  viviendo. No existe la vida perfecta, existe la vida de cada uno, así, sin más.

Y la felicidad puede tomar muchas formas, puede habitar en los tiempos buenos, y en los menos buenos. Pero por lo general, es ella la que nos encuentra a nosotros, y no al revés.

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No da igual.

"Muerte de Sócrates", Jacques-Loius David, 1787.

“Muerte de Sócrates”, Jacques-Louis David, 1787.

No te creas lo que dicen.  Porque no todo da igual.  No es lo mismo tomar una u otra decisión.  El final del viaje no va a ser el mismo hagas lo que hagas, te dirijas hacia donde te dirijas.  Vamos, que no todos los caminos llevan a Roma.

Hay cosas que importan, que importan mucho. Tanto, que hay quién da su vida por ellas. Gente que prefiere morir a traicionar la verdad, a engañarse a sí mismos.  Claro que para eso hay que ser muy valiente,  porque poner la conciencia de uno frente al mundo es algo muy serio.

Y es que no da igual luchar por lo que se cree que dejarse llevar. No da igual sacrificarse por lo que vale la pena que conformarse con no meterse en demasiados líos.

Lo que sí da igual es merendar una palmera de chocolate o una napolitana de crema. Ser de café o de té.  Tener éste coche o aquél.  Que todo el mundo vea las fotos de tu viaje a Camboya o que no se entere todo el mundo de lo bien que lo pasaste y lo afortunado que eres.  Eso no importa.

En cambio,  sí importa jugártela por ayudar a un amigo y decirle lo que cree que no quiere oír,  cumplir tus promesas,  saber pedir perdón,  cortar con lo que sabes que no te lleva a ninguna parte.  Apoyar a tu familia,  no ser lo que no eres,  tratar de ser mejor todos los días,  pararte a pensar qué quieres hacer con tu vida,  sonreír cuando no tienes ganas.

No da igual lo que hagas, digas o pienses. Porque el resultado no es el mismo.

Al final de todo,  nadie te preguntará qué merendaste,  si preferiste café o té,  qué logotipo llevaba el coche que conducías,  o cuántas veces salías con un vaso en la mano en las fotos de Camboya.  Te preguntarán por lo otro,  por lo que sí importa.

Así que, definitivamente, no.  No da igual.

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“El gran teatro del mundo”

Imagen obtenida de www.margaritadedios.es

“El gran teatro del mundo”, de Pedro Calderón de la Barca, publicado en 1655.

Prácticamente desde que el mundo es mundo, el hombre ha juzgado su propia vida como la interpretación de un papel en una gran obra de teatro. Consciente de la fragilidad de su existencia, de la nimiedad de su aportación a un universo infinito, se ha sabido puesto en la tierra como parte de un relato que supera su propia intervención en el mismo.

El narrador omnisciente, que conoce a los personajes más de lo que ellos creen conocerse, ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia: el destino, el capricho de los hados, la fuerza superior de la naturaleza, Dios. Pero nunca el propio hombre, que ha calibrado su medida respecto al mundo.

Hasta ahora.

El mundo, sigue siendo, sí, un teatro. Pero un teatro de trivialidades, en el que el drama ha perdido su fuerza trascendente y purificadora, la comedia su inteligente chispa, y el ideal romántico ha dado paso a la exaltación del sentimentalismo superficial.

Si bien antes uno era más o menos consciente de interpretar un papel en la historia del mundo y sabía que, en uno u otro momento, debía dar cuenta de su actuación ante los demás actores y ante el director de la obra, ahora uno no tiene vida más allá del escenario.

Las tablas de madera, el pesado telón y el patio de butacas han sido sustituidas por la red informática, las fotografías y un sinfín de conocidos-desconocidos que, desde el gallinero,  proyectan su mirada sobre la actuación de la vida de uno. Y no tanto por la curiosidad de la audiencia como por la absoluta falta de intimidad de los personajes. Porque ya no hay bambalinas ni camerinos. El personaje que uno quiere interpretar se ha comido al actor que le daba vida.

El espectador sabe en todo momento qué hace, dónde está, qué piensa, con quién se relaciona e incluso qué come el personaje. Porque él mismo no es consciente de quién le mira, y se inquieta si no recibe el protagonismo que esperaba. Y es que si no interpreta bien su papel, su vida está vacía, no tiene sentido; se siente inseguro sin el aplauso, o siquiera la atención, de los espectadores-críticos.

Tiene que ser lo que los demás juzguen que deba ser. Debe demostrar quién es, si quiere ser el primer bailarín en este ballet descordinado.

 

Quizá nos estemos olvidando del único espectador que de verdad importa,  que es quien nos trajo aquí y nos dio el papel que mejor nos iba: el Autor.

Sólo queda decidir para quién actuamos.

 

 

*** La obra completa de Calderón de la Barca aquí:

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/c/Calderon%20de%20la%20Barca%20-%20El%20gran%20teatro%20del%20mundo.pdf

 

 

 

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Vidas en papel.

"Muchacha leyendo una carta". Johannes Vermeer, ca. 1657.

“Muchacha leyendo una carta”. Johannes Vermeer, ca. 1657.

Una carta es mucho más que una carta. Mucho más que un papel escrito. No es un mero continente de información, es más bien un depósito de esperanza.

Porque, transmita buenas o malas noticias, al recibirla, se ven colmadas nuestras ansias de saber acerca de quien nos inquieta. Sabemos, por fin, que se ha acordado de nosotros, que somos algo para alguien.

En el momento en el que los dedos palpan el sobre, justo antes de deslizarse bajo la pestaña, o de rasgarlo con el abrecartas…En ese instante todo es posible. Es un fugaz segundo de sueños, en el que miles de pensamientos se agolpan en la imaginación, buscando averiguar cuál de ellos será el que corresponda con la realidad.

Cuando, al fin, las manos despliegan el papel, con  su inconfundible y leve crujido, y los ojos se posan sobre las primeras letras, parece como si toda la alteración anterior frenara de pronto. Palabra a palabra, todo va recobrando orden en la mente, volviendo a tomar el mando la realidad. Leída la carta, actuamos en consecuencia.

Pero después, después  que todo haya pasado, cuando los hechos que motivaron esa carta dejen de tener importancia inmediata, el papel y la tinta conservarán su recuerdo. Y no simplemente como un archivo, sino como testigo de, al menos, dos vidas humanas. De sus sentimientos y pensamientos, de su forma de entender el mundo, de sus esperanzas e inquietudes, de sus caídas y logros.

En esas líneas se esconden risas, miradas, lágrimas, abrazos, suspiros, dolores, canciones.

Ahora, nuestras vidas “vuelan” por la red más de lo que permanecen en una carta. Cada época tiene sus propios medios de comunicarse. Pero es posible que las cartas no desaparezcan nunca de nuestro mundo.

Aún quedan románticos que envían postales en sus viajes, que escriben algunas líneas a aquellos que están lejos. Incluso hay enamorados que prefieren confiar la transmisión de sus sentimientos a la pluma, y al cartero.

Y es que una carta es más personal, desde la caligrafía hasta el olor del papel, pasando por la rúbrica. Es cierto que no sirve para las cosas urgentes. Pero lo urgente no coincide siempre con lo importante. Y lo importante, lo que merece la pena decir, siempre toma más tiempo.

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