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“El gran teatro del mundo”

Imagen obtenida de www.margaritadedios.es

“El gran teatro del mundo”, de Pedro Calderón de la Barca, publicado en 1655.

Prácticamente desde que el mundo es mundo, el hombre ha juzgado su propia vida como la interpretación de un papel en una gran obra de teatro. Consciente de la fragilidad de su existencia, de la nimiedad de su aportación a un universo infinito, se ha sabido puesto en la tierra como parte de un relato que supera su propia intervención en el mismo.

El narrador omnisciente, que conoce a los personajes más de lo que ellos creen conocerse, ha recibido diferentes nombres a lo largo de la historia: el destino, el capricho de los hados, la fuerza superior de la naturaleza, Dios. Pero nunca el propio hombre, que ha calibrado su medida respecto al mundo.

Hasta ahora.

El mundo, sigue siendo, sí, un teatro. Pero un teatro de trivialidades, en el que el drama ha perdido su fuerza trascendente y purificadora, la comedia su inteligente chispa, y el ideal romántico ha dado paso a la exaltación del sentimentalismo superficial.

Si bien antes uno era más o menos consciente de interpretar un papel en la historia del mundo y sabía que, en uno u otro momento, debía dar cuenta de su actuación ante los demás actores y ante el director de la obra, ahora uno no tiene vida más allá del escenario.

Las tablas de madera, el pesado telón y el patio de butacas han sido sustituidas por la red informática, las fotografías y un sinfín de conocidos-desconocidos que, desde el gallinero,  proyectan su mirada sobre la actuación de la vida de uno. Y no tanto por la curiosidad de la audiencia como por la absoluta falta de intimidad de los personajes. Porque ya no hay bambalinas ni camerinos. El personaje que uno quiere interpretar se ha comido al actor que le daba vida.

El espectador sabe en todo momento qué hace, dónde está, qué piensa, con quién se relaciona e incluso qué come el personaje. Porque él mismo no es consciente de quién le mira, y se inquieta si no recibe el protagonismo que esperaba. Y es que si no interpreta bien su papel, su vida está vacía, no tiene sentido; se siente inseguro sin el aplauso, o siquiera la atención, de los espectadores-críticos.

Tiene que ser lo que los demás juzguen que deba ser. Debe demostrar quién es, si quiere ser el primer bailarín en este ballet descordinado.

 

Quizá nos estemos olvidando del único espectador que de verdad importa,  que es quien nos trajo aquí y nos dio el papel que mejor nos iba: el Autor.

Sólo queda decidir para quién actuamos.

 

 

*** La obra completa de Calderón de la Barca aquí:

http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/c/Calderon%20de%20la%20Barca%20-%20El%20gran%20teatro%20del%20mundo.pdf

 

 

 

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Vidas en papel.

"Muchacha leyendo una carta". Johannes Vermeer, ca. 1657.

“Muchacha leyendo una carta”. Johannes Vermeer, ca. 1657.

Una carta es mucho más que una carta. Mucho más que un papel escrito. No es un mero continente de información, es más bien un depósito de esperanza.

Porque, transmita buenas o malas noticias, al recibirla, se ven colmadas nuestras ansias de saber acerca de quien nos inquieta. Sabemos, por fin, que se ha acordado de nosotros, que somos algo para alguien.

En el momento en el que los dedos palpan el sobre, justo antes de deslizarse bajo la pestaña, o de rasgarlo con el abrecartas…En ese instante todo es posible. Es un fugaz segundo de sueños, en el que miles de pensamientos se agolpan en la imaginación, buscando averiguar cuál de ellos será el que corresponda con la realidad.

Cuando, al fin, las manos despliegan el papel, con  su inconfundible y leve crujido, y los ojos se posan sobre las primeras letras, parece como si toda la alteración anterior frenara de pronto. Palabra a palabra, todo va recobrando orden en la mente, volviendo a tomar el mando la realidad. Leída la carta, actuamos en consecuencia.

Pero después, después  que todo haya pasado, cuando los hechos que motivaron esa carta dejen de tener importancia inmediata, el papel y la tinta conservarán su recuerdo. Y no simplemente como un archivo, sino como testigo de, al menos, dos vidas humanas. De sus sentimientos y pensamientos, de su forma de entender el mundo, de sus esperanzas e inquietudes, de sus caídas y logros.

En esas líneas se esconden risas, miradas, lágrimas, abrazos, suspiros, dolores, canciones.

Ahora, nuestras vidas “vuelan” por la red más de lo que permanecen en una carta. Cada época tiene sus propios medios de comunicarse. Pero es posible que las cartas no desaparezcan nunca de nuestro mundo.

Aún quedan románticos que envían postales en sus viajes, que escriben algunas líneas a aquellos que están lejos. Incluso hay enamorados que prefieren confiar la transmisión de sus sentimientos a la pluma, y al cartero.

Y es que una carta es más personal, desde la caligrafía hasta el olor del papel, pasando por la rúbrica. Es cierto que no sirve para las cosas urgentes. Pero lo urgente no coincide siempre con lo importante. Y lo importante, lo que merece la pena decir, siempre toma más tiempo.

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