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Prado, mon amour



“Cuando desde lejos se piensa en el Prado, éste no se presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria”.


Estas palabras de Ramón Gaya presiden una de las salas de la exposiciónMuseo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria, queestablece un recorrido a través la historia de la institución y su incidencia en la vida intelectual, artística y social de nuestro país, y de ahí al resto del mundo. Porque el Prado es universal y español a la vez. Castizo como un cartón de Goya, y cosmopolita como el Fausto de Fortuny. Es lugar de inspiración humana, así, en general, sin etiquetas, una casa para todo aquel que cruce sus puertas.  

Pero volvamos al hilo que nos proponía Ramón Gaya. Para él, como para muchos de nosotros, huelga añadir el título institucional al Prado, puesto que Prado sólo hay uno, no hay confusión posible. Será cualquier otra cosa que lleve ese nombre la que precise un apellido, pero no nuestro Prado. Esta expresión refleja la familiaridad con la que el autor se refiere a este museo, prueba de la importancia que ha tenido en su vida. Y precisamente esto es lo que celebramos este año, la relevancia del Prado en nuestra existencia, tanto a nivel colectivo como individual. 

Por otro lado, es preciso hacer notar que en este breve texto la palabra “museo”, cuando aparece, lo hace con una connotación casi negativa, o al menos como algo no tan excelso, en comparación con el verdadero significado que tiene el Prado para el autor. El Prado no es “sólo un museo”, es mucho más. Aquí parece identificarse este concepto como un lugar poco atractivo, ajeno a los cambios que estaba experimentando el mundo de entonces, que comenzaba a construir la base de muchos de los valores que hoy nos parecen esenciales. Se trata, por tanto, de la idea tradicional de museo, una institución vetusta, heredera de planteamientos decimonónicos, con salas atestadas de piezas, que proporcionaban demasiada información, y que producían cansancio físico e intelectual, como ya anunciaba en 1923 Paul Valèry en El problema de los museos.

En cualquier caso, Gaya deja bien claro que el Prado no es un lugar de telarañas artísticas y bostezos culturales, sino hábitat natural de emociones profundas, recuerdos que construyen identidades y tradiciones que determinan formas de ser. Llama patria al Museo, y no por casualidad. La citada frase se extrae de Roca española, ensayo fechado en 1953, poco después de retornar a Europa tras más de dos décadas de exilio en las Américas. El Prado parece ser entonces la caja fuerte donde se conservan las raíces de la memoria nacional y personal, donde se guarda a salvo aquello a lo que se retorna al buscar una pertenencia, un lugar propio en el mundo. No en vano la “roca española” es el propio Museo, piedra angular de la historia de nuestro país, testigo directo de las dos últimas centurias, y albacea de más de cinco mil años de arte y cultura, ya que la pieza más antigua es un retrato en diorita del rey sumerio Urningirsu de Lagash (2124- 2119 a.C). Y todo ello a través de las decisiones de monarcas, validos, aristócratas, artistas e intelectuales, que se asombrarían si pudieran ver en lo que se ha convertido el Museo que ayudaron a configurar, fueran o no conscientes de ello en su momento.  

Por tanto, el bicentenario del Museo del Prado supone una ocasión de celebrar la existencia de un lugar común para todos, ya que entiende que el patrimonio que conserva no pertenece únicamente a los españoles, sino que refleja un concepto de patria histórica y cultural que trasciende las fronteras políticas, ideológicas, sociales y económicas.  Estamos de fiesta.

Personalmente, ni siquiera puedo contar la cantidad de veces que he ido al Prado. Cuántas horas he pasado deambulando por sus pasillos, descubriendo maravillas que ni sospechaba que existían, el número de veces que he parpadeado de asombro, o entornado los ojos para no perderme ningún detalle. La de cosas que he aprendido, de las que no vienen en las cartelas, sino de las que se asimilan contemplando el espíritu reflejado en tantas lecciones en forma de arte. Cuantísimas personas me han acompañado por las galerías, a cuántas he conocido entre sus muros, y todas ellas tan bellísimas como las obras que cuelgan de las paredes. Innumerables risas, miradas de complicidad, suspiros de varias clases, e incluso alguna que otra lágrima.

He vivido bajo el techo del Prado tantas cosas, que podría hacerse una película de mi vida en sus salas, si algún insensato se propusiera hacer tal cosa. Desde la primera vez que sentí terror ante el Saturno de Goya, el momento revelador que fue ver en persona el Fusilamiento de Torrijos de Gisbert, o la alegría de ver las distintas versiones de los retratos de la infanta Margarita reunidas (entre las que sólo faltaba mi propia foto vestida como el cuadro que entonces se atribuía a Velázquez). Por no hablar de todos los recuerdos con amigos de verdad, muchos de los cuales llegaron a mi vida precisamente porque existe este museo.

Le debo mucho al Prado, y creo que muchos de los amantes del arte también. E incluso me aventuro a pensar que los que afirman que un museo no es para ellos descubrirían que el Prado tiene algo para todo el mundo. Algo parecido al anuncio de Coca-Cola de hace unos años, pero en versión profunda. Sea cual sea la emoción que sientas, hay un cuadro en este museo para ti.

En doscientos años el Prado ha sido la casa de muchas personas, una constante en la vida de muchos. Mientras el mundo cambia, el Prado permanece, conectándonos con nuestros primeros recuerdos, a lo largo de la memoria personal y colectiva que guardan sus obras. Como si la mirada de cada uno de nosotros permaneciera en ellas para siempre.

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El poder de las palabras.

Please and Thank You are still Magic Words

Cuando un niño pequeño pide una cosa, siempre se le pregunta primero: “¿Y la palabra mágica?”. Y “¿Qué se dice?” al recibir lo que había demandado.

Y es cierto, son palabras mágicas. Producen extraños e inesperados efectos en quien las dice y en quien las recibe. Porque con ellas manifestamos que somos, de alguna manera, débiles, que necesitamos de los demás, de su ayuda y su presencia. Y a través de ellas expresamos nuestro respeto y estima hacia el otro, y que nos consideramos afortunados de haber obtenido algo que no siempre merecemos.

Las palabras son importantes. Sin ellas, estaríamos aislados en nosotros mismos, porque nuestra mente y nuestro corazón no podrían expresarse. En el idioma que sea, de forma oral o por escrito, el lenguaje nos hace humanos, porque a través de él se manifiesta nuestra libertad, inteligencia y voluntad.

Todos tenemos unas cuantas palabras predilectas. Nos gustan porque nos recuerdan algo o a alguien, porque suenan bien, o porque su significado nos resulta evocador. Cada palabra es única e inimitable, aunque se puedan encontrar decenas de sinónimos en un diccionario. Siempre hay un “algo” que le hace especial.

Por ejemplo, almuerzo es una palabra fabulosa. Cuando uno pronuncia, lee o escribe esta palabra, viene a la mente una imagen distendida, de personas unidas en torno a una mesa, riendo y disfrutando de las cosas sencillas de la vida. Cuáquero es, sin duda, una palabra estupenda, de una fonética casi musical. Y, no sabría explicar por qué, pero hace pensar en tiempos pasados, como de novela de aventuras, aunque su significado no tenga nada que ver con esa idea.

Hay palabras que llevan consigo un mundo tan profundo, que no deberían decirse si uno no conoce verdaderamente su significado, hasta sus últimas consecuencias. No se deben emplear a la ligera palabras como prometoverdadquiero. 

Otras palabras no se usan nunca, porque suenan antiguas. Honorcaballerosidad están muy pasadas de moda. Otras se oyen menos, porque dan miedo, y se le quita peso a su significado; sacrificio,  esfuerzo y  lealtad  son cada vez más “light”. En cambio, algunas se han vuelto casi omnipresentes, como fácil  y rápido.

Hay palabras para casi todo. Y aprender a conocerlas todas es una aventura, en la que se viven todo tipo de experiencias. Y éstas siempre son mejores cuando sabes qué palabra usar para describirlas.

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