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Revolución.

Composición nº 8, Piet MondrianPero…¿y esto es arte? No voy a contestar, porque no existe una respuesta adecuada, que asegure el aprobado.

Sólo puedo decir que a mí me gusta. Lo veo, y pienso en lo sencillo que parece hacer que los colores armonicen. Pero ya sabemos que las cosas no son lo que parecen, y menos en materia de arte. Y, además, que sea sencillo no quiere decir que sea menos meritorio, ¿verdad?. Pensemos en la simplicidad y la pureza de líneas de Palladio… A nadie se le ocurriría cuestionar la validez artística de su arquitectura.

Mondrian es también arquitecto, puro orden y equilibrio. Veía el universo como una creación perfecta, en la que todo está maravillosamente regulado, cada cosa en su sitio, hasta el más ínfimo detalle. Sus cuadros son la arquitectura interna del mundo. A sus ojos, la naturaleza desvela un grandioso proyecto, una genial estructura, que escapa a los límites de la razón humana. Quizá por eso, en lugar de explicarlo, Mondrian prefirió pintarlo.

Además, es alegre y divertido. Los colores planos, sin gradación de luces y sombras, recuerdan los placeres cotidianos, los que están siempre a nuestro alcance, sin complicaciones. Al mirarlo, pienso en lo fácil que es sonreír.

De alguna manera, estas pinturas serían como un cuadro del alma del hombre. Estructurada en torno a unas líneas básicas, que forman las encrucijadas del camino, y coloreada por sentimientos y decisiones, que hacen que cada una de ellas sea única. Orden perfecto, con la dosis adecuada de emoción impredecible, siempre enmarcado por la libertad.

Es difícil transmitir todo esto tan sólo con unas cuantas líneas negras y unos cuadrados de colores, aunque hay que tener los ojos bien abiertos. Y es que una técnica muy elaborada no garantiza una gran obra de arte. Al fin y al cabo, muchas veces, menos es más, y tras lo más pequeño se esconde lo más grande.

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¡Colorea el mundo!

Catedral de LeónEntras y quedas fascinado. La luz y los colores visten los muros de tonos que entes ni imaginabas que existieran. Es como entrar en un mundo aparte, protegido del bullicio y de las prisas, un lugar en el que tiempo interrumpe su carrera, y en el que muchas cosas pierden la importancia que pensabas que tenían.

Paseas bañado por la luz de las vidrieras, y su colorido se refleja en tu rostro. La luz del mundo exterior pasa al interior, pero se traduce en maravillosos reflejos, como pinceladas sobre un lienzo. Para ver los verdaderos colores del mundo, tienes que adentrarte en este lugar, hogar de la eternidad.

Desde las cristaleras inferiores hasta las que rozan la bóveda, la luz sortea los pilares y las molduras, bailando al ritmo que marca la arquitectura. Los colores ponen voz a la canción de la historia del hombre y del mundo que lo rodea. La naturaleza te da la bienvenida en las vidrieras que alcanzan tus ojos. Y, más arriba, puedes ver a los hombres y mujeres que supieron encaminarse hacia la luz más pura, su verdadero destino, y de la que ahora son reflejo.

Las bóvedas, cuyos nervios parecen encajar a la perfección , los muros, sólidos y a la vez estilizados y elegantes…El color y la arquitectura parecen jugar al escondite contigo, y  vas descubriendo una nueva sorpresa tras cada pilar.

Miras hacia arriba una vez más, y de pronto pareces entender por qué tantas personas han rezado en este lugar. Comprendes por qué, a lo largo de los siglos, cientos de hombres y mujeres han depositado aquí sus sueños y esperanzas, han encontrado valor para afrontar sus miedos, y generosidad  de espíritu para mirar a los demás con cariño.

Este edificio transforma los corazones, y lo que parecía imposible se vuelve real. Si vamos con los ojos abiertos y la sensibilidad despierta, cuando dejamos este lugar de luz y volvemos al nuestro, llevaremos con nosotros parte de esa luz, que se multiplicará en millones de colores. Nos convertiremos en vidriera, para colorear el mundo.

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