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Los bellos huevos fritos

“Una vieja friendo huevos”, Diego de Silva y Velázquez, 1618
Edimburgo, National Gallery of Scotland

Creo que lo cotidiano no está de moda. Cuanto menos rutinario y escondido es tu trabajo, parece que es mejor, o al menos que aportas más a la sociedad. Una celebración normal es sosa si no incluye todo tipo de atracciones y experiencias. Los viajes, cuanto más lejano y desconocido sea el destino, más lo disfrutas. Buscamos vivir situaciones extraordinarias, quizá pensando que en lo que se sale de lo habitual vamos a encontrar lo que buscamos.

Yo no sé si eso es verdad. Pero miro esta escena, y aparte del hambre que me da (consejo: nunca vayáis a ver bodegones antes de comer, que se sufre mucho), pienso que, cuando uno sabe disfrutar de las cosas de toda la vida, no necesita un crucero por el Caribe para sentirse dichoso. Y es que Velázquez tenía esa mirada sabia que descubre lo bello y trascendente que hay hasta en lo más corriente.

Porque, dejando de lado las posibles interpretaciones de tipo sociológico que acompañan la pintura costumbrista, y la supuesta historia de los personajes, la Vieja friendo huevos es, a mi modo de ver, una oda a la estética de lo humilde. El genio presta su talento para reflejar con todo respeto la calidad de cada uno de los materiales que forman los utensilios, la textura de los alimentos. Los dignifica con el pincel, inmortalizándolos como verdaderos protagonistas del cuadro, ya que busca precisamente dejar patente su dominio de la técnica. Los personajes son una mera excusa.

A un espectador contemplativo le entran ganas de alargar la mano y poder tocar la superficie del lienzo, ya que la vista le engaña y le hace pensar que hay una verdadera dimensión de profundidad y de materia física de lo representado. Pero no, claro.

Y entonces la mirada se posa en el aceite que baña los huevos en un brillo dorado, para luego apreciar la blancura velada de las claras mezclándose, y parece casi percibir el suave crujido de las cáscaras que ha tenido lugar poco tiempo antes. Y así, se entra en una auténtica experiencia que parte de los ojos, pero que se extiende al resto de los sentidos. El color pardo intenso de la pota de barro, la fragilidad marmórea del huevo todavía sin cascar, el cristal frágil de la botella que sostiene el muchacho, la superficie mate de la calabaza que evoca el sonido hueco de su interior, la tosca loza del plato y las jarras, con su engobe blanquecino, la luz que se desliza por el resbaloso metal de los recipientes de cobre y peltre, la rugosidad del esparto del capazo situado al fondo….

Si uno entrara en la escena, oiría el crepitar del aceite caliente, el sonido del cazo en primer plano al rodar y posiblemente caer al sueno, llenando todo el espacio con un ruido un tanto escandaloso. Su olfato notaría también el olor de la cebolla y las guindillas, como adelanto de un sabor intenso, dulce y picante a la vez.

Todo, hasta lo más escondido, pequeño y aparentemente vulgar, merece un tratamiento delicado por parte del pintor. Lo cual hace pensar que todo tiene un valor, empezando por lo que tenemos a nuestro alcance cada día. Y  debe ser una teoría universal, y no sólo de Velázquez o el barroco español, porque ya lo decía Confucio, “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”.

Hay por ahí quien no sabe ver lo bello y bueno que hay en su vida. Les parece poca cosa, porque no hacen nada distinto de lo normal, porque no viven experiencias impactantes. Y a lo mejor no se dan cuenta que las situaciones conmovedoras de verdad ya vienen de serie en la vida de todos, y que puede ser tan hermoso un paisaje desértico como la maceta de geranios de tu balcón. Que es tan impactante el motor de un Ferrari como el encaje de bolillos que hizo tu abuela.

Seamos como Velázquez. Aprendamos a ver cada uno de nuestros días como la mejor de las escenas costumbristas.

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De mayor, pompero

“Burbujas de jabón”, Jean Siméon Chardin, ca. 1734
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art

Hace poco leí que un estudio había concluido que la contemplación de obras de arte y las visitas a museos contribuían a aliviar el estrés entre los jóvenes profesionales, los famosos millenials. Y me resulta curioso que, en un mundo que parece proclamar que si no vives por y para el trabajo no eres responsable (terrible confusión, pero ese es otro tema), y en el que las actividades calificadas inútiles ya no resultan decisivas en casi ningún ámbito (véase la ausencia de planteamientos culturales en los recientes programas electorales españoles), alguien se moleste en romper una lanza en favor de este tipo de cuestiones. Eso sí, bajo apariencia de salud, para darle peso útil a la cosa. Pero bueno, algo es algo.

Y algo parecido debía suceder con estos muchachos que pintó Chardin. Éste eligió el tema por razones muy distintas a las que yo estoy planteando aquí. La más espiritual sería la que conduce a la interpretación de las pompas de jabón como símbolo de la fugacidad de la vida, puesto que se emplea más tiempo en su crecimiento que en su plenitud, la cual es efímera, a la par que bella. Otro de los motivos es de tipo estilístico, puesto que el maestro, con esta escena costumbrista, enmarcada a modo de instantánea, retoma la tradición de la pintura de género holandesa del siglo XVII. Pero también hay objetivos menos trascendentes, como el hecho de poder lucirse ante el espectador, demostrando que posee la técnica y la habilidad necesarias para dominar el translúcido brillo de la superficie jabonosa y esférica sobre el lienzo y la capa pictórica.

Pero como el arte esconde siempre un mensaje diferente para quien lo contempla, mis reflexiones van por otros derroteros. Si traemos este cuadro a la vida, es posible que, tras haber sustraído a escondidas un poco de jabón de la cocina, estos niños subieran a una de las ventanas de los pisos superiores de la casa, poco habitados durante el día, para jugar con un sencillo experimento. El pequeño mira fascinado cómo el mayor sopla paciente y delicadamente, hasta formar una pompa brillante y delicada.

Si les hubieran pillado, las pompas hubieran explotado al instante, desapareciendo así el cuerpo del delito. Y el adulto correspondiente les hubiera reñido diciendo que no deberían estar perdiendo el tiempo con juegos, sino estudiando para ser hombres de provecho el día de mañana. A lo que el muchacho mayor, que parece ingenioso, hubiera respondido que en realidad no estaban jugando, sino haciendo una demostración empírica de la física de las superficies y de la reacción química del agua y el jabón. O algo por el estilo. El niño pequeño asentiría, corroborando la versión del incitador. El adulto habría escondido una sonrisa, y les hubiera dicho cuatro palabras a medio camino entre la severidad y la misericordia, procurando que no se le notara mucho que en realidad estaba admirado y divertido.

Resumiendo. La eterna lucha entre la diversión y el deber, entre lo que te aporta alegría y lo que se supone que te va hacer ser una persona “de provecho”. Entre lo que te llena por dentro, y lo que te llena los bolsillos. Que no sé por qué, pero algunos piensan que son incompatibles, y que lo que cuenta es lo de los bolsillos. Y, al final, hay que darle una pátina de utilidad a lo que aparentemente resulta improductivo. Tienes que ser avispado, para que al final puedas salirte con la tuya, y dedicarte a lo que te hace feliz. Que al final, es lo importante.

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Cada cosa a su tiempo.

**Para componer esta canción, los Byrds se inspiraron en un Salmo del Antiguo Testamento  (Eclesiastés, 3  1-8).  Encontraréis la traducción al español aquí: http://www.goear.com/lyrics/67160/turn-turn-turn-1967-the-byrds-

 

Todos soñamos con una vida perfecta. Y es natural. Al fin y al cabo, tenemos impreso en nosotros el billete hacia la felicidad. Lo que pasa es que hay muchos espejismos que se le parecen, pero que no lo son. Y también  hay felicidad que se esconde bajo el dolor. A veces, incluso no sabemos qué es la felicidad, sólo sabemos que la buscamos.

Pero no la encontraremos si la perseguimos con demasiada insistencia.  Es como una de esas chicas maravillosas, conscientes de su encanto, que no se dejan conquistar fácilmente.

En la vida el sufrimiento, la pena y el miedo conviven con la alegría, la ilusión y la paz. Y no podemos pretender cambiar eso, porque no está en nuestra mano, no nos corresponde.

Ignorar el mal propio o el ajeno, o querer evitarlo a toda costa no es la solución. Es propio de cobardes, no de quien mira a la vida de frente. En palabras de Balzac, negarse a sufrir no significa fortaleza sino debilidad.

Aspiramos a ser felices, claro que sí. Pero no tenemos “derecho” a serlo. No es algo que se nos deba por el mero hecho de existir. Hemos de procurar felicidad nosotros y para los demás, pero tenemos que ser conscientes de que no sólo no podemos evitar el dolor, sino que a veces lo que  necesitamos es no darle la espalda y enfrentarnos  a él con valentía y generosidad. Nos hemos vuelto muy cómodos, y en ocasiones  la mera mención del sufrimiento genera una sensación de pánico en algunas personas.

La vida tiene sus etapas, unas buenas y otras malas. Hay un tiempo para todo, y todo llegará, cuando tenga que llegar. No lo digo yo, es así, escuchen cualquier historia por la calle y lo comprobarán. Querer eliminar cualquiera de las fases sería empobrecer la vida, que únicamente se puede experimentar en plenitud de una forma:  viviendo. No existe la vida perfecta, existe la vida de cada uno, así, sin más.

Y la felicidad puede tomar muchas formas, puede habitar en los tiempos buenos, y en los menos buenos. Pero por lo general, es ella la que nos encuentra a nosotros, y no al revés.

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