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Sin Navidad.

 

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Adoración de los Magos, Alberto Durero, 1511. Washington, National Gallery of Art.

 

Todos nos deseamos una Feliz Navidad. O, como se supone que suena mejor ahora, Felices Fiestas. Buenos deseos, por lo general sinceros, esperanza en un mundo y un tiempo mejores que los que nos han caído en suerte. Reencuentros, recuerdos, regalos (de los que son cariño envuelto en un papel de colores, y de los que vienen camuflados en forma de trabajo y ganas de agradar), agradecimientos, risas, y también suspiros y alguna que otra lagrimillla…

Cada uno le da a la Navidad el sentido que mejor le parece, pero hay un pequeño detalle que no podemos pasar por alto: en Belén, hace unos cuantos siglos (en cuanto a la fecha exacta, sigan ustedes la tendencia historiográfica que prefieran) nació un Niño que iba a cambiar el mundo. Y eso es así.

El mundo no volvió a ser el que era. A partir de entonces, muchos creerían su mensaje de salvación, y, lo que es más importante, tratarían de configurar su vida en torno a dicho mensaje, transformándolo en obras. Otros muchos lo tomarían por un loco peligroso o un iluso bienintencionado, algunos rechazarían su invitación y otros tantos lo ignorarían.

Pero lo que está claro es que a lo largo de la historia este Niño ha sido, y es, el centro mismo de la existencia de muchísimas personas, su esperanza y su apoyo. Unos buenos, otros malos, y otros regulares, como en todas partes. Ni mejores ni peores que los demás, pero con algo que los hacía diferentes, desde lo ocurrido en aquel diminuto pueblo de Judea.

Y, conscientemente o no, la vida de todos aquellos que no sabían o no querían saber de ese Niño también se ha visto determinada por él. Para buscarlo, para ignorarlo, para combatirlo o para tratar de eliminar su rastro. Y es que los que sí lo conocen comparten el mismo mundo.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera habido un portal de Belén? ¿Si el Niño no hubiera nacido? Al margen de la historia-ficción, podemos decir que muchas de las personas que tienen un motivo para luchar, para ayudar, para amar, no lo tendrían.

Sin esa primera Navidad, no habría Navidad este año. Sin ese Niño, el mundo sería distinto. Posiblemente, sería un lugar más frío, más desesperanzado, más egoísta.

Tenemos algo que celebrar esta Navidad. Celebrémoslo.

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Creer para ver.

"Adoración de los pastores", Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

“Adoración de los pastores”, Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

La Navidad es como el Arte. Está ahí para todos, pero no todos tienen los ojos abiertos para comprenderlo y disfrutarlo. Hace falta vaciarse de ciertas cosas para poder apreciar lo que el arte tiene que decirnos. Y algo parecido ocurre con la Navidad.

No puedes alcanzar a ver la belleza de los colores, el equilibrio de la armonía musical, removerte por dentro con las palabras de la poesía si tienes el corazón frío y la cabeza llena de ideas preconcebidas. Y no puedes comprender la grandeza profunda de la Navidad si tienes los sentidos llenos de ruido y el alma vacía de humildad.

Además, no hace falta ser un gran entendido para darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas. No es necesario ser el primer bailarín del Bolshoi para emocionarse con “El Cascanueces”. Y no es preciso ser un experto en la tradición occidental para entender el auténtico significado de lo que ocurrió en Belén. Los únicos estudios que se requieren son los conocimientos en humanidad. Y en cuanto a la experiencia, no es imprescindible ninguna.

Los primeros que captaron de qué iba todo fueron los pastores. Ni el rey, ni el gobernador romano, ni el posadero, y casi, ni los Magos, que iban siguiendo la tenue pista de una estrella, aunque algo intuían…Sólo unos hombres rudos, iletrados y cuyo valor social era nimio fueron quienes alcanzaron a comprender que había sucedido algo extraordinario. Vivían entre ovejas, pero supieron captar la belleza inefable que salía de aquel humilde portal.

No tenían educación alguna, ni poder, ni influencia, ni siquiera un poco de elegancia. Pero sí poseían algo que hoy en día, a pesar de lo sofisticada que hemos vuelto nuestra vida, escasea:  fe. Ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en la sociedad, ni mucho menos en nada que exceda nuestra condición humana, porque somos la medida de todo.

Los pastores dieron lo que tenían, que no era más que la pobreza de sus vidas. Pero obtuvieron a cambio mucho más: la contemplación de todo lo que hace grande el espíritu humano. No creyeron porque vieron; vieron porque creyeron.

Feliz Navidad.

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¡La vida es bella!

Hace un tiempo escribí que la belleza es consuelo. Y lo sigo pensando. Lo compruebo cada día, porque, en este mundo que gira tan rápido alrededor de sí mismo, y en el que últimamente parecen escasear las buenas noticias, la belleza hace mucha falta.
Y no me refiero únicamente a esa belleza que se ve, ni a la que motiva las modas, ni la que se emplea como espejo de prestigio, que a veces no es real.
Estoy pensando más bien en esa belleza que se nota cuando te paras a apreciarla. En esa sonrisa que se sin querer se dibuja en tu cara cuando ves los juegos de un niño.
Esa que, en un día que parecía dominado por la tristeza, hace despertar un suspiro de admiración ante un atardecer anaranjado reflejado en los cristales de tu ventana. Esa belleza que consuela, cuando, en medio del dolor, llega hasta ti camuflada en un abrazo amigo.
Lo sorprendentemente bello de tu ciudad, con sus edificios, escenario de tantas historias, de tantas vidas. Las flores bajo las ventanas y en los balcones, un respiro de la naturaleza en medio del ajetreo de las calles.
Pienso también en la belleza inefable de una canción, que parece escrita para que tú la escucharas ese día y en ese momento, y que te da el empujón que necesitas para seguir luchando.
Lo bello que esconden esas palabras escritas, esos personajes que, de una u otra forma, te acompañarán siempre en tu memoria. La belleza de esas historias que te inspiran, te apasionan y te hacen ver el mundo con una nueva mirada. La hermosura de esos colores que despiertan tu corazón, que te atrapan, y te transportan a lugares desconocidos, sólo soñados.
La belleza que te espera en los ojos que amas, en esa sonrisa que admiras, en ese gesto que siempre te hace reír.
Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos belleza por todas partes. En lo pequeño y en lo grande, en las cosas y en las personas, en sus actos y sentimientos.
Y si esa belleza logra hacernos un poco más felices, habrá cumplido su misión.

 "Mr. Happy", Roger Hargreaves

“Mr. Happy”, Roger Hargreaves

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