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Belleza, felicidad y vida eterna.

“El violinista celeste”, Marc Chagall, 1934. Museo Municipal de Tossa de Mar.

Construir objetos bellos y útiles o participar en su creación es una fuente segura de felicidad; también vivir en lo posible rodeado de ellos. Esto escribía hace poco Antonio Muñoz Molina en un artículo (el cual está  disponible aquí), a propósito del movimiento artístico denominado Arts & Crafts. Y, si tiramos del hilo de esta teoría, y disfrutar de la belleza en sus múltiples formas produce felicidad, el hecho de dar a los demás la oportunidad de ser más felices supone, de alguna manera, un acto de generosidad. O sea, que los artistas y creadores realizan una buena acción con su labor.

Y eso, al fin y al cabo, tiene que contar para algo. Es decir, cuando el artista muera, su obra perdurará, y continuará aportando felicidad a todo aquel que contemple una pintura, escuche una melodía, o simplemente se siente en una silla que, además de cómoda, sea bella. Así que, en este sentido, los pintores, músicos, escritores, artesanos y diseñadores, tienen “puntos extra” para ir al lado de los buenos en el más allá (pónganle ustedes el apelativo específico del credo religioso correspondiente).

Es cierto que, hasta bien entrado el siglo XVIII, lo que se consideraba arte incluía un grupo bastante reducido de disciplinas, y que la contemplación estética estaba al alcance de unos pocos, pero las esculturas de los templos griegos y las vidrieras de las catedrales góticas no estaban cerradas con vallas.

De este modo, el pintor que realizó los frescos de las cámaras funerarias de los faraones añadió algunos gramos al platillo de la pluma en la balanza de Osiris, porque, aunque no fuera concebida para ello, su obra ha sido contemplada por millones de personas muchos siglos después.

Fuera Mirón o no el auténtico nombre del autor del Discóbolo, lo cierto es que el escultor contribuyó a la educación estética de sus contemporáneos y de incontables estudiantes a lo largo de los tiempos. Y, por mucho que Platón promulgara la falsedad de las representaciones artísticas, el kalos kai agathos unía filosóficamente lo hermoso y lo bello.

Los monjes miniaturistas irlandeses se dejaron los ojos y la espalda para ilustrar de manera preciosa los textos evangélicos, creando ejemplares tan sorprendentes como el Libro de Kells, y aunando el credo cristiano y la estética céltica tradicional en una riquísima simbología espiritual. Se ganaron el cielo con sus horas de trabajo paciente y minucioso.

No se pueden contabilizar  las veces que se ha escuchado, cantado y versionado el Something de los Beatles, y seguro que George Harrison estuvo más cerca de una digna reencarnación de su espíritu, ya que aún no hay generación que no haya disfrutado con sus notas y sus palabras.

Estar ante ciertas obras maestras del arte universal, como los enormes paneles de Tintoretto en la Escuela de San Roque, o en el envolvente espacio de la capilla de Enrique VII en Westminster puede producir un episodio del síndrome de Estendhal. Y leer las palabras de Shylock en El mercader de Venecia puede sumergir al lector en un torbellino de sentimientos del que es difícil escapar. Escuchar la Obertura 1812 de Chaikovski en un entorno especial, como un concierto nocturno al aire libre a la luz de las velas puede llegar a formar un recuerdo dichoso para toda la vida.

Y lo mismo puede decirse de la cerámica de Talavera que adorna una buena mesa, de la actuación de un grupo de teatro amateur, de la película del viernes por la noche con sofá y manta, del descubrimiento de un joven y desconocido artista que expone sus piezas en la biblioteca local, o del cojín bordado por la abuela.

El caso es que, cualquiera que sea la disciplina, la fama, el estilo o la época de una obra hermosa, el autor de la misma ha logrado añadir felicidad a la vida de las persona, y ésta se expande y reproduce siempre de una manera insospechada. En otras palabras, contribuye a mejorar este mundo.

Hacer algo bello, de alguna manera, nos redime, compensa nuestros defectos y los fallos que todos cometemos. El arte y la belleza llenan el alma de quien la crea y de quien la aprecia. Los campos de Aaru egipcios, los campos Elíseos griegos, el Sheol judío, el Cielo cristiano, el Yanna islámico, o el  Surgá hindú… todos los paraísos a los que el alma está destinada después de la muerte están un poco más cerca para quien ha regalado hermosa alegría a través de su trabajo.

Hay muy pocas cosas totalmente seguras en esta vida… Una de ellas es que nuestro tiempo aquí tiene un fin. Y otra, que lo bello consuela, alegra, y muestra que somos capaces de hacer cosas increíbles.

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Elige bien tu arma.

goya desafio

“Desafíos. En guardia”, Francisco de Goya y Lucientes, 1812-1820 Madrid, Museo Nacional del Prado

 

Goya no es Goya porque pintara muy bien. Que también. Goya es Goya porque sus obras atesoran la vida misma, y la ponen ante nuestros ojos. Por eso mola.

Y es que la vida, en definitiva, no es otra cosa que batirse en duelo y vencer lances. A veces más, a veces menos, pero cada mañana es preciso levantarse y ponerse en guardia, bien atento, listo para defender lo que es tuyo.

Tu palabra, tus principios, tus ambiciones, tus sueños e ideales, todos tus amores, que son incontables. Todo aquello por lo que has decidido que merece la pena el esfuerzo de enfrentarse a la realidad, con las dificultades y sacrificios que ello conlleva. Porque sabes a lo que vas, sabes que el acero corta, pincha, que los golpes duelen incluso después de recibirlos.

Pero no puedes dejar de presentar batalla. Huir es de cobardes. No mirar a los ojos al enemigo es menospreciarlo. No comprometerse por miedo es propio de personas sin honor, de gente en la que no se puede confiar.

Así que coges tu arma y acudes a la cita. Respiras hondo y te pones en guardia. Ni muy alta ni muy baja; conoces tus puntos débiles, tus defectos, y no vas a dejar que tu oponente los aproveche. Comienzas a atacar. Más rápido a veces, con más pausa otras, con pasos más largos o más breves, midiendo distancias. Al principio debes pensar cada uno de tus movimientos, pero luego forman parte de ti, como tu forma de andar o de escribir. Tienes un modo propio de luchar.

Tratas de mantener el equilibrio. Los golpes vienen por un lado y por otro, a veces por donde menos lo esperabas. Pero aprendes a mantenerte en tu sitio,  aunque proteste cada uno de tus músculos y aún perdure el escozor de las heridas que no has podido evitar. Sabes qué quieres y la amenaza de un corte más o menos no te va a hacer abandonar.

Sólo estáis tu, tu oponente, y el sonido de los hierros al entrar en contacto.

Elige bien tu arma, porque ella será la que te acompañará todo el camino, incluso en tiempo de paz. A ella confiarás la defensa de tu vida y de todo lo que te importa en ella, con ella disputarás los asaltos que te depare el destino. Ella responderá a cada uno de los movimientos de tu muñeca, a cada ligera sugerencia de tus dedos. Su metal registrará tus esfuerzos, de cada avance, pero sobre todo de cada retroceso y cada parada.

Las cicatrices que no llegues a tener sobre tu piel las verás sobre la hoja y la cazoleta de tu arma. Cada melladura será un recuerdo de tus luchas, tus humillaciones y dolores y de cada vez que evitaste claudicar.

Cuando deslices con suavidad tu mano por el acero de tu arma, como queriendo repasar tus batallas, sentirás en la yema de tus dedos la huella de cada uno de los problemas a los que tuviste el valor de plantar cara.

Elige bien tu arma. No será sólo una herramienta de defensa y conquista, será un refugio y un punto de llegada y de partida.

Para unos, su sable o su espada será el honor o  la patria, para otros será la familia, el amor de toda una vida, la fe, los sueños, las ganas de hacer del mundo un lugar más humano. La nobleza de tus combates, la caballerosidad de tus victorias y la humildad de tus derrotas las marcará el arma que elijas para luchar en el duro desafío que a veces es la vida.

Y eso Goya lo sabía. Y nos lo dice tan sólo con un poco de tinta sobre un papel.

 

 

 

 

 

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Volver a casa.

matisse sofa

Muchacha en un sofá amarillo, Henri Matisse, 1940. California,  Rita and Tarf Scheiberg Collection.

 

Matisse decía que el arte debía ser como un sillón cómodo en el que uno se deja caer al final del día. Como un descanso para el cuerpo fatigado después del trabajo, de correr de un lado para otro, de ejercitar la voluntad para cumplir el deber de cada día.

Como un refugio para el alma, un lugar de serenidad para el espíritu, un respiro para el corazón, un tranquilizador reposo para los nervios. Un aparcamiento para los problemas y las preocupaciones, una oportunidad de reír, de soñar, de maravillarse, de sorprenderse.

Un momento para conmoverse ante la grandeza o la pequeñez del hombre, para deleitarse con los pequeños placeres de la vida, para estremecerse ante el dolor del otro, para admirar a los grandes héroes de la historia y a los valientes de todos los días.

Un reencuentro con la belleza, la imaginación, el genio… con todo lo que hay de bueno en la vida.

En definitiva, el arte es como volver a casa.

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Seamos realistas. Esto es feo.

En esa tarea casi imposible, pero que algunos insistimos en abordar con  el mayor de los empeños, que es definir la belleza, caben tantos matices que a veces parece que el hombre no ha sido ni será capaz de inventar las palabras suficientes ni apropiadas.

Pero no se puede resistir la tentación de medirse con  lo inabarcable, al menos desde lo limitado de nuestras capacidades de expresión. De modo que trataremos de  mirar la belleza centrándonos en una de sus múltiples facetas para tratar de recomponerla de nuevo, en plan cubista.

Y una de las mejores formas de acercarse a este fenómeno inexplicable es desde lo profundo del ser humano que es, al fin y al cabo, el principal destinatario de lo bello. Por ello, podríamos definir la belleza, entre otros miles de formas y  símiles con mayor o menor dosis de poesía, como aquello que muestra el mayor tesoro del hombre: su dignidad.

Es decir, bello sería todo aquello que ponga en valor lo bueno que hay en la naturaleza humana, lo que le acerca a su finalidad definitiva y ensalza su verdadera valía.

Siguiendo este argumento, lo “feo” sería precisamente lo contrario: lo que refleja los instintos bajos del hombre, los que responden a la versión “animalizada” de su naturaleza y difuminan su profunda grandeza.

Y sí, es cierto, antes de que alguien replique: existe una estética de lo feo. Pero es de lo feo, no de lo bello. Tiene perfecta cabida en el pensamiento y en la creación artísticos, pero es feo.

SATURNO

Francisco de Goya, Saturno, 1820-1823. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Las Pinturas Negras de Francisco de Goya son absolutamente maravillosas, y poseen un gran valor artístico, histórico, social y humano. Son increíbles, y todo el mundo debería tener la oportunidad de estremecerse en directo ante ellas en el Museo del Prado.

Pero son feas.

Si a alguien se le ocurriera describirlas con el adjetivo “bonitas”, decir que son reflejo de lo bello, creo sinceramente que estaría equivocado. Con todos mis respetos.  El hombre despojado de conciencia no es algo bello, si bien a veces es necesario mostrarlo.

Y ése es el problema. Que se están invirtiendo los términos, y, a fuerza de no pensar, se deja de llamar a las cosas por su nombre.

Que una obra de arte sea rompedora, original, impresionante (y ésos son conceptos que requerirían una reflexión aparte), no quiere decir que sea bella. Y es posible que, según qué casos, ni siquiera sea una obra de arte (y esa cuestión sí que sería merecedora de  todo un tratado).

Pues eso. Que no nos vendan la moto. No es bello todo lo que reluce.

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Los que van a morir te saludan.

La primera vez que lo vi tuve la sensación de que iba a caer sobre mí. El cuadro había pasado muchos años oculto, y quizá por ello entonces, recién liberado, mostraba toda su impresionante grandiosidad. Y no me refiero únicamente a sus dimensiones, dignas de la pared de un gigante legendario.

Resulta tan envolvente, hay algo tan misteriosamente atrayente en él, que quien se asoma a esta escena no puede dejar de sentirse parte de ella, atrapado por su intensidad.

Y entonces uno empieza a pensar…Todos aquellos hombres, que viven su último instante antes de morir, ¿por qué están ahí? ¿Qué sienten, que pasa por su mente, qué guiaba sus corazones? Todos ellos dejaban algo en este mundo, algo que amaban por encima de todo…Y sin embargo, daban su vida por defender aquello que estimaban digno de tan magno sacrificio.

"Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga", Antonio Gisbert, 1888. Museo del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm.  Óleo sobre lienzo.

“Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, Antonio Gisbert, 1888. Museo Nacional del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm. Óleo sobre lienzo.

En sus ojos vemos valor, determinación, fe, lealtad, arrojo, infinita valentía…Incluso, me atrevería a decir, paz. Paz y esperanza. Lo que no alcanzamos a adivinar es rencor, deseo de venganza, ira. Tan sólo miedo. Aunque, ya se sabe, los valientes no son los que no sienten temor, sino quienes, aún estando asustados hasta lo más recóndito de su ser, miran hacia delante y afrontan su deber.

Aquellos hombres no son distintos de nosotros. Se despiden de este mundo con pesar, porque en él se encuentra todo lo que conocen y quieren. Sin embargo, no parecen tristes, ni derrotados. Amaban la vida, y posiblemente su corazón se desgarraba al decir adiós, pero conocían la verdadera valía del espíritu humano.

Murieron por atreverse a decidir por sí mismos. Por no querer aceptar una falsa verdad, maquillada con promesas de una vida fácil. Murieron por ser libres. Y lo fueron.

Defendieron un ideal hasta el último aliento, hasta entregar lo más valioso que poseían. Y no lo hicieron por alcanzar la gloria, ni siquiera con la confianza de que la Historia les juzgaría como héroes vencedores, de los que se enorgullecerían las generaciones futuras. Lo hicieron porque consideraban que era lo correcto, lo propio de un hombre de honor.

No hace demasiado tiempo que aquellos hombres derramaron su sangre en la playa malagueña. Muchos otros antes que ellos prefirieron morir a claudicar. Y no faltó quien tomara la misma decisión en años posteriores. En nuestro agitado mundo, convulso por tantos enfrentamientos, parece que la lucha por los ideales ha caído en el olvido. No queremos promesas intangibles, queremos todo aquello que se pueda ver y palpar, que agite nuestros sentidos. Pero no nos ocupamos de aquello que llena y engrandece el espíritu, porque el resultado no es inmediato.

Quizá sea bueno acercarnos con otros ojos a historias como ésta, que despierten en nosotros las nobles aspiraciones de nuestro adormecido corazón.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Antes molábamos.

"Interior con mujer joven de espaldas" Vilhelm Hammershøi, 1904.

“Interior con mujer joven de espaldas” Vilhelm Hammershøi, 1904.

Nos hemos vuelto cutres. Ésa es la palabra, cutres. Parece que somos demasiado vagos para molestarnos y hacer las cosas bien hasta el detalle. Y no tanto por las grandes obras de la humanidad contemporánea (afortunadamente, sigue habiendo genios y grandes profesionales), sino sobre todo, en la vida de la gente común.

Y déjenme que les proponga ejemplos muy pequeños, pero muy ilustrativos.

Hemos cambiado las sábanas por el edredón porque éste no requiere planchado. Se nos ha olvidado la receta de las lentejas, porque ahora los ingredientes se introducen en una máquina que parece que hace magia y las cocina con chorizo y todo. La pluma estilográfica se ha convertido en un artículo de coleccionista, porque se pierde mucho tiempo en reponer los cartuchos de tinta. El mantel de hule y los platos de cartón se han convertido en la vajilla habitual en las reuniones en torno a una mesa, porque es muy molesto lavar tanto utensilio. El peinado de moda es no peinarse, no vaya a ser que parezca que te has arreglado. Las notas de agradecimiento o felicitación son un recuerdo de un pasado romántico digno del cine, porque es más cómodo y sencillo enviar cualquier tipo de texto o imagen prediseñada por cualquier medio electrónico.

Y antes de que se dispongan a replicarme los daltónicos de la gama de grises, diré que no se trata de renegar de los avances de los tiempo. Evidentemente, no es preciso dormir todas las noches en sábanas de hilo, cenar soufflé de trufas los martes,  tomar el vino en copas de cristal de Limoges o enviar un telegrama para avisar de que has perdido el tren y llegarás tarde. El sentido común se presupone…

Pero es cierto que, por no molestarnos y no perder tiempo, corremos el riesgo de convertir nuestra vida en una mera sucesión de trámites, solucionados con la mayor eficiencia y rapidez posible, sin disfrutar de los pequeños grandes placeres de la vida. Y en el fondo de esa dejadez se esconde, quizás, una sombra de egoísmo, por no prestar un poco de tiempo y atención a algo que, posiblemente, podría alegrar a los que tenemos con nosotros.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero creo que sí era menos cutre, y más dado a manifestar el aprecio en detalles pequeños, pero, al fin y al cabo, importantes.

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Todavía quedan locos.

contemplacion 2

Todavía quedan locos. Personas que se dejan llevar por el rapto de los sentidos para sumergirse en un profundo océano de emociones y pensamientos descontrolados. Gente a la que no le importa demasia la hora que marca el reloj.

Al principio es algo muy inocente, pero una vez que estás dentro, es difícil salir de ese “país de las maravillas” en el que has entrado. Comienza siempre de forma insospechada , y nunca sabes cuándo va a suceder. No puedes programarlo, llega cuando quiere, y se marcha cuando le parece.

Pero suele empezar con un una intensa atracción de la mirada y un suspiro. Un suspiro profundo, más hacia el interior que hacia fuera, y que hace que, casi sin darte cuenta, contengas la respiración. Y has caído.

De pronto, llegan a tu cabeza millones de pensamientos incontrolados, que hacen que el tiempo y el mundo se paren, mientras tu mirada va de un lado a otro, tratando de agotar toda la belleza, de capturarla para siempre en tu memoria. Es como si un imán te dejara allí pegado para siempre.

En un plazo de tiempo indeterminado, de la agitación y la emoción incontenida pasas a la serenidad, como si ya hubieras encontrado lo que habías estado buscando, y supieras que puedes acudir a ello en cualquier momento.

Ésa es la señal de que estás listo para volver a tu vida. Aunque, de alguna manera, ya no eres el mismo, puesto que llevas contigo un poco de esa belleza que te ha abrazado durante un rato. Es como si hubieras aprendido una lección de las que no se evalúan con una nota, has crecido.

Estos transitorios episodios de locura están médicamente diagnosticados como “Síndrome de Stendhal” o “Síndrome de Florencia”, incluso “estrés del viajero”. El primero de estos nombres recuerda al escritor francés Henri Bayle, alias Stendhal, quien trasladó al papel su experiencia estética en la Santa Croce florentina:

Había llegado a ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

Y es que la contemplación del arte puede llegar a ser algo peligroso. Pero, como todo el mundo sabe, quien no arriesga, no gana.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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El arte no sirve para nada.

Hace no mucho tiempo pude oír cómo un hombre hecho y derecho ( o al menos así se consideraba él mismo) preguntaba en voz alta, en medio de la explicación de una experta, para qué servía investigar los astros en pleno siglo XVIII, cuando aquello no tenía ningún tipo de aplicación práctica. Al fin y al cabo, eran todo especulaciones y teorías, fracasos y experimentos inútiles.

La verdad es que a mí me dio mucha pena, porque aquello no era más que el espejo de un modo de pensar cada vez más generalizado: la curiosidad intelectual, del tipo que sea, no lleva a ninguna parte, especialmente si no genera beneficio económico.

Y, por pura deformación profesional (qué le vamos a hacer), esto me llevó directamente a pensar en el millón de veces que se ha dicho a tantos jóvenes que están tirando su futuro por la ventana, porque eso del arte, la historia, de la literatura, la filosofía…no sirve para nada.

Y he llegado a la conclusión de que tienen razón.

El arte no sirve para ganar dinero. Tampoco para alcanzar lo más alto de la cúspide con una idea feliz. Ni, por supuesto, para ver tu nombre y apellidos en una tarjeta de visita con el logotipo de una multinacional. El arte, desde luego, no sirve para ahorrar tiempo, para obtener resultados en el momento, ni para llegar a la meta por el camino más corto.

Y, por descontado, tampoco sirve para vacíar la cabeza de ilusiones absurdas y dedicarse a lo que suponemos que más importa. Ni tampoco para aparcar la imaginación y la curiosidad, que te impiden centrarte en eso tan urgente que todos tenemos que hacer.

Evidentemente, el arte no sirve para formar profesionales productivos, que generen beneficios, llenos de afán de triunfo pero sin vocación. No es útil tampoco para quienes prefieran guiarse por la seguridad de las estadísticas.

El arte tampoco sirve para apoyar una escala de valores en la que el objetivo primordial está definido por los verbos “tener” y “parecer”, y no por el incómodo “ser”. Ni para amueblar mentes que luego vayan a perder su potencial en asuntos vanos… como buscar la verdad sobre un pasado que ya murió, estudiar quién hizo esas  “cosas bonitas” que están en los museos,  emocionarse interpretando una partitura, o utilizar las palabras con miras a lo trascendente.

Naturalmente, el arte no sirve para tomar decisiones instantáneas, de ésas que tanto nos impone la vida, ni para actuar y luego, ya si eso, pensar. Y desde luego, tampoco para no perder demasiado tiempo y energías en profundizar mucho en la realidad ( lo cual puede resultar hasta peligroso, no vaya a ser que a alguien le dé por intentar cambiarla)."Un par de botas", Vincent Van Gogh, 1886

Ni muchísimo menos el arte sirve para evitar sorpresas, para conocer el final del camino desde antes de emprenderlo, ni para evitar pararse a contemplar lo que nos rodea mientras avanzamos.

Y está clarísimo, cristalino, que el arte no sirve para permanecer seguro entre las cuatro paredes que hemos levantado a nuestro alrededor, que nos protegen de plantearnos cuestiones molestas. De ésas que te pinchan el alma, y que te sugieren que, a lo mejor, es posible que el mundo sea mucho más grande, y que la vida no sea tan sólo lo que vemos. Son preguntas tentadoras, que hacen crecer en tí la idea de que hay una verdad invisible para los sentidos…

Pues eso, que el arte no sirve para nada.

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