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Promesas cumplidas.

"El viaje a Belén", mosaico de San Salvador de Cora. Siglo XI.

La letra de un villancico tradicional dice así: “De Nazaret a Belén hay una senda; por ella van los que creen en las promesas”. Es un único verso de una canción que puede parecer infantil, pero que, si uno se para a darle vueltas, da mucho que pensar.

Es la senda que recorrieron María y José, antes de que naciera el Niño. Aparentemente, se pusieron en camino porque era “lo que tocaba”, ya que debían cumplir el edicto famoso e ir a su ciudad de origen a registrarse en el censo. Aparentemente.  Porque luego uno se da cuenta de que nada ocurre por casualidad.

La joven pareja tenía ante sí, además de un largo viaje, una gran incógnita. Habían puesto sus vidas al servicio de una promesa, habían dejado a un lado todos sus planes para emprender una gran tarea que les había comunicado el ángel. Habían puesto su futuro en manos de un Niño que aún no había nacido. Se guiaban por una promesa, en la que habían depositado toda su fe.

Y, ojo, que la canción dice “senda”, no “autopista”, o “vía rápida”, ni siquiera “carretera”. Senda. O sea, un camino abierto por los pasos de los hombres a lo largo del tiempo, a base de esfuerzo, paso a paso. Ni comodidades, ni facilidades, ni respuestas rápidas esperaban al Niño y a sus padres. Y lo sabían. Y aún así, creyeron y se pusieron en camino.

Hoy, ya casi nadie cree en las promesas. Porque no se puede asegurar que se vayan a cumplir. Porque creer implica esperar. Y lo queremos todo, lo queremos ahora. Porque es más sencillo no complicarse y no arriesgarse, no vaya a ser que luego nos desilusionemos y nos defrauden. Porque parece ser que sólo esperan los tontos, y sólo creen los niños. Sin embargo, es posible que siempre nos falte algo, que nuestras respuestas se queden cortas.

Y nos pasa algo muy curioso. En Navidad, nuestra fe parece despertar del sueño que dormía, o al menos hace algún amago. Porque la Navidad, damas y caballeros, no es otra cosa que un tiempo de fe.  “Una temporada de fe perfecta”, parafraseando el título de  un imaginario artículo de un escritor de una estupenda película.

El reencuentro con familiares y amigos, la magia y la ilusión de los regalos, el colorido de los adornos, el sentimiento de generosidad que se intensifica…Todo ello debería responder a algo más que los dictados del calendario. La alegría de estos días y los buenos deseos no tienen sentido alguno ni son verdaderamente auténticos si se viven porque es “lo que toca”.

La Navidad se celebra por una razón: porque las promesas se han hecho y se hacen realidad. El Niño nació, y dio sentido por fin a todas las dificultades, dudas, sufrimientos e inquietudes. María, José y el propio Niño, vivieron la misma vida que nosotros: disfrutaron del cariño de los demás, pero también estuvieron solos y se sintieron abandonados. Tuvieron ilusiones y lucharon por ellas, a pesar del miedo al fracaso y las decepciones.

La senda que va de Nazaret a Belén no fue sólo para ellos, es también para nosotros. Caminaron por ella, venciendo el cansancio y todos los obstáculos, animados por su fe. Y lo mismo al huir a Egipto, y al regresar a Nazaret. Hay muchas sendas de ésas, para los que creen en las promesas. Y están ahí todo el año, no únicamente en Navidad, porque la fe no entiende de fechas ni calendarios. Cada uno tiene que encontrar la suya, y recorrerla sin miedo.

Porque, en el fondo, todos los finales felices empiezan con una promesa. Y siempre se cumple.

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