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Seamos realistas. Esto es feo.

En esa tarea casi imposible, pero que algunos insistimos en abordar con  el mayor de los empeños, que es definir la belleza, caben tantos matices que a veces parece que el hombre no ha sido ni será capaz de inventar las palabras suficientes ni apropiadas.

Pero no se puede resistir la tentación de medirse con  lo inabarcable, al menos desde lo limitado de nuestras capacidades de expresión. De modo que trataremos de  mirar la belleza centrándonos en una de sus múltiples facetas para tratar de recomponerla de nuevo, en plan cubista.

Y una de las mejores formas de acercarse a este fenómeno inexplicable es desde lo profundo del ser humano que es, al fin y al cabo, el principal destinatario de lo bello. Por ello, podríamos definir la belleza, entre otros miles de formas y  símiles con mayor o menor dosis de poesía, como aquello que muestra el mayor tesoro del hombre: su dignidad.

Es decir, bello sería todo aquello que ponga en valor lo bueno que hay en la naturaleza humana, lo que le acerca a su finalidad definitiva y ensalza su verdadera valía.

Siguiendo este argumento, lo “feo” sería precisamente lo contrario: lo que refleja los instintos bajos del hombre, los que responden a la versión “animalizada” de su naturaleza y difuminan su profunda grandeza.

Y sí, es cierto, antes de que alguien replique: existe una estética de lo feo. Pero es de lo feo, no de lo bello. Tiene perfecta cabida en el pensamiento y en la creación artísticos, pero es feo.

SATURNO

Francisco de Goya, Saturno, 1820-1823. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Las Pinturas Negras de Francisco de Goya son absolutamente maravillosas, y poseen un gran valor artístico, histórico, social y humano. Son increíbles, y todo el mundo debería tener la oportunidad de estremecerse en directo ante ellas en el Museo del Prado.

Pero son feas.

Si a alguien se le ocurriera describirlas con el adjetivo “bonitas”, decir que son reflejo de lo bello, creo sinceramente que estaría equivocado. Con todos mis respetos.  El hombre despojado de conciencia no es algo bello, si bien a veces es necesario mostrarlo.

Y ése es el problema. Que se están invirtiendo los términos, y, a fuerza de no pensar, se deja de llamar a las cosas por su nombre.

Que una obra de arte sea rompedora, original, impresionante (y ésos son conceptos que requerirían una reflexión aparte), no quiere decir que sea bella. Y es posible que, según qué casos, ni siquiera sea una obra de arte (y esa cuestión sí que sería merecedora de  todo un tratado).

Pues eso. Que no nos vendan la moto. No es bello todo lo que reluce.

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La mano de Apolo.

La primera vez que vi esta escultura, no recuerdo cuándo, pensé que era maravillosa. Y no por el movimiento congelado de las figuras, la viva expresividad de los rostros, ni por el equilibrio imposible que desafía a la gravedad desde hace siglos.."Apolo y Dafne", Gianlorenzo Bernini, 1622-1625.

Es la mano. Esa mano fabulosa con la que él intenta inútilmente alcanzarla a ella, provocando que la joven se oculte para siempre bajo la forma del laurel. Es la vieja historia de la persecución amorosa, magistralmente narrada sobre mármol por el talento de Bernini.

Y tiene que ser ésta, la mano de Apolo sobre la cadera de Dafne. He tratado de buscar una fotografía que hiciera justicia al gran escultor, pero no he tenido demasiado éxito. Aparecen en la red y en los libros cientos de imágenes de manos esculpidas por Bernini: la de Plutón atrapando a Proserpina, las de Santa Teresa extasiada… Pero no es lo mismo.

En el gesto de Apolo no vemos violencia ninguna, sino más bien delicadeza, tratando de tocar, enamorado, a la ninfa que le ha deslumbrado en un breve instante. Y Dafne se retira suavemente, sin brusquedad, al notar la leve presión de la mano del muchacho.

En esa mano se concentra la esencia del mito, quizá más que en el resto de la "Apolo y Dafne", Bernini. Detalle.obra. El impulso amoroso de él, que le impele a correr tras su amada, buscando poder retenerla. El instintivo miedo de ella, que no quiere ser atrapada, y prefiere cambiar su belleza juvenil por la de la naturaleza, antes que vivir encerrada en un amor que no corresponde.

Si ocurriera una desgracia y la escultura fuera destruida, pero quedara tan sólo ese fragmento de la mano, espejo de la impulsividad del enamoramiento humano, sería testimonio suficiente para considerar a Bernini como lo que es: uno de los más grandes artistas de todos los tiempos.

De ésos que no precisan de grandilocuencias, sino que demuestran el genio en el más ínfimo de los detalles.

**Para más información sobre el mito de Apolo y Dafne, léase las Metamorfosis de Ovidio. Para los que no las tengáis en casa, o en la biblioteca más cercana, con un solo click podréis disfrutar de éste y otros episodios: http://www.imperivm.org/cont/textos/txt/ovidio_la-metamorfosis_libro-i.html

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