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Daltónicos del gris

A lo mejor eres daltónico y no lo sabes. O daltónica, aunque si lo ignoras no va a dejar de ser así porque le cambiemos la desinencia. En fin, que igual no te has dado cuenta, pero es posible que se te escapen ciertos tonos cromáticos de la realidad. Los que hay entre el blanco y el negro, en concreto. Que no sé cuántos son, pero seguro que muchos. Así que si sufres daltonismo de la gama de grises, te estás perdiendo un montón de cosas.

Es una dolencia que no hace acepción de personas; puede afectar a hombres, mujeres, jóvenes y viejos. A los niños, en menor medida, la verdad. Casos excepcionales. Pero ha manifestado en personas del campo y de la ciudad,  con y sin educación superior, de todos los ámbitos profesionales, creencias e ideologías, de izquierdas y de derechas… A lo mejor es un virus que ha mutado, ya que últimamente resulta contagioso.

Puedes diagnosticar este daltonismo en ti o en los demás, es bastante sencillo. Lo difícil es curarlo, aunque creo que es posible. Pero lo primero es darse cuenta de la existencia del problema. No soy una experta, pero parece ser que las personas que no distinguen bien los grises suelen establecer categorías mentales muy cerradas, que a su vez incluyen relaciones con otros conceptos, y sólo con esos, nunca con otros.

Me explico. Si sólo ves en blanco y negro, sueles pensar que la idea de libertad va asociada a ser sujeto de derechos ilimitados, que ser musulmán implica indefectiblemente una actitud misógina, que la esgrima es un deporte de niños ricos, o que por ir a misa votas al partido conservador. Vamos, que si no distingues el gris marengo, te resulta impensable que un boxeador sea pacifista, o que la gente que se dedica al teatro sea responsable. Si las perlas son siempre blancas, y nunca grises, en qué cabeza cabe que la ópera pueda gustar a un fan de ACDC. Si no captas los matices de una grisalla, todo va en su caja, y no sale nunca de ahí, porque las cajas están cerradas herméticamente.

Hay mucho daltónico suelto. Esa gente que, por no molestarse en darle la vuelta al tríptico, se pierde la maravillosa obra que hay en las puertas una vez que las cierras y dejas de mirar lo evidente.

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Los Desposorios de la Virgen (detalle del exterior) , Robert Campin, 1420-1430   Madrid, Museo Nacional del Prado

 

Y no es que sea grave, no te mueres de eso, pero yo creo que sí eres un poco menos feliz, porque es una condición que empobrece los ricos matices de la vida. Es posible que la causa esté en la falta de conocimiento de personas foráneas del propio ámbito, en no dominar la sana pero difícil técnica de la escucha, en el afán de revelar el rollo propio y no contemplar el ajeno. Y en la carencia o adormecimiento de la curiosidad y la imaginación, que ojalá se vendieran en píldoras en las farmacias.

¿La solución? Difícil, pero no imposible. El primer paso, como para casi todo, mirarse un poco menos el ombligo, que ya es viejo conocido, y levantar los ojos hacia lo que hay alrededor, que igual hay algo nuevo o distinto. O lo de siempre, pero con más color. Como en Pleasantville. Y después, escuchar, leer, contemplar: conversaciones, música, libros, museos, teatros, paisajes, viajes, aunque sea al barrio de al lado, en el que nunca has estado.

Te darás cuenta de que el mundo no es como pensabas, y de que entre el blanco y el negro no sólo hay innumerables tonos de gris, sino incontables gradaciones tonales de cada uno de los colores de la gama cromática.

Y me aventuro a apostar que, más o menos, tantos como personas puedas conocer.

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