Archivo de la etiqueta: Museos

No es por el oro

“El caballero de la mano en el pecho” (detalle), El Greco, ca. 1580.
Madrid, Museo Nacional del Prado
Y en la pantalla de mi ordenador

Cuando me metí en esto ya sabía que no era por el oro. En realidad, lo sabía desde mucho antes, desde que me dejé seducir, hace ya bastantes años. Así que, en realidad, era plenamente consciente de que estaba entrando en un jardín de los más espesos. De los ingleses, de esos en los que no hay parterres ordenaditos y recortaditos, sino árboles y matorrales creciendo sin cortapisas.

En fin, que sabía que pasaría esto. Que tendría que dar explicaciones acerca de por qué el arte, y no otra cosa más lucrativa, o que diera más estabilidad a corto plazo. Sabía que habría momentos en que me preguntaría a mí misma por qué lo hice, cuando pareciera que no hubiera puertas abiertas, que esto no me llevaba a ningún sitio.

Y de pronto, el ordenador viene al rescate. Benditas tecnologías que permiten guardar un pedacito de maravillas para poseerlas un poquito.

Plas. Un recordatorio de que todo el esfuerzo, las negaciones, las excusas que das de tus ausencias, la frustración por lo que no has conseguido, la esperanza de lograrlo, el buscar ganas donde ni siquiera sabes si las hubo… todo ese cúmulo de sensaciones variopintas que experimentas cuando estás persiguiendo una ilusión, todo eso cobra sentido sólo con contemplar aquello por lo que trabajas.

Y entonces rememoras todo. El primer estremecimiento al ver tal o cual obra (ponga cada cual aquí el título correspondiente), el momento en que dejaste de tomar apuntes para quedarte con la boca abierta y el corazón henchido ante la imagen proyectada en la pantalla, en el aula a oscuras, con la voz del profesor resonando a lo lejos. Revives la emoción de ver una de esas piezas en directo, casi como una gruppie al seguir a su cantante favorito, el impulso de comprar todos los catálogos y productos de papelería con detalles de las obras de lo más variado, viviendo un auténtico fenómeno fan.

También te acuerdas de lo mucho que te costó llegar hasta donde estés, pero eso es lo de menos. Porque si no te hubiera gustado el camino, si no lo hubieras disfrutado, lo habrías abandonado. Hay otros destinos y otros viajes por ahí, pero no son tan divertidos. Al menos para mi.

Y al final, vuelta al ruedo. Porque, aunque no es por el oro, sí hay un motivo. Y, en mi caso, no es por la plaza. Nunca lo ha sido. Si fuera por la tranquilidad de tener el futuro profesional asegurado, habría estudiado una carrera de esas de siglas, para dedicarme a comprar y vender. No me hubiera metido en este berengenal, que ya la vida es bastante complicada.

Pues eso, que no es por el oro. La mejor respuesta es la que me dio una amiga: es por ser feliz.

Anuncios

2 comentarios

Archivado bajo Uncategorized

Todavía quedan locos.

contemplacion 2

Todavía quedan locos. Personas que se dejan llevar por el rapto de los sentidos para sumergirse en un profundo océano de emociones y pensamientos descontrolados. Gente a la que no le importa demasia la hora que marca el reloj.

Al principio es algo muy inocente, pero una vez que estás dentro, es difícil salir de ese “país de las maravillas” en el que has entrado. Comienza siempre de forma insospechada , y nunca sabes cuándo va a suceder. No puedes programarlo, llega cuando quiere, y se marcha cuando le parece.

Pero suele empezar con un una intensa atracción de la mirada y un suspiro. Un suspiro profundo, más hacia el interior que hacia fuera, y que hace que, casi sin darte cuenta, contengas la respiración. Y has caído.

De pronto, llegan a tu cabeza millones de pensamientos incontrolados, que hacen que el tiempo y el mundo se paren, mientras tu mirada va de un lado a otro, tratando de agotar toda la belleza, de capturarla para siempre en tu memoria. Es como si un imán te dejara allí pegado para siempre.

En un plazo de tiempo indeterminado, de la agitación y la emoción incontenida pasas a la serenidad, como si ya hubieras encontrado lo que habías estado buscando, y supieras que puedes acudir a ello en cualquier momento.

Ésa es la señal de que estás listo para volver a tu vida. Aunque, de alguna manera, ya no eres el mismo, puesto que llevas contigo un poco de esa belleza que te ha abrazado durante un rato. Es como si hubieras aprendido una lección de las que no se evalúan con una nota, has crecido.

Estos transitorios episodios de locura están médicamente diagnosticados como “Síndrome de Stendhal” o “Síndrome de Florencia”, incluso “estrés del viajero”. El primero de estos nombres recuerda al escritor francés Henri Bayle, alias Stendhal, quien trasladó al papel su experiencia estética en la Santa Croce florentina:

Había llegado a ese punto de emoción en que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme.

Y es que la contemplación del arte puede llegar a ser algo peligroso. Pero, como todo el mundo sabe, quien no arriesga, no gana.

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Las gafas para ir al Museo.

Gafas para ir al MuseoTodo el mundo habla de los museos. Bueno, más o menos todo el mundo. Casi todos hemos estado en alguno (o al menos eso me gustaría pensar). Pero, ¿qué es un museo?

En teoría, según la etimología (búsquese en un buen diccionario o enciclopedia, que para eso están), es la casa de las musas, el lugar donde se atesora la belleza que éstas inspiran. Pero yo creo que un museo es, por encima de todo, un refugio, un rincón de maravillas sin cuento, donde el espíritu reposa. Un sitio para pasárselo bien, vaya.

Aunque, tristemente, en los últimos tiempos parece haberse perdido ese carácter casi fantástico, y los museos cada vez se parecen más a una oficina o unos grandes almacenes. Por eso mucha gente los considera aburridos, o acuden a ellos movidos por una especie de imposición social. Y se están perdiendo algo formidable.

Lo cierto es que para difrutar de un museo no hace falta ser un experto, ni siquiera es necesario tratar de “entender” lo que se nos muestra. Tan sólo se necesita una cosa: tener ganas de ver y vivir cosas nuevas.

Pero tiene su truco: hay que ponerse las gafas de niño. Ésas que ciegan los prejuicios y las presunciones, y sólo dejan pasar aquello que se pueda ver con inocencia, curiosidad e imaginación.

Lo malo es que hay muchos mayores que perdieron esas gafas…Por eso lo mejor es usarlas desde pequeño, y tenerlas siempre a mano, guardadas en una buena funda que las preserve de la seriedad que a veces aparece con el paso de los años.

Con esas lentes, uno puede asombrarse de un montón de cosas que de otro modo pasarían desapercibidas. Mundos desconocidos aparecen como por arte de magia, a través de algo tan sencillo como los colores y las formas, un bloque de mármol, o las leyes físicas más elementales. Lo que ves puede gustarte o no, no es obligatorio estar de acuerdo, es lo bueno que tiene.

También es divertido ponerse las gafas y mirar a la gente que va por el museo, su actitud, el ambiente de las salas. Se puede averiguar en seguida quién se ha acordado de ponerse las gafas y quién no.

Por lo general, los niños nunca se olvidan, porque la ilusión con que han esperado la visita hace que las lleven siempre puestas. Entre los adolescentes hay bastantes olvidadizos, pero siempre hay alguno que mira como embobado, con ganas de acercarse lo más posible, desafiando la paciencia del vigilante de sala.

Y entre los jóvenes y personas mayores, hay un poco de todo: algunos ni siquiera miran, unos buscan la foto-recuerdo, y otros prefieren hacer largas disertaciones acerca de lo que tienen delante…Muchos de éstos tienen las gafas un poco sucias, habría que recordarles que, si quieren ver bien, deberían cuidarlas un poquito.

Y, de vez en cuando, uno puede encontrarse con un extraño espécimen, con unas gafas viejas, pasadas de moda, pero con las que puede contemplar perfectamente los tesoros del museo. Estas personas suelen encontrarse sentadas, o simplemente paradas, ante una pieza, en silencio, sin compañía, sin libro-guía. A veces llevan un pequeño cuaderno de notas entre las manos, o un bloc de dibujo y un lápiz. Han pasado muchas horas viendo pintura o cualquier otra cosa que se muestre en unas salas de exposición, formulando un sinfín de preguntas, aunque lo importante no siempre es encontrar  la respuesta.

Y, precisamente por eso, se colocan las lentes, y miran a través de ellas como si fuera la primera vez, con la misma ilusión, con el mismo asombro.

Y tú, ¿tienes tus gafas preparadas?

Deja un comentario

Archivado bajo Uncategorized