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Mastercard.

Regalamos mucho. Cumpleaños, aniversarios, celebraciones varias, santos y onomásticas, el Día Internacional de Lo Que Sea, o, simplemente, porque sí. El caso es que, a lo largo del año, tenemos un montón de ocasiones en las que comunicamos nuestro aprecio a través de un regalo.

norman rockwell regalo
“Regalo de Navidad”, Norman Rockwell. 

Pero, en general, no sabemos regalar. Compramos un montón de cosas inútiles, a menudo sin ningún valor personal, que, en el mejor de los casos, sólo vienen a aumentar el número de “cosas” que poseemos, y, con demasiada frecuencia, el número de trastos. Cierto es que, muchas veces, dicho trasto pasa a ser un recuerdo de una persona querida, u objeto de ilusión y aprecio por parte del regalado, pero tenemos tanto de todo que al final los detalles se pierden en la inmensidad.

Dirán mis lectores que siempre acabo barriendo para dentro, pero ¿qué tal si regalamos más cultura? Me replicarán que el precio de los libros se ha subido a la parra, que las entradas para conciertos y espectáculos varios sólo son asequibles a costa de visibilidad, que la música y el cine son gratis en la red…

No lo negaré. Pero, si lo pensamos bien, invertimos cantidades de dinero mucho mayores en el último aparato electrónico (que en poco tiempo está anticuado), en ropa de temporada que al final acaba en el fondo del cajón, por no hablar de parafernalia varia sin ningún tipo de utilidad.

En cambio, si regalamos la entrada a un museo, estaremos abriendo la puerta a una pasión que puede durar toda una vida. Si regalamos un libro, será el principio de una larguísima lista de cosas por aprender. Si invitamos a alguien al ballet, le proporcionaremos un recuerdo imborrable de belleza que entra por todos los sentidos, pues la primera vez que se te pone la piel de gallina de esa manera no se olvida nunca.

Si es que son todo ventajas… Apoyaremos las diversas industrias culturales, desde el cine hasta las editoriales, fomentaremos la continuidad de buenos profesionales en dicho campo, y, sobre todo, contribuiremos al verdadero enriquecimiento de la sociedad, que falta nos hace.

Regalando arte, música, literatura, cine, teatro, historia…puedes cambiar la vida de alguien. Y eso no tiene precio.

“Para todo lo demás, Mastercard“.

 

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Antes molábamos.

"Interior con mujer joven de espaldas" Vilhelm Hammershøi, 1904.

“Interior con mujer joven de espaldas” Vilhelm Hammershøi, 1904.

Nos hemos vuelto cutres. Ésa es la palabra, cutres. Parece que somos demasiado vagos para molestarnos y hacer las cosas bien hasta el detalle. Y no tanto por las grandes obras de la humanidad contemporánea (afortunadamente, sigue habiendo genios y grandes profesionales), sino sobre todo, en la vida de la gente común.

Y déjenme que les proponga ejemplos muy pequeños, pero muy ilustrativos.

Hemos cambiado las sábanas por el edredón porque éste no requiere planchado. Se nos ha olvidado la receta de las lentejas, porque ahora los ingredientes se introducen en una máquina que parece que hace magia y las cocina con chorizo y todo. La pluma estilográfica se ha convertido en un artículo de coleccionista, porque se pierde mucho tiempo en reponer los cartuchos de tinta. El mantel de hule y los platos de cartón se han convertido en la vajilla habitual en las reuniones en torno a una mesa, porque es muy molesto lavar tanto utensilio. El peinado de moda es no peinarse, no vaya a ser que parezca que te has arreglado. Las notas de agradecimiento o felicitación son un recuerdo de un pasado romántico digno del cine, porque es más cómodo y sencillo enviar cualquier tipo de texto o imagen prediseñada por cualquier medio electrónico.

Y antes de que se dispongan a replicarme los daltónicos de la gama de grises, diré que no se trata de renegar de los avances de los tiempo. Evidentemente, no es preciso dormir todas las noches en sábanas de hilo, cenar soufflé de trufas los martes,  tomar el vino en copas de cristal de Limoges o enviar un telegrama para avisar de que has perdido el tren y llegarás tarde. El sentido común se presupone…

Pero es cierto que, por no molestarnos y no perder tiempo, corremos el riesgo de convertir nuestra vida en una mera sucesión de trámites, solucionados con la mayor eficiencia y rapidez posible, sin disfrutar de los pequeños grandes placeres de la vida. Y en el fondo de esa dejadez se esconde, quizás, una sombra de egoísmo, por no prestar un poco de tiempo y atención a algo que, posiblemente, podría alegrar a los que tenemos con nosotros.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero creo que sí era menos cutre, y más dado a manifestar el aprecio en detalles pequeños, pero, al fin y al cabo, importantes.

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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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Cada cosa a su tiempo.

**Para componer esta canción, los Byrds se inspiraron en un Salmo del Antiguo Testamento  (Eclesiastés, 3  1-8).  Encontraréis la traducción al español aquí: http://www.goear.com/lyrics/67160/turn-turn-turn-1967-the-byrds-

 

Todos soñamos con una vida perfecta. Y es natural. Al fin y al cabo, tenemos impreso en nosotros el billete hacia la felicidad. Lo que pasa es que hay muchos espejismos que se le parecen, pero que no lo son. Y también  hay felicidad que se esconde bajo el dolor. A veces, incluso no sabemos qué es la felicidad, sólo sabemos que la buscamos.

Pero no la encontraremos si la perseguimos con demasiada insistencia.  Es como una de esas chicas maravillosas, conscientes de su encanto, que no se dejan conquistar fácilmente.

En la vida el sufrimiento, la pena y el miedo conviven con la alegría, la ilusión y la paz. Y no podemos pretender cambiar eso, porque no está en nuestra mano, no nos corresponde.

Ignorar el mal propio o el ajeno, o querer evitarlo a toda costa no es la solución. Es propio de cobardes, no de quien mira a la vida de frente. En palabras de Balzac, negarse a sufrir no significa fortaleza sino debilidad.

Aspiramos a ser felices, claro que sí. Pero no tenemos “derecho” a serlo. No es algo que se nos deba por el mero hecho de existir. Hemos de procurar felicidad nosotros y para los demás, pero tenemos que ser conscientes de que no sólo no podemos evitar el dolor, sino que a veces lo que  necesitamos es no darle la espalda y enfrentarnos  a él con valentía y generosidad. Nos hemos vuelto muy cómodos, y en ocasiones  la mera mención del sufrimiento genera una sensación de pánico en algunas personas.

La vida tiene sus etapas, unas buenas y otras malas. Hay un tiempo para todo, y todo llegará, cuando tenga que llegar. No lo digo yo, es así, escuchen cualquier historia por la calle y lo comprobarán. Querer eliminar cualquiera de las fases sería empobrecer la vida, que únicamente se puede experimentar en plenitud de una forma:  viviendo. No existe la vida perfecta, existe la vida de cada uno, así, sin más.

Y la felicidad puede tomar muchas formas, puede habitar en los tiempos buenos, y en los menos buenos. Pero por lo general, es ella la que nos encuentra a nosotros, y no al revés.

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¿A qué estamos esperando?

"La Libertad guiando al pueblo", Eugène Delacroix. (1830)

¿Quién le mandaría a ese muchacho meterse en semejante lío? ¿Es que no es consciente del riesgo que corre, de que podrían matarle…? Toda una vida por delante, tanto por hacer, por sentir…a punto de desperdiciarse. Y todo por un ideal absurdo, por un sueño que no es más que eso, una fantasía juvenil.

¿Y el caballero del sombrero alto? ¿Va a sacrificar el sustento de su familia, los logros de su vida, va a echarlo todo a perder, cuando parecía que ya tenía todo hecho, y podía sentarse a disfrutar de ello? Lamentablemente, se dejó llevar por la emoción, y creyó que aún tenía algo pendiente…

Posiblemente, casi con toda seguridad, ambos acabarán como sus compañeros, que yacen sin vida sobre la calzada de la ciudad. Lo único que encontraron al final de su lucha fue la muerte, sin llegar a ver nunca el fruto de su sacrificio.

Pero…

Parece que nos estamos olvidando de algo…

Ellos no la pueden ver, aunque está allí, a su lado. En realidad, ella es la causa que les empujó a hacer lo que hicieron. La que les llevó a valorar sus propias vidas por debajo de un bien que consideraban mayor. Y lo hicieron libremente. Porque consideraron que eso es lo que debían hacer. Sólo la Historia pudo juzgar si su decisión fue útil. Pero su conciencia les dijo que era la correcta.

Desde que el hombre es hombre, ha habido gran cantidad de personas que han defendido con su vida el bien, la justicia y la libertad. Unos con nombres y apellidos, otros anónimos, y todos valientes.

Pero la realidad es que aún no ha terminado el tiempo en el que hombre debe construir el mundo, y hacerlo lo mejor posible. Aún hay mucho que cambiar, mucho por hacer. No hay más que mirar alrededor. Afortunadamente, en el mundo de las personas que leen esto ya no es necesario arriesgarse a morir por defender lo que es justo. (O casi…). Un motivo más para salir de eso que ahora se llama “zona de confort” y empezar a pelear por lo que creemos.

Es cierto que no tenemos grandes armas, que  las “grandes decisiones” (ésas que salen en los titulares de los periódicos), no dependen de nosotros…Pero sí tenemos el poder de elegir qué queremos hacer con nuestra vida, hacia dónde queremos ir. Y también es cierto que no siempre podemos creer en la política, pero sí en la justicia. Debemos creer en ella.

Porque es humano, porque no estamos aquí para ir a lo nuestro y mirar hacia otro lado. Porque esto es cosa de todos,  porque ya es hora de arriesgarse por algo que merezca la pena,  y porque los grandes cambios se apoyan en un ideal.

En lugar de la bandera de Francia, pongan ustedes ahí la de cualquier otro país del mundo, el suyo propio, el del vecino, o mejor, la  de su propia casa. Y es que la justicia, como todo lo bueno, empieza en casa.

 

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Esperando a las musas.

La inspiración no es territorio exclusivo de los artistas. Los pintores, escultores, músicos, escritores y demás creadores no son muy diferentes del resto de los mortales. Viven con la sensibilidad a flor de piel, y no pueden evitar poner su talento a trabajar, pero eso no quiere decir que posean el monopolio de las musas.

Todos tenemos un talento, un don, aunque no tiene por qué ser estrictamente artístico en el sentido tradicional del término. Sólo hay que descubrirlo. Y, por lo general, solemos encontrarlo en aquello que más nos gusta. El modo de emplearlo es decisión de cada uno."All-purpose Inspiration"

Y todos necesitamos inspiración. Porque si no, nuestro trabajo se convierte en algo impersonal, insulso, sin espíritu…Hasta el matemático busca y encuentra belleza en las interminables hileras repletas de números. Cuando amas lo que haces, te mueve la ilusión, buscas ayudar a los demás y mejorar un poco el mundo que nos han dejado nuestros padres y que heredarán nuestros hijos. Pones tu granito de arena.

Eso sí, desterremos la idea de que la inspiración llega sola, sin esfuerzo por nuestra parte, y que es como un soplo misterioso que hace que tengas una idea maravillosa, que dé frutos por ella misma. Se trata más bien de una pregunta que va creciendo poco a poco en tu interior, hasta que se hace tan nítida que ya no puedes ignorarla. Y entonces llegan unas ganas enormes, imperiosas, de empezar un proyecto, que siempre te viene grande. Pero, al mismo tiempo, intuyes que está pensado para ti, que lleva tu nombre.

Y esa ilusión es tan fuerte que sortea todos los obstáculos, y se va transformando en una determinación constante y valiente.

Y ¿por qué? Por nada, sólo porque crees en ello.

Pero, como decimos, la inspiración hay que buscarla, tener la mirada siempre atenta, porque puede aparecer a la vuelta de cualquier esquina. La música suele tener mucho que ver en su llegada, supongo que porque abre el corazón y despierta los sentidos de una manera especial. Claro que los libros, las palabras en general, son bastante inspiradores. Por no hablar de la llegada de las hojas en la primavera, la nieve, las nubes, la lluvia en los cristales, las estrellas, y el inexplicable fenómeno del mar, el horizonte y el ruido de las olas.

Luego entran en juego las preferencias personales de cada uno. En mi caso, es entrar en una papelería, y tener que frenar el impulso de llenar todos los cuadernos con mi letra. Hay quien prefiere las librerías, los parques, la decoración de Navidad, las tiendas de telas, las montañas, los bailes, las heladerías…

Sin embargo, creo que nada despierta nuestra creatividad como esas palabras adecuadas dichas en el momento oportuno, puede que de manera casual. Y esto me lleva a pensar que, muchas veces, las ideas más inspiradoras vienen de las personas que más queremos. De lo que dicen, de lo que hacen, de sus gestos…

Hace poco escuché que un músico decía, hablando de su banda, que esos chicos eran las personas más inspiradoras que había conocido. Lo que no sé es si decía eso porque los consideraba grandes artistas (que lo son) o porque eran sus amigos, y como tal, le inspiraban no sólo para ser mejor músico sino, fundamentalmente, para ser mejor persona. Porque eso es lo que hacen los amigos.

Al fin y al cabo, lo esencial de la inspiración no es que nos dé grandes ideas, sino más bien grandes ideales, que nos hagan crecer por dentro.

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Do you believe in Rock & Roll?

La música es imprescindible. Casi como una adicción. Hay por ahí una canción que dice que la música nos hace mágicos, pero yo creo que es más bien al revés: somos capaces de crear y vivir la música porque somos algo más que mágicos.

Todo es mejor con música. El más anodino de los días mejora sustancialmente si le añadimos unas notas de emoción. Para empezar, mucho mejor que un impertinente pitido es  una buena canción: fundamental la radio-despertador. Cada mañana es única, y el día se presenta mejor si te sorprende con una canción inesperada.

No hay nada como hacer la cama al ritmo de Twist and Shout, o salir de casa tarareando un estribillo pegadizo, en lugar de ir pensando en lo tarde que llegas. Las calles cambian de tono si hay buena música de fondo, ya sea con la banda de jazz que toca tras la esquina, o con la sinfonía que se oye desde el asiento del conductor del autobús.

Un viaje en coche con Nights in White Satin y los Everly Brothers, recuperar el ánimo en la biblioteca con  I Won´t Back Down, cocinar la cena canturreando Katy´s  Song. Es incomparable la experiencia de sentarte ante tu cuadro favorito, y escuchar esa canción que parece escrita para él como banda sonora.

Bailar el Rock de la cárcel por el pasillo de tu casa, cantar por similitud fonética con tus amigos, porque lo que importa no siempre es la letra, sino lo que te hace sentir. Un atardecer acompañado por Beethoven, escuchar atentamente Mull of Kintyre en la playa vacía, entre el mar y el monte. Gritar y saltar en el concierto de tu grupo favorito; es tu modo de darles las gracias.

Saber que todo irá bien al volver a escuchar a George cantar Here comes the Sun, crecer por dentro al saborear las letras de Mumford y sus amigos. Darte cuenta de lo pequeño que eres cuando descubres lo increíblemente sencillo y grandioso que es el Cánon de Pachelbel.

Noches en vela leyendo, en las que parece que el mundo se para, al hilo de esas canciones que has escuchado millones de veces, pero que siempre tienen algo nuevo que decirte. Tardes de lluvia con los clásicos, en las que el agua sobre los cristales parece acompañar el ritmo de los fuegos artificiales de Haendel.

Redescubrir la juventud  de tus padres al poner de nuevo el tocadiscos en funcionamiento, con esos vinilos llenos de recuerdos. Ver cómo tu abuela vuelve a tener veinte años cuando canta una habanera, y saber que sigue tan guapa como entonces.

La música es capaz de descubrirnos cosas de nosotros mismos que ni siquiera sospechábamos. Pone palabras a nuestros sueños, es el libro en el que escribe nuestra alma. Es inspiración, consuelo, determinación, alegría, valor…Todo aquello que no podemos ver ni tocar, pero que sabemos que guardamos en nuestro interior, y que es lo más preciado que tenemos.

El día que muera la música, será porque habrá muerto el espíritu humano. Por eso es tan importante que la incluyamos siempre en nuestras vidas.

Claro que también hay un tiempo para el silencio, como cantaban los Byrds versionando un Salmo. Un tiempo para cerrar los ojos, asomarse a uno mismo, y pensar. A veces hay mucho ruido, y el silencio es necesario para conocerse a uno mismo y así poder dar lo mejor que uno tiene al gran proyecto que debería ser hacer del mundo un lugar aún mejor.

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Revolución.

Composición nº 8, Piet MondrianPero…¿y esto es arte? No voy a contestar, porque no existe una respuesta adecuada, que asegure el aprobado.

Sólo puedo decir que a mí me gusta. Lo veo, y pienso en lo sencillo que parece hacer que los colores armonicen. Pero ya sabemos que las cosas no son lo que parecen, y menos en materia de arte. Y, además, que sea sencillo no quiere decir que sea menos meritorio, ¿verdad?. Pensemos en la simplicidad y la pureza de líneas de Palladio… A nadie se le ocurriría cuestionar la validez artística de su arquitectura.

Mondrian es también arquitecto, puro orden y equilibrio. Veía el universo como una creación perfecta, en la que todo está maravillosamente regulado, cada cosa en su sitio, hasta el más ínfimo detalle. Sus cuadros son la arquitectura interna del mundo. A sus ojos, la naturaleza desvela un grandioso proyecto, una genial estructura, que escapa a los límites de la razón humana. Quizá por eso, en lugar de explicarlo, Mondrian prefirió pintarlo.

Además, es alegre y divertido. Los colores planos, sin gradación de luces y sombras, recuerdan los placeres cotidianos, los que están siempre a nuestro alcance, sin complicaciones. Al mirarlo, pienso en lo fácil que es sonreír.

De alguna manera, estas pinturas serían como un cuadro del alma del hombre. Estructurada en torno a unas líneas básicas, que forman las encrucijadas del camino, y coloreada por sentimientos y decisiones, que hacen que cada una de ellas sea única. Orden perfecto, con la dosis adecuada de emoción impredecible, siempre enmarcado por la libertad.

Es difícil transmitir todo esto tan sólo con unas cuantas líneas negras y unos cuadrados de colores, aunque hay que tener los ojos bien abiertos. Y es que una técnica muy elaborada no garantiza una gran obra de arte. Al fin y al cabo, muchas veces, menos es más, y tras lo más pequeño se esconde lo más grande.

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¡La vida es bella!

Hace un tiempo escribí que la belleza es consuelo. Y lo sigo pensando. Lo compruebo cada día, porque, en este mundo que gira tan rápido alrededor de sí mismo, y en el que últimamente parecen escasear las buenas noticias, la belleza hace mucha falta.
Y no me refiero únicamente a esa belleza que se ve, ni a la que motiva las modas, ni la que se emplea como espejo de prestigio, que a veces no es real.
Estoy pensando más bien en esa belleza que se nota cuando te paras a apreciarla. En esa sonrisa que se sin querer se dibuja en tu cara cuando ves los juegos de un niño.
Esa que, en un día que parecía dominado por la tristeza, hace despertar un suspiro de admiración ante un atardecer anaranjado reflejado en los cristales de tu ventana. Esa belleza que consuela, cuando, en medio del dolor, llega hasta ti camuflada en un abrazo amigo.
Lo sorprendentemente bello de tu ciudad, con sus edificios, escenario de tantas historias, de tantas vidas. Las flores bajo las ventanas y en los balcones, un respiro de la naturaleza en medio del ajetreo de las calles.
Pienso también en la belleza inefable de una canción, que parece escrita para que tú la escucharas ese día y en ese momento, y que te da el empujón que necesitas para seguir luchando.
Lo bello que esconden esas palabras escritas, esos personajes que, de una u otra forma, te acompañarán siempre en tu memoria. La belleza de esas historias que te inspiran, te apasionan y te hacen ver el mundo con una nueva mirada. La hermosura de esos colores que despiertan tu corazón, que te atrapan, y te transportan a lugares desconocidos, sólo soñados.
La belleza que te espera en los ojos que amas, en esa sonrisa que admiras, en ese gesto que siempre te hace reír.
Si miramos a nuestro alrededor, encontraremos belleza por todas partes. En lo pequeño y en lo grande, en las cosas y en las personas, en sus actos y sentimientos.
Y si esa belleza logra hacernos un poco más felices, habrá cumplido su misión.

 "Mr. Happy", Roger Hargreaves

“Mr. Happy”, Roger Hargreaves

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