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De toda la vida.

Si explorásemos los archivos musicales en los diversos dispositivos electrónicos de distintas personas, muy probablemente encontraríamos, entre una curiosa mezcla de estilos, por lo menos uno de los clásicos de toda la vida. Al menos, de toda la vida de las personas con las que compartimos o hayamos compartido la nuestra. Es decir, alguno de los grandes éxitos de los últimos sesenta años. Algo de los Beatles, puede que los Beach Boys, las Supremes, The Mamas and the Papas…Queen y los Rolling no pueden faltar. E incluso puede que algún osado haya desempolvado a los Four Seasons.

Y eso sólo por mencionar a algunos, porque la lista podría ser mucho más extensa. Y aunque parece que las generaciones más jóvenes aún no los han descubierto, todo llegará. De hecho, es relativamente frecuente que veinteañeros conozcan mejor la historia de la música reciente que cualquier otra manifestación  cultural.

Y es que, aunque su tiempo haya pasado, lo cierto es que las canciones de toda la vida tienen algo que nos hace sonreír cuando suenan en la radio, o como banda sonora de una película. Son como el fondo de armario, siempre están ahí. Como los pantalones de pata de elefante; tarde o temprano, acaban volviendo.

Puede parecer que canciones como Love me do no contienen una gran poesía, ni una melodía técnicamente impresionante. Concedido. Neil Diamond no es Mozart, pero, ¿quién no ha cantado a todo pulmón Sweet Caroline, y sobre todo, tarareado las tres notas al final de la primera frase del estribillo?

¿A quién no se le ha encogido un poco el corazón, un poco al menos,  ante la crudeza de la realidad con The Boxer? ¿O bailado el Rock de la cárcel hasta quedar sin aliento? ¿Qué chica de ojos marrones no ha pensado alguna vez que Van Morrison podía haber cantado para ella? ¿Y qué mejor karaoke que uno que incluya las canciones de ABBA? Por no hablar de que, como todo el mundo sabe, la mejor canción para conducir es Don´t Stop Me Now.

En el fondo, son historias de las que todos podríamos ser protagonistas, con sentimientos como de andar por casa. Frank Sinatra y Paul Anka nos recuerdan que hubo un tiempo en el que la cortesía era parte fundamental del juego romántico. Crosby, Stills, Nash y Young nos hacen preguntas y plantean respuestas acompañadas de rasgueo de cuerdas de guitarra y baile de voces. Bob Dylan lleva décadas analizando la sociedad y los entresijos del carácter de un hombre con poco más que una pluma y una armónica.

Podríamos seguir así eternamente. Añadan sus favoritos, ya que han quedado demasiados en el tintero.

Lo que está claro es que las canciones de toda la vida nos hablan de un mundo distinto, en algunos aspectos mejor y en otros peor que el nuestro. Pero algo tienen, ya que varias generaciones las han hecho suyas. Y lo que es más importante, han sido, en muchos casos, un puente entre abuelos, padres e hijos, entre personas muy distintas pero con algo en común. Forman parte de la historia de nuestras vidas.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Cada cosa a su tiempo.

**Para componer esta canción, los Byrds se inspiraron en un Salmo del Antiguo Testamento  (Eclesiastés, 3  1-8).  Encontraréis la traducción al español aquí: http://www.goear.com/lyrics/67160/turn-turn-turn-1967-the-byrds-

 

Todos soñamos con una vida perfecta. Y es natural. Al fin y al cabo, tenemos impreso en nosotros el billete hacia la felicidad. Lo que pasa es que hay muchos espejismos que se le parecen, pero que no lo son. Y también  hay felicidad que se esconde bajo el dolor. A veces, incluso no sabemos qué es la felicidad, sólo sabemos que la buscamos.

Pero no la encontraremos si la perseguimos con demasiada insistencia.  Es como una de esas chicas maravillosas, conscientes de su encanto, que no se dejan conquistar fácilmente.

En la vida el sufrimiento, la pena y el miedo conviven con la alegría, la ilusión y la paz. Y no podemos pretender cambiar eso, porque no está en nuestra mano, no nos corresponde.

Ignorar el mal propio o el ajeno, o querer evitarlo a toda costa no es la solución. Es propio de cobardes, no de quien mira a la vida de frente. En palabras de Balzac, negarse a sufrir no significa fortaleza sino debilidad.

Aspiramos a ser felices, claro que sí. Pero no tenemos “derecho” a serlo. No es algo que se nos deba por el mero hecho de existir. Hemos de procurar felicidad nosotros y para los demás, pero tenemos que ser conscientes de que no sólo no podemos evitar el dolor, sino que a veces lo que  necesitamos es no darle la espalda y enfrentarnos  a él con valentía y generosidad. Nos hemos vuelto muy cómodos, y en ocasiones  la mera mención del sufrimiento genera una sensación de pánico en algunas personas.

La vida tiene sus etapas, unas buenas y otras malas. Hay un tiempo para todo, y todo llegará, cuando tenga que llegar. No lo digo yo, es así, escuchen cualquier historia por la calle y lo comprobarán. Querer eliminar cualquiera de las fases sería empobrecer la vida, que únicamente se puede experimentar en plenitud de una forma:  viviendo. No existe la vida perfecta, existe la vida de cada uno, así, sin más.

Y la felicidad puede tomar muchas formas, puede habitar en los tiempos buenos, y en los menos buenos. Pero por lo general, es ella la que nos encuentra a nosotros, y no al revés.

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Carta a un hijo.

Hola, hijo:

Te parecerá extraño que te escriba, pero necesito hablarte, tengo algo importante que decirte.

Sé que ahora quieres cambiarlo todo, cambiar el mundo, hacerlo mejor. Cambiar tú mismo, y también la realidad, que parece que no te satisface. Es parte del idealismo propio de la juventud, y es así como debe ser. Pero, al mismo tiempo, buscas algo permanente, que no se mude, algo a lo que asirte. Sólo puedo decirte que lo busques en la lealtad de la amistad, en el amor de verdad, en la fe, que son los puertos seguros a los que arribar.

Sé también que no es fácil llegar a ser quien quieres, un hombre de verdad, quien debes ser, la mejor versión de ti mismo. En el camino hay demasiadas indicaciones hacia otros destinos, que parecen muy atractivos y cómodos. Hay que elegir bien, piénsatelo mucho, tienes toda la vida por delante, pero debes empezar a construirla. Vigila que las bases sean sólidas y fuertes, porque todo lo que creemos tener, puede que no sea nuestro al día siguiente. Los sueños se rompen, no es nada nuevo, pero son capaces de mover el mundo si se les da la oportunidad.

Ya sé que a veces no nos entendemos. Mi serenidad choca con tu ímpetu, pero creo que poco a poco conseguiremos derribar el muro, y éste es un primer paso.

He vivido siempre escuchando, observando, y sé que la vida es dura, que está llena de obstáculos que nos ponen a prueba, de preguntas de difícil respuesta. Pero es aún más duro enterrarlas, tratar de cubrirlas bajo montañas de miedo.

Por eso necesito hablarte, porque éste es el único legado que puedo darte en herencia. Todo lo demás te será inútil en el camino que estás a punto de emprender tú solo. Yo ahora debo irme. Dejarte, para que puedas ir dónde tú quieras; la decisión es tuya. Aunque sabes que siempre puedes contar conmigo como compañero de viaje.

Con cariño,

Papá.

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Do you believe in Rock & Roll?

La música es imprescindible. Casi como una adicción. Hay por ahí una canción que dice que la música nos hace mágicos, pero yo creo que es más bien al revés: somos capaces de crear y vivir la música porque somos algo más que mágicos.

Todo es mejor con música. El más anodino de los días mejora sustancialmente si le añadimos unas notas de emoción. Para empezar, mucho mejor que un impertinente pitido es  una buena canción: fundamental la radio-despertador. Cada mañana es única, y el día se presenta mejor si te sorprende con una canción inesperada.

No hay nada como hacer la cama al ritmo de Twist and Shout, o salir de casa tarareando un estribillo pegadizo, en lugar de ir pensando en lo tarde que llegas. Las calles cambian de tono si hay buena música de fondo, ya sea con la banda de jazz que toca tras la esquina, o con la sinfonía que se oye desde el asiento del conductor del autobús.

Un viaje en coche con Nights in White Satin y los Everly Brothers, recuperar el ánimo en la biblioteca con  I Won´t Back Down, cocinar la cena canturreando Katy´s  Song. Es incomparable la experiencia de sentarte ante tu cuadro favorito, y escuchar esa canción que parece escrita para él como banda sonora.

Bailar el Rock de la cárcel por el pasillo de tu casa, cantar por similitud fonética con tus amigos, porque lo que importa no siempre es la letra, sino lo que te hace sentir. Un atardecer acompañado por Beethoven, escuchar atentamente Mull of Kintyre en la playa vacía, entre el mar y el monte. Gritar y saltar en el concierto de tu grupo favorito; es tu modo de darles las gracias.

Saber que todo irá bien al volver a escuchar a George cantar Here comes the Sun, crecer por dentro al saborear las letras de Mumford y sus amigos. Darte cuenta de lo pequeño que eres cuando descubres lo increíblemente sencillo y grandioso que es el Cánon de Pachelbel.

Noches en vela leyendo, en las que parece que el mundo se para, al hilo de esas canciones que has escuchado millones de veces, pero que siempre tienen algo nuevo que decirte. Tardes de lluvia con los clásicos, en las que el agua sobre los cristales parece acompañar el ritmo de los fuegos artificiales de Haendel.

Redescubrir la juventud  de tus padres al poner de nuevo el tocadiscos en funcionamiento, con esos vinilos llenos de recuerdos. Ver cómo tu abuela vuelve a tener veinte años cuando canta una habanera, y saber que sigue tan guapa como entonces.

La música es capaz de descubrirnos cosas de nosotros mismos que ni siquiera sospechábamos. Pone palabras a nuestros sueños, es el libro en el que escribe nuestra alma. Es inspiración, consuelo, determinación, alegría, valor…Todo aquello que no podemos ver ni tocar, pero que sabemos que guardamos en nuestro interior, y que es lo más preciado que tenemos.

El día que muera la música, será porque habrá muerto el espíritu humano. Por eso es tan importante que la incluyamos siempre en nuestras vidas.

Claro que también hay un tiempo para el silencio, como cantaban los Byrds versionando un Salmo. Un tiempo para cerrar los ojos, asomarse a uno mismo, y pensar. A veces hay mucho ruido, y el silencio es necesario para conocerse a uno mismo y así poder dar lo mejor que uno tiene al gran proyecto que debería ser hacer del mundo un lugar aún mejor.

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Aprende a enseñar; enseñando aprenderás…

Maestro que se estrena en el oficio, y se encuentra de pronto al frente de un nutrido grupo de vándalos. Perece un tópico más, con final feliz, y en el que, como no puede ser de otra manera, el profesor acaba reafirmándose en su vocación docente, y los alumnos redescubren un nuevo sendero para su vida. Pero las cosas no son siempre lo que parecen.

Y es que quizá nos venga bien a todos, alumnos, profesores y padres, volver a ver este clásico del cine.

Los chicos son, como muchos de los jóvenes de hoy, personas que, al poco de empezar a vivir de veras, han tirado la toalla casi sin llegar a usarla. Porque les han dicho que el mundo de ahí fuera es hostil, y que no habrá una oportunidad para sus sueños. Que más vale conformarse con lo que hay, sin intentar cambiarlo, tratando de ganarse un sueldo, para poder luego gastarlo debidamente. Que las ilusiones no llevan a ninguna parte, que no dan de comer.

Pero, como todos los jóvenes, en el fondo de su corazón se niegan a resignarse, y su lucha se transforma en rebeldía.

Y es ahí donde entra en juego el maestro que ha visto el inmenso potencial de estos chicos y chicas, la firme determinación que ilumina sus ojos. Su misión, más que enseñarles a memorizar innumerables datos, que siempre encontrarán en los libros, es plantar en ellos la semilla de la curiosidad, de la inquietud, las ganas de aprender y de adquirir las herramientas para luchar por sus sueños. Y también hacer de ellos, como él mismo afirma, señoritas y caballeros, es decir, mujeres y hombres capaces de trabajar por un mundo más justo y bueno, más humano. Sin miedo a las dificultades.

 

Ya sabemos que falta el dinero y sobran los problemas, pero siempre los hubo y siempre los habrá. Los mejores maestros no son los que tienen los mejores medios para sus clases, sino los que ponen ilusión cada día en ayudar a sus alumnos, y en aprender de ellos. Y los mejores alumnos no son los que hacen todo bien, sino los que tienen la  humildad de atreverse a aprender.

Los mejores profesores son los que determinan el verdadero éxito (no el del prestigio, sino el otro, el de la felicidad) de sus alumnos, y los que permanecen siempre en su memoria. Se les recuerda siempre con una sonrisa de agradecimiento. Y el recuerdo del maestro hacia el buen pupilo es igualmente entrañable. Lo que queda bien grabado, después de tantos años de clases, estudios, aulas y momentos buenos y no tan buenos, es que el conocimiento, ése que nos hace crecer, no tiene precio.

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Cierra los ojos…

Me gusta esta canción. Y me gusta también el vídeo que la acompaña. Todos estamos ciegos a determinadas realidades, a las que no nos atrevemos a mirar. Construimos gruesos muros, y procuramos ocultarnos cómodamente a su sombra. Pero, tarde o temprano, llega la luz. Y con ella, el valor necesario para mirar a la verdad como a una amiga.

Aunque no es de eso de lo que quiero escribir, sino de una feliz realidad de la que quizá no nos hemos percatado.

Y es que tenemos, la mayoría de nosotros, un gran don. Podemos ver. Podemos mirar a nuestros seres queridos, los infinitos colores de un amanecer, las incontables maravillas del mundo. Es algo de lo que dar gracias a Dios.

Pero hay veces que tenemos tanta prisa que vemos, pero no miramos. Porque hay otras formas de mirar, no únicamente a través de los ojos.

Cada día que despertamos es un regalo, y podemos disfrutarlo al máximo, y hacer que los demás también. Cada rayo de sol que entra por la ventana no se repetirá, mañana será distinto.

Despertar. Unos minutos para poner los pensamientos en orden, mientras te desentumeces. Luego, el agua fría sobre tu rostro es como una sacudida de vida para tus sentidos, y tus ojos recuperan su vigor.

Si tienes suerte, el olor a café y a pan tostado guiará tu adormilado recorrido hacia el desayuno. “Buenos días”, posiblemente las primeras palabras que pronuncies en el día. Y si tienes aún más suerte, una sonrisa y un beso serán la respuesta que recibas.

La suavidad del algodón, la calidez de la lana, y tu colonia favorita, te acompañarán a lo largo del día, que se presenta con cajas vacías para que las llenes de recuerdos. Y también de decisiones que hagan el mundo mejor de lo que es.

Sales a la calle. El aire parece más fresco, como si fuera nuevo. Estrenamos mañana. El sonido de tus pasos marca el ritmo de tu camino, puede que con el estribillo de una canción en tu cabeza. Esto es sólo el principio, el resto depende de ti.

Las cosas pequeñas, las  invisibles, son las que te hacen sentir vivo. La risa cómplice de un amigo, sentir el calor del sol mientras esperas el autobús, deslizar la mano por el mantel recién planchado. Calentarte las manos rodeando la taza de café, escuchar el tintineo de las hojas de otoño al bailar con el viento, el perfume de tu madre. La intensidad del chocolate al deshacerse en la boca, oler las páginas de un libro,  el latir del corazón con tu canción favorita. El olor a lluvia, el eco de unas pisadas de niño por el pasillo… La firmeza de un abrazo justo a tiempo.

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