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No leas.

No leas, no vaya a ser que te guste. No empieces a curiosear un libro que, a la larga, engancha. Y por supuesto, jamás de los jamases oses entrar en una librería, que eso es meterse en la boca del lobo, y correr riesgos innecesarios.

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“La madre de Rembrandt leyendo”, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, ca. 1629. Wiltshire, Wilton House.

No leas, que en una de éstas piensas que puede resultar una experiencia interesante. De hecho, no leas sobre todo porque, al final, acabas pensando. No leas, que se comienza leyendo bajo la mesa en clase, y  luego te da por estudiar una carrera de esas muy bonitas, pero con las que no vas a ganar todo el dinero que crees que necesitas.

No leas, que es posible que la gente empiece a regalarte libros, y tengas la estantería llena de ellos, pero el armario poblado con ropa de la temporada pasada. No leas, que puedes resultar extraño en el metro, porque no vas encogido mirando el móvil y con los auriculares en los oídos. No leas, porque, de una u otra forma, llamarás la atención.

No leas, que al final tus amigos descubrirán el carnet de la biblioteca en tu cartera, y tendrás que inventarte alguna excusa absurda atropelladamente. No leas, por si acaso alguna noche prefieres abrir el libro antes que encender la tele. No leas, entre otras cosas porque es muy contagioso. Y querrás romper la honrosa tradición familiar, esa que dice que un libro no es un regalo, y arriesgarte a que te miren mal, como pensando que te has echado a perder.

No leas, que en la literatura hay gente muy rara, que comete errores y luego se siente culpable, como Raskolnikov. Los libros te llevan a sitios extraños o que ya no existen, que nunca podrás poner como escenario de tu última publicación de Instagram, como Mompracem. Además, puede ser que te enteres de que las ideas que circulan por ahí  no son tan modernas y revolucionarias como parecen. No leas, que incluso hay autores que pretenden enseñarte algo (¡a ti, habráse visto semejante desfachatez!). No leas, que a lo mejor empiezas a conocer el pasado y tienes algo de qué hablar con tus abuelos y mayores.

No leas, no vaya a ser que aprendas palabras raras, y luego los demás crean que eres un pedante por usarlas. Si lees, te advierto que te arriesgas a distinguir la ortografía correcta, y que acabes escribiendo con tildes. Y todos sabemos que eso es de empollones… Será mejor que no leas, que después de tanto libro resulta que puedes emplear correctamente tu propio idioma, y hasta alguno más. No leas, que es posible que sepas diferenciar ironía y sarcasmo, y descubras que la mayoría de la gente no.

No leas, que no puedes contar en Facebook lo que le pasa a los personajes del libro, porque no viven en el mundo real de las redes sociales. No puedes hacer una crítica personal de Cumbres Borrascosas en los caracteres que te permita Twitter (que no sé cuántos son, ignorante de mí).

Y si, por debilidad o curiosidad incontrolable, afán de investigación o lo que sea, te decides a leer, por lo menos hazlo sin criterio, al azar, juzgando el libro por la portada y sin referencia alguna. Que total, un libro es un libro, al final todos son iguales…

Pues eso, mejor no leas, que es posible que profundices en lo complejos que somos todos, en lo poco cómoda que es la vida, y que caigas en la cuenta de que la cosa, por lo general, va más allá de lo que vemos y tocamos. Y que en realidad, poco importa lo que aparentes ser, sino lo que de verdad seas. Y eso cuesta trabajo.

Si quieres y aceptas un consejo, no leas, no vaya a ser que crezcas.

 

 

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Elige bien tu arma.

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“Desafíos. En guardia”, Francisco de Goya y Lucientes, 1812-1820 Madrid, Museo Nacional del Prado

 

Goya no es Goya porque pintara muy bien. Que también. Goya es Goya porque sus obras atesoran la vida misma, y la ponen ante nuestros ojos. Por eso mola.

Y es que la vida, en definitiva, no es otra cosa que batirse en duelo y vencer lances. A veces más, a veces menos, pero cada mañana es preciso levantarse y ponerse en guardia, bien atento, listo para defender lo que es tuyo.

Tu palabra, tus principios, tus ambiciones, tus sueños e ideales, todos tus amores, que son incontables. Todo aquello por lo que has decidido que merece la pena el esfuerzo de enfrentarse a la realidad, con las dificultades y sacrificios que ello conlleva. Porque sabes a lo que vas, sabes que el acero corta, pincha, que los golpes duelen incluso después de recibirlos.

Pero no puedes dejar de presentar batalla. Huir es de cobardes. No mirar a los ojos al enemigo es menospreciarlo. No comprometerse por miedo es propio de personas sin honor, de gente en la que no se puede confiar.

Así que coges tu arma y acudes a la cita. Respiras hondo y te pones en guardia. Ni muy alta ni muy baja; conoces tus puntos débiles, tus defectos, y no vas a dejar que tu oponente los aproveche. Comienzas a atacar. Más rápido a veces, con más pausa otras, con pasos más largos o más breves, midiendo distancias. Al principio debes pensar cada uno de tus movimientos, pero luego forman parte de ti, como tu forma de andar o de escribir. Tienes un modo propio de luchar.

Tratas de mantener el equilibrio. Los golpes vienen por un lado y por otro, a veces por donde menos lo esperabas. Pero aprendes a mantenerte en tu sitio,  aunque proteste cada uno de tus músculos y aún perdure el escozor de las heridas que no has podido evitar. Sabes qué quieres y la amenaza de un corte más o menos no te va a hacer abandonar.

Sólo estáis tu, tu oponente, y el sonido de los hierros al entrar en contacto.

Elige bien tu arma, porque ella será la que te acompañará todo el camino, incluso en tiempo de paz. A ella confiarás la defensa de tu vida y de todo lo que te importa en ella, con ella disputarás los asaltos que te depare el destino. Ella responderá a cada uno de los movimientos de tu muñeca, a cada ligera sugerencia de tus dedos. Su metal registrará tus esfuerzos, de cada avance, pero sobre todo de cada retroceso y cada parada.

Las cicatrices que no llegues a tener sobre tu piel las verás sobre la hoja y la cazoleta de tu arma. Cada melladura será un recuerdo de tus luchas, tus humillaciones y dolores y de cada vez que evitaste claudicar.

Cuando deslices con suavidad tu mano por el acero de tu arma, como queriendo repasar tus batallas, sentirás en la yema de tus dedos la huella de cada uno de los problemas a los que tuviste el valor de plantar cara.

Elige bien tu arma. No será sólo una herramienta de defensa y conquista, será un refugio y un punto de llegada y de partida.

Para unos, su sable o su espada será el honor o  la patria, para otros será la familia, el amor de toda una vida, la fe, los sueños, las ganas de hacer del mundo un lugar más humano. La nobleza de tus combates, la caballerosidad de tus victorias y la humildad de tus derrotas las marcará el arma que elijas para luchar en el duro desafío que a veces es la vida.

Y eso Goya lo sabía. Y nos lo dice tan sólo con un poco de tinta sobre un papel.

 

 

 

 

 

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Mastercard.

Regalamos mucho. Cumpleaños, aniversarios, celebraciones varias, santos y onomásticas, el Día Internacional de Lo Que Sea, o, simplemente, porque sí. El caso es que, a lo largo del año, tenemos un montón de ocasiones en las que comunicamos nuestro aprecio a través de un regalo.

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“Regalo de Navidad”, Norman Rockwell. 

Pero, en general, no sabemos regalar. Compramos un montón de cosas inútiles, a menudo sin ningún valor personal, que, en el mejor de los casos, sólo vienen a aumentar el número de “cosas” que poseemos, y, con demasiada frecuencia, el número de trastos. Cierto es que, muchas veces, dicho trasto pasa a ser un recuerdo de una persona querida, u objeto de ilusión y aprecio por parte del regalado, pero tenemos tanto de todo que al final los detalles se pierden en la inmensidad.

Dirán mis lectores que siempre acabo barriendo para dentro, pero ¿qué tal si regalamos más cultura? Me replicarán que el precio de los libros se ha subido a la parra, que las entradas para conciertos y espectáculos varios sólo son asequibles a costa de visibilidad, que la música y el cine son gratis en la red…

No lo negaré. Pero, si lo pensamos bien, invertimos cantidades de dinero mucho mayores en el último aparato electrónico (que en poco tiempo está anticuado), en ropa de temporada que al final acaba en el fondo del cajón, por no hablar de parafernalia varia sin ningún tipo de utilidad.

En cambio, si regalamos la entrada a un museo, estaremos abriendo la puerta a una pasión que puede durar toda una vida. Si regalamos un libro, será el principio de una larguísima lista de cosas por aprender. Si invitamos a alguien al ballet, le proporcionaremos un recuerdo imborrable de belleza que entra por todos los sentidos, pues la primera vez que se te pone la piel de gallina de esa manera no se olvida nunca.

Si es que son todo ventajas… Apoyaremos las diversas industrias culturales, desde el cine hasta las editoriales, fomentaremos la continuidad de buenos profesionales en dicho campo, y, sobre todo, contribuiremos al verdadero enriquecimiento de la sociedad, que falta nos hace.

Regalando arte, música, literatura, cine, teatro, historia…puedes cambiar la vida de alguien. Y eso no tiene precio.

“Para todo lo demás, Mastercard“.

 

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Volver a casa.

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Muchacha en un sofá amarillo, Henri Matisse, 1940. California,  Rita and Tarf Scheiberg Collection.

 

Matisse decía que el arte debía ser como un sillón cómodo en el que uno se deja caer al final del día. Como un descanso para el cuerpo fatigado después del trabajo, de correr de un lado para otro, de ejercitar la voluntad para cumplir el deber de cada día.

Como un refugio para el alma, un lugar de serenidad para el espíritu, un respiro para el corazón, un tranquilizador reposo para los nervios. Un aparcamiento para los problemas y las preocupaciones, una oportunidad de reír, de soñar, de maravillarse, de sorprenderse.

Un momento para conmoverse ante la grandeza o la pequeñez del hombre, para deleitarse con los pequeños placeres de la vida, para estremecerse ante el dolor del otro, para admirar a los grandes héroes de la historia y a los valientes de todos los días.

Un reencuentro con la belleza, la imaginación, el genio… con todo lo que hay de bueno en la vida.

En definitiva, el arte es como volver a casa.

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Sin Navidad.

 

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Adoración de los Magos, Alberto Durero, 1511. Washington, National Gallery of Art.

 

Todos nos deseamos una Feliz Navidad. O, como se supone que suena mejor ahora, Felices Fiestas. Buenos deseos, por lo general sinceros, esperanza en un mundo y un tiempo mejores que los que nos han caído en suerte. Reencuentros, recuerdos, regalos (de los que son cariño envuelto en un papel de colores, y de los que vienen camuflados en forma de trabajo y ganas de agradar), agradecimientos, risas, y también suspiros y alguna que otra lagrimillla…

Cada uno le da a la Navidad el sentido que mejor le parece, pero hay un pequeño detalle que no podemos pasar por alto: en Belén, hace unos cuantos siglos (en cuanto a la fecha exacta, sigan ustedes la tendencia historiográfica que prefieran) nació un Niño que iba a cambiar el mundo. Y eso es así.

El mundo no volvió a ser el que era. A partir de entonces, muchos creerían su mensaje de salvación, y, lo que es más importante, tratarían de configurar su vida en torno a dicho mensaje, transformándolo en obras. Otros muchos lo tomarían por un loco peligroso o un iluso bienintencionado, algunos rechazarían su invitación y otros tantos lo ignorarían.

Pero lo que está claro es que a lo largo de la historia este Niño ha sido, y es, el centro mismo de la existencia de muchísimas personas, su esperanza y su apoyo. Unos buenos, otros malos, y otros regulares, como en todas partes. Ni mejores ni peores que los demás, pero con algo que los hacía diferentes, desde lo ocurrido en aquel diminuto pueblo de Judea.

Y, conscientemente o no, la vida de todos aquellos que no sabían o no querían saber de ese Niño también se ha visto determinada por él. Para buscarlo, para ignorarlo, para combatirlo o para tratar de eliminar su rastro. Y es que los que sí lo conocen comparten el mismo mundo.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera habido un portal de Belén? ¿Si el Niño no hubiera nacido? Al margen de la historia-ficción, podemos decir que muchas de las personas que tienen un motivo para luchar, para ayudar, para amar, no lo tendrían.

Sin esa primera Navidad, no habría Navidad este año. Sin ese Niño, el mundo sería distinto. Posiblemente, sería un lugar más frío, más desesperanzado, más egoísta.

Tenemos algo que celebrar esta Navidad. Celebrémoslo.

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Seamos realistas. Esto es feo.

En esa tarea casi imposible, pero que algunos insistimos en abordar con  el mayor de los empeños, que es definir la belleza, caben tantos matices que a veces parece que el hombre no ha sido ni será capaz de inventar las palabras suficientes ni apropiadas.

Pero no se puede resistir la tentación de medirse con  lo inabarcable, al menos desde lo limitado de nuestras capacidades de expresión. De modo que trataremos de  mirar la belleza centrándonos en una de sus múltiples facetas para tratar de recomponerla de nuevo, en plan cubista.

Y una de las mejores formas de acercarse a este fenómeno inexplicable es desde lo profundo del ser humano que es, al fin y al cabo, el principal destinatario de lo bello. Por ello, podríamos definir la belleza, entre otros miles de formas y  símiles con mayor o menor dosis de poesía, como aquello que muestra el mayor tesoro del hombre: su dignidad.

Es decir, bello sería todo aquello que ponga en valor lo bueno que hay en la naturaleza humana, lo que le acerca a su finalidad definitiva y ensalza su verdadera valía.

Siguiendo este argumento, lo “feo” sería precisamente lo contrario: lo que refleja los instintos bajos del hombre, los que responden a la versión “animalizada” de su naturaleza y difuminan su profunda grandeza.

Y sí, es cierto, antes de que alguien replique: existe una estética de lo feo. Pero es de lo feo, no de lo bello. Tiene perfecta cabida en el pensamiento y en la creación artísticos, pero es feo.

SATURNO

Francisco de Goya, Saturno, 1820-1823. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Las Pinturas Negras de Francisco de Goya son absolutamente maravillosas, y poseen un gran valor artístico, histórico, social y humano. Son increíbles, y todo el mundo debería tener la oportunidad de estremecerse en directo ante ellas en el Museo del Prado.

Pero son feas.

Si a alguien se le ocurriera describirlas con el adjetivo “bonitas”, decir que son reflejo de lo bello, creo sinceramente que estaría equivocado. Con todos mis respetos.  El hombre despojado de conciencia no es algo bello, si bien a veces es necesario mostrarlo.

Y ése es el problema. Que se están invirtiendo los términos, y, a fuerza de no pensar, se deja de llamar a las cosas por su nombre.

Que una obra de arte sea rompedora, original, impresionante (y ésos son conceptos que requerirían una reflexión aparte), no quiere decir que sea bella. Y es posible que, según qué casos, ni siquiera sea una obra de arte (y esa cuestión sí que sería merecedora de  todo un tratado).

Pues eso. Que no nos vendan la moto. No es bello todo lo que reluce.

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De toda la vida.

Si explorásemos los archivos musicales en los diversos dispositivos electrónicos de distintas personas, muy probablemente encontraríamos, entre una curiosa mezcla de estilos, por lo menos uno de los clásicos de toda la vida. Al menos, de toda la vida de las personas con las que compartimos o hayamos compartido la nuestra. Es decir, alguno de los grandes éxitos de los últimos sesenta años. Algo de los Beatles, puede que los Beach Boys, las Supremes, The Mamas and the Papas…Queen y los Rolling no pueden faltar. E incluso puede que algún osado haya desempolvado a los Four Seasons.

Y eso sólo por mencionar a algunos, porque la lista podría ser mucho más extensa. Y aunque parece que las generaciones más jóvenes aún no los han descubierto, todo llegará. De hecho, es relativamente frecuente que veinteañeros conozcan mejor la historia de la música reciente que cualquier otra manifestación  cultural.

Y es que, aunque su tiempo haya pasado, lo cierto es que las canciones de toda la vida tienen algo que nos hace sonreír cuando suenan en la radio, o como banda sonora de una película. Son como el fondo de armario, siempre están ahí. Como los pantalones de pata de elefante; tarde o temprano, acaban volviendo.

Puede parecer que canciones como Love me do no contienen una gran poesía, ni una melodía técnicamente impresionante. Concedido. Neil Diamond no es Mozart, pero, ¿quién no ha cantado a todo pulmón Sweet Caroline, y sobre todo, tarareado las tres notas al final de la primera frase del estribillo?

¿A quién no se le ha encogido un poco el corazón, un poco al menos,  ante la crudeza de la realidad con The Boxer? ¿O bailado el Rock de la cárcel hasta quedar sin aliento? ¿Qué chica de ojos marrones no ha pensado alguna vez que Van Morrison podía haber cantado para ella? ¿Y qué mejor karaoke que uno que incluya las canciones de ABBA? Por no hablar de que, como todo el mundo sabe, la mejor canción para conducir es Don´t Stop Me Now.

En el fondo, son historias de las que todos podríamos ser protagonistas, con sentimientos como de andar por casa. Frank Sinatra y Paul Anka nos recuerdan que hubo un tiempo en el que la cortesía era parte fundamental del juego romántico. Crosby, Stills, Nash y Young nos hacen preguntas y plantean respuestas acompañadas de rasgueo de cuerdas de guitarra y baile de voces. Bob Dylan lleva décadas analizando la sociedad y los entresijos del carácter de un hombre con poco más que una pluma y una armónica.

Podríamos seguir así eternamente. Añadan sus favoritos, ya que han quedado demasiados en el tintero.

Lo que está claro es que las canciones de toda la vida nos hablan de un mundo distinto, en algunos aspectos mejor y en otros peor que el nuestro. Pero algo tienen, ya que varias generaciones las han hecho suyas. Y lo que es más importante, han sido, en muchos casos, un puente entre abuelos, padres e hijos, entre personas muy distintas pero con algo en común. Forman parte de la historia de nuestras vidas.

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Antes molábamos.

"Interior con mujer joven de espaldas" Vilhelm Hammershøi, 1904.

“Interior con mujer joven de espaldas” Vilhelm Hammershøi, 1904.

Nos hemos vuelto cutres. Ésa es la palabra, cutres. Parece que somos demasiado vagos para molestarnos y hacer las cosas bien hasta el detalle. Y no tanto por las grandes obras de la humanidad contemporánea (afortunadamente, sigue habiendo genios y grandes profesionales), sino sobre todo, en la vida de la gente común.

Y déjenme que les proponga ejemplos muy pequeños, pero muy ilustrativos.

Hemos cambiado las sábanas por el edredón porque éste no requiere planchado. Se nos ha olvidado la receta de las lentejas, porque ahora los ingredientes se introducen en una máquina que parece que hace magia y las cocina con chorizo y todo. La pluma estilográfica se ha convertido en un artículo de coleccionista, porque se pierde mucho tiempo en reponer los cartuchos de tinta. El mantel de hule y los platos de cartón se han convertido en la vajilla habitual en las reuniones en torno a una mesa, porque es muy molesto lavar tanto utensilio. El peinado de moda es no peinarse, no vaya a ser que parezca que te has arreglado. Las notas de agradecimiento o felicitación son un recuerdo de un pasado romántico digno del cine, porque es más cómodo y sencillo enviar cualquier tipo de texto o imagen prediseñada por cualquier medio electrónico.

Y antes de que se dispongan a replicarme los daltónicos de la gama de grises, diré que no se trata de renegar de los avances de los tiempo. Evidentemente, no es preciso dormir todas las noches en sábanas de hilo, cenar soufflé de trufas los martes,  tomar el vino en copas de cristal de Limoges o enviar un telegrama para avisar de que has perdido el tren y llegarás tarde. El sentido común se presupone…

Pero es cierto que, por no molestarnos y no perder tiempo, corremos el riesgo de convertir nuestra vida en una mera sucesión de trámites, solucionados con la mayor eficiencia y rapidez posible, sin disfrutar de los pequeños grandes placeres de la vida. Y en el fondo de esa dejadez se esconde, quizás, una sombra de egoísmo, por no prestar un poco de tiempo y atención a algo que, posiblemente, podría alegrar a los que tenemos con nosotros.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero creo que sí era menos cutre, y más dado a manifestar el aprecio en detalles pequeños, pero, al fin y al cabo, importantes.

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Creer para ver.

"Adoración de los pastores", Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

“Adoración de los pastores”, Giovanni Battista Foggini, ca. 1675.

La Navidad es como el Arte. Está ahí para todos, pero no todos tienen los ojos abiertos para comprenderlo y disfrutarlo. Hace falta vaciarse de ciertas cosas para poder apreciar lo que el arte tiene que decirnos. Y algo parecido ocurre con la Navidad.

No puedes alcanzar a ver la belleza de los colores, el equilibrio de la armonía musical, removerte por dentro con las palabras de la poesía si tienes el corazón frío y la cabeza llena de ideas preconcebidas. Y no puedes comprender la grandeza profunda de la Navidad si tienes los sentidos llenos de ruido y el alma vacía de humildad.

Además, no hace falta ser un gran entendido para darse cuenta de la verdadera realidad de las cosas. No es necesario ser el primer bailarín del Bolshoi para emocionarse con “El Cascanueces”. Y no es preciso ser un experto en la tradición occidental para entender el auténtico significado de lo que ocurrió en Belén. Los únicos estudios que se requieren son los conocimientos en humanidad. Y en cuanto a la experiencia, no es imprescindible ninguna.

Los primeros que captaron de qué iba todo fueron los pastores. Ni el rey, ni el gobernador romano, ni el posadero, y casi, ni los Magos, que iban siguiendo la tenue pista de una estrella, aunque algo intuían…Sólo unos hombres rudos, iletrados y cuyo valor social era nimio fueron quienes alcanzaron a comprender que había sucedido algo extraordinario. Vivían entre ovejas, pero supieron captar la belleza inefable que salía de aquel humilde portal.

No tenían educación alguna, ni poder, ni influencia, ni siquiera un poco de elegancia. Pero sí poseían algo que hoy en día, a pesar de lo sofisticada que hemos vuelto nuestra vida, escasea:  fe. Ya no creemos ni en nosotros mismos, ni en la sociedad, ni mucho menos en nada que exceda nuestra condición humana, porque somos la medida de todo.

Los pastores dieron lo que tenían, que no era más que la pobreza de sus vidas. Pero obtuvieron a cambio mucho más: la contemplación de todo lo que hace grande el espíritu humano. No creyeron porque vieron; vieron porque creyeron.

Feliz Navidad.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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