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La universalidad del arte.

"Piedad", Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

“Piedad”, Miguel Ángel Buonarroti, 1498-1499.

 

Lo mejor del arte es que es profundamente humano. Todo el mundo puede entenderlo, y sentirse interpelado, aunque no haya pisado un museo, un aula de arte, ni leído un catálogo razonado en su vida.

Y es que precisamente eso, la vida, sobre lo que va el arte. La de todos, la de uno mismo, la del de al lado, la de los hombres del pasado, y también del futuro. Es que, en el fondo, pero en el fondo de verdad,  somos todos iguales.

Lo grande del arte es que no precisa códigos para descifrarlo, ni se necesitan fórmulas para disfrutarlo. Esto es más evidente en el arte figurativo o clásico, pero si uno tiene la sensibilidad un poco receptiva, es capaz de descubrir este reflejo de humanidad en todas las formas, colores y materiales, en toda experiencia estética. Por eso, este principio es extensible a toda forma de arte, lo cual incluye la música, la literatura o la danza, por ejemplo. La atracción por la estética es algo innato en todos nosotros, no hay modo de evitarlo.

Pero, en realidad,  sólo hace falta una cosa: la naturaleza humana. Naturalmente, uno procura conocer lo que ama, y por eso existimos los historiadores del arte, que hemos hecho de nuestra pasión nuestra profesión. Pero, antes que el conocimiento, vino el “flechazo”.

Y lo más maravilloso de todo, lo que hace del arte un lenguaje común, es que es algo que podemos compartir todos. Porque la naturaleza humana es la misma en el romano que luchó en la conquista de Cartago, en un chico que envía un whatsapp a su novia, en un monje que copiaba textos de Aristóteles en el scriptorium, que en el campesino ruso que arriesgó su vida al reclamar la libertad.

Hagamos una prueba. Imaginemos que, en un futuro no demasiado lejano,  todas las manifestaciones artísticas y culturales que se han producido hasta el día de hoy desaparecen. Por la razón que sea, el motivo importa poco. Todas, menos una: la “Piedad” de Miguel Ángel, la del Vaticano. Supongamos que un hombre la encuentra y la contempla. No sabe quién fue Miguel Ángel Buonarroti, desconoce absolutamente que alguna vez hubo un estilo artístico denominado Renacimiento. Y, por supuesto, no tiene ni idea de qué fue la Antigüedad clásica, ni mucho menos la cultura occidental judeo-cristiana.

Pero sus ojos ven una mujer que sostiene entre sus brazos a un hombre muerto. Ve que ella tiene una expresión de sufrimiento, y siente cómo su dolor parece traspasarse a su propio interior. Mira el cuerpo inerte del hombre, que era aún joven, e intuye que no tendría que haber muerto todavía, que su vida había sido cortada inesperadamente. La mano derecha de  ella se aferra al cuerpo de él, con una fuerza que muestra el amor que le tenía. Pero la mano izquierda permanece abierta, en actitud de aceptación, de recepción de lo que escapa a su poder. Y su rostro muestra pena, pero trasluce un lamento sereno, que no pretende venganza.

Y este hipotético hombre del futuro, desvinculado de toda referencia histórica y cultural, aprecia inmediatamente la obra como algo extraordinario. Pero no como mero vestigio del pasado, ni por proceder de la mano de un genio, ya que ignora todo esto. Amaría el arte por lo que es: una llamada a la puerta de su propio interior, de su más profunda humanidad.

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Aprende a enseñar; enseñando aprenderás…

Maestro que se estrena en el oficio, y se encuentra de pronto al frente de un nutrido grupo de vándalos. Perece un tópico más, con final feliz, y en el que, como no puede ser de otra manera, el profesor acaba reafirmándose en su vocación docente, y los alumnos redescubren un nuevo sendero para su vida. Pero las cosas no son siempre lo que parecen.

Y es que quizá nos venga bien a todos, alumnos, profesores y padres, volver a ver este clásico del cine.

Los chicos son, como muchos de los jóvenes de hoy, personas que, al poco de empezar a vivir de veras, han tirado la toalla casi sin llegar a usarla. Porque les han dicho que el mundo de ahí fuera es hostil, y que no habrá una oportunidad para sus sueños. Que más vale conformarse con lo que hay, sin intentar cambiarlo, tratando de ganarse un sueldo, para poder luego gastarlo debidamente. Que las ilusiones no llevan a ninguna parte, que no dan de comer.

Pero, como todos los jóvenes, en el fondo de su corazón se niegan a resignarse, y su lucha se transforma en rebeldía.

Y es ahí donde entra en juego el maestro que ha visto el inmenso potencial de estos chicos y chicas, la firme determinación que ilumina sus ojos. Su misión, más que enseñarles a memorizar innumerables datos, que siempre encontrarán en los libros, es plantar en ellos la semilla de la curiosidad, de la inquietud, las ganas de aprender y de adquirir las herramientas para luchar por sus sueños. Y también hacer de ellos, como él mismo afirma, señoritas y caballeros, es decir, mujeres y hombres capaces de trabajar por un mundo más justo y bueno, más humano. Sin miedo a las dificultades.

 

Ya sabemos que falta el dinero y sobran los problemas, pero siempre los hubo y siempre los habrá. Los mejores maestros no son los que tienen los mejores medios para sus clases, sino los que ponen ilusión cada día en ayudar a sus alumnos, y en aprender de ellos. Y los mejores alumnos no son los que hacen todo bien, sino los que tienen la  humildad de atreverse a aprender.

Los mejores profesores son los que determinan el verdadero éxito (no el del prestigio, sino el otro, el de la felicidad) de sus alumnos, y los que permanecen siempre en su memoria. Se les recuerda siempre con una sonrisa de agradecimiento. Y el recuerdo del maestro hacia el buen pupilo es igualmente entrañable. Lo que queda bien grabado, después de tantos años de clases, estudios, aulas y momentos buenos y no tan buenos, es que el conocimiento, ése que nos hace crecer, no tiene precio.

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