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Trampantojos

“Asunción de la Virgen”, Antonio Allegri da Correggio, 1526-1530
Catedral de Parma

El pintor a veces miente. Bueno, en realidad casi siempre, porque, ya lo decía Platón, vuelve falsa la realidad engañando al ojo, y la pintura es la más impostora de todas las artes. Y si el filósofo griego hubiera visto los frescos de gran parte de las iglesias y palacios barrocos, se hubiera indignado, supongo.

Y es que están llenas de imágenes falsarias, de trampantojos, que, como su propio nombre indica, se dedican a trampear la percepción de la vista, bajo apariencia de realidad. El término viene de trompe-l´oeil, que el Diccionario de términos de arte de Borrás y Fatás define como “voz francesa, que designa una ilusión óptica espacial en pintura, de modo que parezca real lo que sólo es pintado. V. engaño e ilusionismo”. Fin de la cita.

Cielos que se abren al infinito, cortinajes que descubren escenas fantásticas, figuras encaramadas a cornisas… Todo mentira. Es parte del juego pictórico, y también del desarrollo de una técnica, claro.

Y eso está muy bien, porque están en su sitio, donde deben estar. Y porque, o muy joven o muy simple es el espectador que no alcanza a distinguir lo real de su representación. Y muy poco sensible, o muy escéptico, el que no se deja impresionar por este tipo de visiones cuando las tiene cerca.

Pero también hay trampantojos de mala fe, o al menos poco honestos, que se basan en el juego para vendernos una apariencia de realidad que no existe. Y no hace falta ir a ningún palacio italiano para verlos. Basta conectarse a las redes sociales, sin ir más lejos.

Vidas perfectas con toda clase de impactantes imágenes, perspectivas de abarrotadas fiestas, telones tras los que se abren retratados de inusitada belleza, rostros idealizados, composiciones protagonizadas por objetos que se supone que debemos desear y adquirir. Puro trampantojo.

Y una cosa es el “postureo” un tanto absurdo pero inocente de quien busca presumir de los mejores momentos de su vida, o incluso hacer drama de sus problemas. Pero que el fin sea la venta de un producto, con la pretensión de que la fama sirva de trampolín para modelar los gustos del espectador… presuponiendo, por otra parte, que no tenemos gustos propios y que necesitamos que alguien nos los dirija y mediatice… eso ya es otro cantar.

La mercancía que se ofrece es superficialidad en bote, apariencia de contenido, pero que se fragmenta y se desmenuza a la mínima ráfaga de viento, como una flor conservada artificialmente. Puro humo, en palabras de un joven pensador al que no conocéis (al menos, de momento).

Y lo peor, lo peor de todo, es que la trampa surte efecto. Cada vez más hay más miradas incautas que se dejan engañar por la ilusión de una felicidad prometida a quien llegue a replicar ese estilo de vida. Una vida que te lleva a entristecerte cuando terminan los fastos de la fiesta que preparabas para celebrar tu compromiso con otra persona hasta que la muerte os separe. A definir como importante lo que tienes aquí, que, pase lo que pase y haya lo que haya al otro lado, aquí se queda.

Cuidado con los trampantojos que hay por ahí. Esos que prometen cielos que no son de verdad, estancias lujosas que no existen, personajes en lugar de personas, escenas que anuncian experiencias llenas de luz y color, pero que no son más que pigmentos sobre una superficie plana, sin profundidad, sin vida.

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Las formas del aire

Capilla mariana de Enrique VII, 1503-1509
Londres, Abadía de Westminster

La vida tiene a veces unas cosas muy raras, y aunque uno crea conocer el blanco, no lo aprecia en toda su hondura hasta que no se encuentra con el negro. Me explico: no entendí de verdad una catedral gótica hasta que no estudié la arquitectura contemporánea. Y gracias a un profesor maravilloso que tuve.

Y alguno se preguntará que qué es lo que hay que entender en una catedral. Si total, es un edificio alto, con más o menos florituras, vidrieras de colores y un montón de arcos apuntados por todas partes. Sí, pero no. Porque una arquitectura no es su aspecto externo, qué características formales tiene, y cómo se construye. Eso se aprende en cinco minutos.

Una arquitectura es el espacio, y el significado que tiene, que a veces se viste de un estilo, y otras, de otro. Pero eso es lo de menos. Lo gordo es lo otro, lo que no se ve, el “aire” de dentro. Y eso sólo lo entendí a partir de Le Corbusier y de Mies van der Rohe.

Porque, si una catedral no es sólo un montón de piedras decoradas y cristales bonitos, el Movimiento Moderno tampoco se resume en un suelo y un techo sostenido por pilares y un salón diáfano. Es una manera de concebir el espacio.

Esto, puesto así por escrito, y en tan breve extensión, suena un poco a cuento chino, lo sé. O cuento sueco, que tanto da… El caso es que esta idea sólo se puede llegar a asumir bien a través de dos vías: una, estudiando la historia de la arquitectura (lo cual es siempre muy recomendable) y otra, meterse uno mismo en ella. Es decir, yendo a los sitios y ponerse a mirar muros, techos, columnas, vanos, suelo… sin miedo a parecer un poco idiota o ensimismado. Nos perdemos muchas cosas por este tipo de vergüenzas absurdas.

Sólo entrando en la catedral de León se puede llegar a respirar ese aire de espiritualidad humana que fue el gótico, con el color de las vidrieras que colorea las motitas de polvo del aire, y la música que acompaña la trascendencia de las palabras sagradas con sus altas notas, llegando a través de ese magnífico coro.

Sólo al introducirse en el Pabellón Alemán de Barcelona de Mies puede comprenderse el profundo cambio que experimenta el espacio en la mentalidad del hombre contemporáneo, que busca en lo racional la respuesta a sus preguntas, abandonando el camino de lo espiritual, al menos en su sentido tradicional.

Pongo estos dos ejemplos, pero háganlo extensivo a cualquier otra obra arquitectónica: el Panteón de Agripa, la cripta de San Isidoro de León, el Duomo de Florencia, la ópera de París, el Pabellón de la Secesión en Viena, o tantos otros sitios fabulosos como hay a lo largo y ancho de este mundo.

Y a veces, te quedas sin aliento y tienes que inspirar profundamente, como me sucedió al entrar en la capilla de Enrique VII en Westminster. La habría visto en fotos y libros cientos de veces, pero la tridimensionalidad y lo que se siente en ella no se reflejan en una imagen plana. Tuve que esperar a subir esos centenarios y pequeñujos escalones para toparme, inesperadamente, con todo el poder de su esplendoroso espacio, que te rodea de una manera muy particular. Y todo, desde el techo de encaje dorado en piedra, hasta el cielo casi blanco que se ve por los cristales, contribuye a crear una sensación única.

El espacio es la materia con la que se hace el arte de la arquitectura. Es algo que, al igual que los colores de una pintura, las notas de una composición o las palabras de un soneto, hay que contemplar, que saborear. Pero hay que ir hasta el fondo, no quedarse en lo exterior, que es lo que nos suele pasar. Porque hay principios que no se entienden hasta que no llegas al final.

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Belleza, felicidad y vida eterna.

“El violinista celeste”, Marc Chagall, 1934. Museo Municipal de Tossa de Mar.

Construir objetos bellos y útiles o participar en su creación es una fuente segura de felicidad; también vivir en lo posible rodeado de ellos. Esto escribía hace poco Antonio Muñoz Molina en un artículo (el cual está  disponible aquí), a propósito del movimiento artístico denominado Arts & Crafts. Y, si tiramos del hilo de esta teoría, y disfrutar de la belleza en sus múltiples formas produce felicidad, el hecho de dar a los demás la oportunidad de ser más felices supone, de alguna manera, un acto de generosidad. O sea, que los artistas y creadores realizan una buena acción con su labor.

Y eso, al fin y al cabo, tiene que contar para algo. Es decir, cuando el artista muera, su obra perdurará, y continuará aportando felicidad a todo aquel que contemple una pintura, escuche una melodía, o simplemente se siente en una silla que, además de cómoda, sea bella. Así que, en este sentido, los pintores, músicos, escritores, artesanos y diseñadores, tienen “puntos extra” para ir al lado de los buenos en el más allá (pónganle ustedes el apelativo específico del credo religioso correspondiente).

Es cierto que, hasta bien entrado el siglo XVIII, lo que se consideraba arte incluía un grupo bastante reducido de disciplinas, y que la contemplación estética estaba al alcance de unos pocos, pero las esculturas de los templos griegos y las vidrieras de las catedrales góticas no estaban cerradas con vallas.

De este modo, el pintor que realizó los frescos de las cámaras funerarias de los faraones añadió algunos gramos al platillo de la pluma en la balanza de Osiris, porque, aunque no fuera concebida para ello, su obra ha sido contemplada por millones de personas muchos siglos después.

Fuera Mirón o no el auténtico nombre del autor del Discóbolo, lo cierto es que el escultor contribuyó a la educación estética de sus contemporáneos y de incontables estudiantes a lo largo de los tiempos. Y, por mucho que Platón promulgara la falsedad de las representaciones artísticas, el kalos kai agathos unía filosóficamente lo hermoso y lo bello.

Los monjes miniaturistas irlandeses se dejaron los ojos y la espalda para ilustrar de manera preciosa los textos evangélicos, creando ejemplares tan sorprendentes como el Libro de Kells, y aunando el credo cristiano y la estética céltica tradicional en una riquísima simbología espiritual. Se ganaron el cielo con sus horas de trabajo paciente y minucioso.

No se pueden contabilizar  las veces que se ha escuchado, cantado y versionado el Something de los Beatles, y seguro que George Harrison estuvo más cerca de una digna reencarnación de su espíritu, ya que aún no hay generación que no haya disfrutado con sus notas y sus palabras.

Estar ante ciertas obras maestras del arte universal, como los enormes paneles de Tintoretto en la Escuela de San Roque, o en el envolvente espacio de la capilla de Enrique VII en Westminster puede producir un episodio del síndrome de Estendhal. Y leer las palabras de Shylock en El mercader de Venecia puede sumergir al lector en un torbellino de sentimientos del que es difícil escapar. Escuchar la Obertura 1812 de Chaikovski en un entorno especial, como un concierto nocturno al aire libre a la luz de las velas puede llegar a formar un recuerdo dichoso para toda la vida.

Y lo mismo puede decirse de la cerámica de Talavera que adorna una buena mesa, de la actuación de un grupo de teatro amateur, de la película del viernes por la noche con sofá y manta, del descubrimiento de un joven y desconocido artista que expone sus piezas en la biblioteca local, o del cojín bordado por la abuela.

El caso es que, cualquiera que sea la disciplina, la fama, el estilo o la época de una obra hermosa, el autor de la misma ha logrado añadir felicidad a la vida de las persona, y ésta se expande y reproduce siempre de una manera insospechada. En otras palabras, contribuye a mejorar este mundo.

Hacer algo bello, de alguna manera, nos redime, compensa nuestros defectos y los fallos que todos cometemos. El arte y la belleza llenan el alma de quien la crea y de quien la aprecia. Los campos de Aaru egipcios, los campos Elíseos griegos, el Sheol judío, el Cielo cristiano, el Yanna islámico, o el  Surgá hindú… todos los paraísos a los que el alma está destinada después de la muerte están un poco más cerca para quien ha regalado hermosa alegría a través de su trabajo.

Hay muy pocas cosas totalmente seguras en esta vida… Una de ellas es que nuestro tiempo aquí tiene un fin. Y otra, que lo bello consuela, alegra, y muestra que somos capaces de hacer cosas increíbles.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Revolución.

Composición nº 8, Piet MondrianPero…¿y esto es arte? No voy a contestar, porque no existe una respuesta adecuada, que asegure el aprobado.

Sólo puedo decir que a mí me gusta. Lo veo, y pienso en lo sencillo que parece hacer que los colores armonicen. Pero ya sabemos que las cosas no son lo que parecen, y menos en materia de arte. Y, además, que sea sencillo no quiere decir que sea menos meritorio, ¿verdad?. Pensemos en la simplicidad y la pureza de líneas de Palladio… A nadie se le ocurriría cuestionar la validez artística de su arquitectura.

Mondrian es también arquitecto, puro orden y equilibrio. Veía el universo como una creación perfecta, en la que todo está maravillosamente regulado, cada cosa en su sitio, hasta el más ínfimo detalle. Sus cuadros son la arquitectura interna del mundo. A sus ojos, la naturaleza desvela un grandioso proyecto, una genial estructura, que escapa a los límites de la razón humana. Quizá por eso, en lugar de explicarlo, Mondrian prefirió pintarlo.

Además, es alegre y divertido. Los colores planos, sin gradación de luces y sombras, recuerdan los placeres cotidianos, los que están siempre a nuestro alcance, sin complicaciones. Al mirarlo, pienso en lo fácil que es sonreír.

De alguna manera, estas pinturas serían como un cuadro del alma del hombre. Estructurada en torno a unas líneas básicas, que forman las encrucijadas del camino, y coloreada por sentimientos y decisiones, que hacen que cada una de ellas sea única. Orden perfecto, con la dosis adecuada de emoción impredecible, siempre enmarcado por la libertad.

Es difícil transmitir todo esto tan sólo con unas cuantas líneas negras y unos cuadrados de colores, aunque hay que tener los ojos bien abiertos. Y es que una técnica muy elaborada no garantiza una gran obra de arte. Al fin y al cabo, muchas veces, menos es más, y tras lo más pequeño se esconde lo más grande.

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¡Colorea el mundo!

Catedral de LeónEntras y quedas fascinado. La luz y los colores visten los muros de tonos que entes ni imaginabas que existieran. Es como entrar en un mundo aparte, protegido del bullicio y de las prisas, un lugar en el que tiempo interrumpe su carrera, y en el que muchas cosas pierden la importancia que pensabas que tenían.

Paseas bañado por la luz de las vidrieras, y su colorido se refleja en tu rostro. La luz del mundo exterior pasa al interior, pero se traduce en maravillosos reflejos, como pinceladas sobre un lienzo. Para ver los verdaderos colores del mundo, tienes que adentrarte en este lugar, hogar de la eternidad.

Desde las cristaleras inferiores hasta las que rozan la bóveda, la luz sortea los pilares y las molduras, bailando al ritmo que marca la arquitectura. Los colores ponen voz a la canción de la historia del hombre y del mundo que lo rodea. La naturaleza te da la bienvenida en las vidrieras que alcanzan tus ojos. Y, más arriba, puedes ver a los hombres y mujeres que supieron encaminarse hacia la luz más pura, su verdadero destino, y de la que ahora son reflejo.

Las bóvedas, cuyos nervios parecen encajar a la perfección , los muros, sólidos y a la vez estilizados y elegantes…El color y la arquitectura parecen jugar al escondite contigo, y  vas descubriendo una nueva sorpresa tras cada pilar.

Miras hacia arriba una vez más, y de pronto pareces entender por qué tantas personas han rezado en este lugar. Comprendes por qué, a lo largo de los siglos, cientos de hombres y mujeres han depositado aquí sus sueños y esperanzas, han encontrado valor para afrontar sus miedos, y generosidad  de espíritu para mirar a los demás con cariño.

Este edificio transforma los corazones, y lo que parecía imposible se vuelve real. Si vamos con los ojos abiertos y la sensibilidad despierta, cuando dejamos este lugar de luz y volvemos al nuestro, llevaremos con nosotros parte de esa luz, que se multiplicará en millones de colores. Nos convertiremos en vidriera, para colorear el mundo.

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