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Duelo de miradas.

Fragmento del "Autorretrato con chaleco verde", Eugène Delacroix, 1860.

Fragmento del “Autorretrato con chaleco verde”, Eugène Delacroix, 1860.

No le miras tú. Es él quien te mira a ti. Y no puedes sustraerte a su mirada, porque te atrae como si hubiera un imán escondido en sus ojos marrones.

Te mira, y parece que el retratado eres tú en lugar de él. Como si al observarte, paciente, detenidamente, tratara de profundizar en tu ser, en tu carácter y en tu pensamiento, para hacer de ti un retrato magnífico, una obra inmortal.

Hagas lo que hagas, te mira. No tienes escapatoria, admítelo. Aunque le des la espalda, sientes todavía sus ojos inquisitorios sobre ti. Porque, sobre el lienzo, su mirada de pintor aún sigue viva. Con esos ojos percibió el mundo, y supo descubrir la realidad más auténtica, viendo más allá de ella, y sublimándola con su talento.

Y ahora te mira a ti, rebuscando en tu interior aquello que sólo él sabe distinguir, y que haría de ti una obra maestra incomparable. Y sabes que no es tanto por lo extraordinario de tu vida como por lo absolutamente excepcional de su capacidad creadora. Y lo sabes porque intuyes que no puedes engañarle.

La determinación que subyace en sus ojos te reta, haciendo que te enfrentes a él, casi con desafío. Puede que incluso entornes los párpados, tratando de adivinar lo que piensa, intentando seguir su juego y descubrir lo que esconde. Y llegará un momento en que tú bajes la mirada, gires sobre ti mismo y te dirijas a cualquier otra parte.

Pero ya es tarde, porque tendrás para siempre la impronta de unos profundos ojos marrones sobre ti.

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¿A qué estamos esperando?

"La Libertad guiando al pueblo", Eugène Delacroix. (1830)

¿Quién le mandaría a ese muchacho meterse en semejante lío? ¿Es que no es consciente del riesgo que corre, de que podrían matarle…? Toda una vida por delante, tanto por hacer, por sentir…a punto de desperdiciarse. Y todo por un ideal absurdo, por un sueño que no es más que eso, una fantasía juvenil.

¿Y el caballero del sombrero alto? ¿Va a sacrificar el sustento de su familia, los logros de su vida, va a echarlo todo a perder, cuando parecía que ya tenía todo hecho, y podía sentarse a disfrutar de ello? Lamentablemente, se dejó llevar por la emoción, y creyó que aún tenía algo pendiente…

Posiblemente, casi con toda seguridad, ambos acabarán como sus compañeros, que yacen sin vida sobre la calzada de la ciudad. Lo único que encontraron al final de su lucha fue la muerte, sin llegar a ver nunca el fruto de su sacrificio.

Pero…

Parece que nos estamos olvidando de algo…

Ellos no la pueden ver, aunque está allí, a su lado. En realidad, ella es la causa que les empujó a hacer lo que hicieron. La que les llevó a valorar sus propias vidas por debajo de un bien que consideraban mayor. Y lo hicieron libremente. Porque consideraron que eso es lo que debían hacer. Sólo la Historia pudo juzgar si su decisión fue útil. Pero su conciencia les dijo que era la correcta.

Desde que el hombre es hombre, ha habido gran cantidad de personas que han defendido con su vida el bien, la justicia y la libertad. Unos con nombres y apellidos, otros anónimos, y todos valientes.

Pero la realidad es que aún no ha terminado el tiempo en el que hombre debe construir el mundo, y hacerlo lo mejor posible. Aún hay mucho que cambiar, mucho por hacer. No hay más que mirar alrededor. Afortunadamente, en el mundo de las personas que leen esto ya no es necesario arriesgarse a morir por defender lo que es justo. (O casi…). Un motivo más para salir de eso que ahora se llama “zona de confort” y empezar a pelear por lo que creemos.

Es cierto que no tenemos grandes armas, que  las “grandes decisiones” (ésas que salen en los titulares de los periódicos), no dependen de nosotros…Pero sí tenemos el poder de elegir qué queremos hacer con nuestra vida, hacia dónde queremos ir. Y también es cierto que no siempre podemos creer en la política, pero sí en la justicia. Debemos creer en ella.

Porque es humano, porque no estamos aquí para ir a lo nuestro y mirar hacia otro lado. Porque esto es cosa de todos,  porque ya es hora de arriesgarse por algo que merezca la pena,  y porque los grandes cambios se apoyan en un ideal.

En lugar de la bandera de Francia, pongan ustedes ahí la de cualquier otro país del mundo, el suyo propio, el del vecino, o mejor, la  de su propia casa. Y es que la justicia, como todo lo bueno, empieza en casa.

 

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