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Los que van a morir te saludan.

La primera vez que lo vi tuve la sensación de que iba a caer sobre mí. El cuadro había pasado muchos años oculto, y quizá por ello entonces, recién liberado, mostraba toda su impresionante grandiosidad. Y no me refiero únicamente a sus dimensiones, dignas de la pared de un gigante legendario.

Resulta tan envolvente, hay algo tan misteriosamente atrayente en él, que quien se asoma a esta escena no puede dejar de sentirse parte de ella, atrapado por su intensidad.

Y entonces uno empieza a pensar…Todos aquellos hombres, que viven su último instante antes de morir, ¿por qué están ahí? ¿Qué sienten, que pasa por su mente, qué guiaba sus corazones? Todos ellos dejaban algo en este mundo, algo que amaban por encima de todo…Y sin embargo, daban su vida por defender aquello que estimaban digno de tan magno sacrificio.

"Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga", Antonio Gisbert, 1888. Museo del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm.  Óleo sobre lienzo.

“Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, Antonio Gisbert, 1888. Museo Nacional del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm. Óleo sobre lienzo.

En sus ojos vemos valor, determinación, fe, lealtad, arrojo, infinita valentía…Incluso, me atrevería a decir, paz. Paz y esperanza. Lo que no alcanzamos a adivinar es rencor, deseo de venganza, ira. Tan sólo miedo. Aunque, ya se sabe, los valientes no son los que no sienten temor, sino quienes, aún estando asustados hasta lo más recóndito de su ser, miran hacia delante y afrontan su deber.

Aquellos hombres no son distintos de nosotros. Se despiden de este mundo con pesar, porque en él se encuentra todo lo que conocen y quieren. Sin embargo, no parecen tristes, ni derrotados. Amaban la vida, y posiblemente su corazón se desgarraba al decir adiós, pero conocían la verdadera valía del espíritu humano.

Murieron por atreverse a decidir por sí mismos. Por no querer aceptar una falsa verdad, maquillada con promesas de una vida fácil. Murieron por ser libres. Y lo fueron.

Defendieron un ideal hasta el último aliento, hasta entregar lo más valioso que poseían. Y no lo hicieron por alcanzar la gloria, ni siquiera con la confianza de que la Historia les juzgaría como héroes vencedores, de los que se enorgullecerían las generaciones futuras. Lo hicieron porque consideraban que era lo correcto, lo propio de un hombre de honor.

No hace demasiado tiempo que aquellos hombres derramaron su sangre en la playa malagueña. Muchos otros antes que ellos prefirieron morir a claudicar. Y no faltó quien tomara la misma decisión en años posteriores. En nuestro agitado mundo, convulso por tantos enfrentamientos, parece que la lucha por los ideales ha caído en el olvido. No queremos promesas intangibles, queremos todo aquello que se pueda ver y palpar, que agite nuestros sentidos. Pero no nos ocupamos de aquello que llena y engrandece el espíritu, porque el resultado no es inmediato.

Quizá sea bueno acercarnos con otros ojos a historias como ésta, que despierten en nosotros las nobles aspiraciones de nuestro adormecido corazón.

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De toda la vida.

Si explorásemos los archivos musicales en los diversos dispositivos electrónicos de distintas personas, muy probablemente encontraríamos, entre una curiosa mezcla de estilos, por lo menos uno de los clásicos de toda la vida. Al menos, de toda la vida de las personas con las que compartimos o hayamos compartido la nuestra. Es decir, alguno de los grandes éxitos de los últimos sesenta años. Algo de los Beatles, puede que los Beach Boys, las Supremes, The Mamas and the Papas…Queen y los Rolling no pueden faltar. E incluso puede que algún osado haya desempolvado a los Four Seasons.

Y eso sólo por mencionar a algunos, porque la lista podría ser mucho más extensa. Y aunque parece que las generaciones más jóvenes aún no los han descubierto, todo llegará. De hecho, es relativamente frecuente que veinteañeros conozcan mejor la historia de la música reciente que cualquier otra manifestación  cultural.

Y es que, aunque su tiempo haya pasado, lo cierto es que las canciones de toda la vida tienen algo que nos hace sonreír cuando suenan en la radio, o como banda sonora de una película. Son como el fondo de armario, siempre están ahí. Como los pantalones de pata de elefante; tarde o temprano, acaban volviendo.

Puede parecer que canciones como Love me do no contienen una gran poesía, ni una melodía técnicamente impresionante. Concedido. Neil Diamond no es Mozart, pero, ¿quién no ha cantado a todo pulmón Sweet Caroline, y sobre todo, tarareado las tres notas al final de la primera frase del estribillo?

¿A quién no se le ha encogido un poco el corazón, un poco al menos,  ante la crudeza de la realidad con The Boxer? ¿O bailado el Rock de la cárcel hasta quedar sin aliento? ¿Qué chica de ojos marrones no ha pensado alguna vez que Van Morrison podía haber cantado para ella? ¿Y qué mejor karaoke que uno que incluya las canciones de ABBA? Por no hablar de que, como todo el mundo sabe, la mejor canción para conducir es Don´t Stop Me Now.

En el fondo, son historias de las que todos podríamos ser protagonistas, con sentimientos como de andar por casa. Frank Sinatra y Paul Anka nos recuerdan que hubo un tiempo en el que la cortesía era parte fundamental del juego romántico. Crosby, Stills, Nash y Young nos hacen preguntas y plantean respuestas acompañadas de rasgueo de cuerdas de guitarra y baile de voces. Bob Dylan lleva décadas analizando la sociedad y los entresijos del carácter de un hombre con poco más que una pluma y una armónica.

Podríamos seguir así eternamente. Añadan sus favoritos, ya que han quedado demasiados en el tintero.

Lo que está claro es que las canciones de toda la vida nos hablan de un mundo distinto, en algunos aspectos mejor y en otros peor que el nuestro. Pero algo tienen, ya que varias generaciones las han hecho suyas. Y lo que es más importante, han sido, en muchos casos, un puente entre abuelos, padres e hijos, entre personas muy distintas pero con algo en común. Forman parte de la historia de nuestras vidas.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Creer para ver.

"Adoración de los pastores", Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

“Adoración de los pastores”, Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

La Navidad es como el Arte. Está ahí para todos, pero no todos tienen los ojos abiertos para comprenderlo y disfrutarlo. Hace falta vaciarse de ciertas cosas para poder apreciar lo que el arte tiene que decirnos. Y algo parecido ocurre con la Navidad.

No puedes alcanzar a ver la belleza de los colores, el equilibrio de la armonía musical, removerte por dentro con las palabras de la poesía si tienes el corazón frío y la cabeza llena de ideas preconcebidas. Y no puedes comprender la grandeza profunda de la Navidad si tienes los sentidos llenos de ruido y el alma vacía de humildad.

Además, no hace falta ser un gran entendido para darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas. No es necesario ser el primer bailarín del Bolshoi para emocionarse con “El Cascanueces”. Y no es preciso ser un experto en la tradición occidental para entender el auténtico significado de lo que ocurrió en Belén. Los únicos estudios que se requieren son los conocimientos en humanidad. Y en cuanto a la experiencia, no es imprescindible ninguna.

Los primeros que captaron de qué iba todo fueron los pastores. Ni el rey, ni el gobernador romano, ni el posadero, y casi, ni los Magos, que iban siguiendo la tenue pista de una estrella, aunque algo intuían…Sólo unos hombres rudos, iletrados y cuyo valor social era nimio fueron quienes alcanzaron a comprender que había sucedido algo extraordinario. Vivían entre ovejas, pero supieron captar la belleza inefable que salía de aquel humilde portal.

No tenían educación alguna, ni poder, ni influencia, ni siquiera un poco de elegancia. Pero sí poseían algo que hoy en día, a pesar de lo sofisticada que hemos vuelto nuestra vida, escasea:  fe. Ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en la sociedad, ni mucho menos en nada que exceda nuestra condición humana, porque somos la medida de todo.

Los pastores dieron lo que tenían, que no era más que la pobreza de sus vidas. Pero obtuvieron a cambio mucho más: la contemplación de todo lo que hace grande el espíritu humano. No creyeron porque vieron; vieron porque creyeron.

Feliz Navidad.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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Do you believe in Rock & Roll?

La música es imprescindible. Casi como una adicción. Hay por ahí una canción que dice que la música nos hace mágicos, pero yo creo que es más bien al revés: somos capaces de crear y vivir la música porque somos algo más que mágicos.

Todo es mejor con música. El más anodino de los días mejora sustancialmente si le añadimos unas notas de emoción. Para empezar, mucho mejor que un impertinente pitido es  una buena canción: fundamental la radio-despertador. Cada mañana es única, y el día se presenta mejor si te sorprende con una canción inesperada.

No hay nada como hacer la cama al ritmo de Twist and Shout, o salir de casa tarareando un estribillo pegadizo, en lugar de ir pensando en lo tarde que llegas. Las calles cambian de tono si hay buena música de fondo, ya sea con la banda de jazz que toca tras la esquina, o con la sinfonía que se oye desde el asiento del conductor del autobús.

Un viaje en coche con Nights in White Satin y los Everly Brothers, recuperar el ánimo en la biblioteca con  I Won´t Back Down, cocinar la cena canturreando Katy´s  Song. Es incomparable la experiencia de sentarte ante tu cuadro favorito, y escuchar esa canción que parece escrita para él como banda sonora.

Bailar el Rock de la cárcel por el pasillo de tu casa, cantar por similitud fonética con tus amigos, porque lo que importa no siempre es la letra, sino lo que te hace sentir. Un atardecer acompañado por Beethoven, escuchar atentamente Mull of Kintyre en la playa vacía, entre el mar y el monte. Gritar y saltar en el concierto de tu grupo favorito; es tu modo de darles las gracias.

Saber que todo irá bien al volver a escuchar a George cantar Here comes the Sun, crecer por dentro al saborear las letras de Mumford y sus amigos. Darte cuenta de lo pequeño que eres cuando descubres lo increíblemente sencillo y grandioso que es el Cánon de Pachelbel.

Noches en vela leyendo, en las que parece que el mundo se para, al hilo de esas canciones que has escuchado millones de veces, pero que siempre tienen algo nuevo que decirte. Tardes de lluvia con los clásicos, en las que el agua sobre los cristales parece acompañar el ritmo de los fuegos artificiales de Haendel.

Redescubrir la juventud  de tus padres al poner de nuevo el tocadiscos en funcionamiento, con esos vinilos llenos de recuerdos. Ver cómo tu abuela vuelve a tener veinte años cuando canta una habanera, y saber que sigue tan guapa como entonces.

La música es capaz de descubrirnos cosas de nosotros mismos que ni siquiera sospechábamos. Pone palabras a nuestros sueños, es el libro en el que escribe nuestra alma. Es inspiración, consuelo, determinación, alegría, valor…Todo aquello que no podemos ver ni tocar, pero que sabemos que guardamos en nuestro interior, y que es lo más preciado que tenemos.

El día que muera la música, será porque habrá muerto el espíritu humano. Por eso es tan importante que la incluyamos siempre en nuestras vidas.

Claro que también hay un tiempo para el silencio, como cantaban los Byrds versionando un Salmo. Un tiempo para cerrar los ojos, asomarse a uno mismo, y pensar. A veces hay mucho ruido, y el silencio es necesario para conocerse a uno mismo y así poder dar lo mejor que uno tiene al gran proyecto que debería ser hacer del mundo un lugar aún mejor.

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