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Los Reyes Magos somos todos

Anochecía. Y ya empezaba a hacer frío. El tiempo apremiaba, y no parecía haber nadie dispuesto a ayudarlos. El apurado hombre miraba a su joven esposa, y aunque ella sonreía con los ojos, él sabía que sentía dolor. Si no ocurría algún milagro, el niño que esperaban nacería en medio del camino.

"Adoración de los Reyes Magos", J.B. Maíno

Afortunadamente, un buen hombre se apiadó de ellos, y pudo acomodarlos en un sencillo cobertizo. No era gran cosa, pero al menos estarían bajo techo.

Mientras tanto, no muy lejos de allí, tres hombres estaban a punto de finalizar su largo viaje, muy cerca de alcanzar su destino. No estaban muy seguros de cuál era éste, pero sabían que el momento se acercaba. Habían partido con una intuición, y les movía la esperanza de verla reafirmada.

Cuando la estrella se posó sobre un pequeño establo, pensaron que habían cometido algún error en sus cálculos. No sin cierta cautela, entraron en el humilde pesebre, y encontraron allí a una joven pareja. Acababan de ser padres de un precioso niño, y sonreían de felicidad a pesar de las dificultades que estaban atravesando.

Y el bebé era una criatura alegre, al igual que sus padres. A primera vista, aparentaba ser un niño como todos los demás, pero los ilustres viajeros sabían que no lo era.

Porque, si al principio aquel lugar parecía no corresponder con sus previsiones, al presenciar la hermosa sencillez de aquel momento, comprendieron que sólo así era como podía venir al mundo el hombre destinado a cambiar el rumbo de la historia.

Aquel Niño  sonreía y jugueteaba en los brazos de su madre, era cariñosamente protegido por su padre, y no poseía más que lo que podía caber en la alforja de un asno. Él sería quien redescubriera a los hombres el camino a la paz, la verdadera felicidad, quien les daría la esperanza que tanto ansiaban. Amaría a los hombres como nadie lo había hecho, entregaría su vida por ellos. Dios se ha hecho hombre, se ha encarnado en la más inocente de las criaturas.

Aquellos tres sabios habían tardado mucho tiempo en comprenderlo, desde que el primer destello de inquietud les había empujado a buscar respuesta a sus preguntas. Y la hallaron en aquel Niño, inundando sus corazones de felicidad.

Le habían ofrecido los regalos que habían traído consigo y que, más allá de su valor, eran expresión de los buenos deseos que albergaban en su interior. La estrella, que al principio no era más que un débil resplandor, les había conducido a un destino inesperado, que ellos jamás habían soñado.

Cada Navidad, este Niño vuelve a nacer en nuestros hogares, en el corazón de cada uno, para recordarnos algo que quizá habíamos olvidado, y llenarnos de alegría. Sólo tenemos que hacerle un hueco. En el fondo,  todos nosotros somos como estos tres viajeros;  buscamos nuestro camino, tenemos preguntas y deseamos respuestas…Si miramos al Niño a los ojos, las encontraremos. Y es que los Reyes Magos somos todos.

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