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Imprescindibles

“El picnic”, James Tissot, 1881
Dijon, Musée des Beaux-Arts

Pasamos gran parte de nuestro tiempo libre, ése que decidimos cómo emplear, con personas que nos hacen pasar un buen rato, con las que posiblemente estamos muy a gusto, pero que, salvo honrosas excepciones, no son aquéllas a las que acudiríamos en un momento de verdadero dolor. No son los primeros a los que llamaríamos cuando parece que algo te aprieta en el pecho y que sólo puedes desatarlo con lágrimas.

Los mejores ratos de cada día, en los que respiramos un poco y dejamos de lado la eterna y creciente lista de cosas por hacer, no son ya los que dedicamos a estar con los que están a la cabeza de nuestra lista de personas favoritas. Ahora los pasamos con un grupo de colegas, compañeros, que son ciertamente valiosos e importantes, pero no son los que saben cómo está tu corazón sólo con mirarte a los ojos. No son los que no necesitan preguntarte cómo estás, porque tu voz se lo dice en un solo “hola”, o incluso sin eso.

Y lo peor es que hacemos malabares para poder llegar a unas cañas después del trabajo, perdemos horas de sueño y de descanso, casi nos avergonzamos si no podemos quedarnos hasta que se vaya el último… pero dejamos un poco de lado a los imprescindibles.

Y un día los imprescindibles no estarán aquí. Se irán ellos, nos iremos nosotros, cambiaremos de ciudad o de país, o, peor aún, se habrán aflojado los lazos que nos unían. Y ya será tarde. Querremos entonces recuperar el tiempo perdido, nos lamentaremos de no haber sabido aprovechar los momentos con ellos, los grandes y los pequeños, que son los que verdaderamente quedan. A mi abuela la recuerdo más a menudo merendando en la mesa de la cocina, qué cosas…

La vida es corta y larga a la vez, pero desde luego, nadie sabe cuánto tiempo tiene. Por eso hay que decidir sabiamente cómo, y, sobre todo, con quién , lo empleamos.

Conocidos habrá infinitos. Compañeros de trabajo o de estudio, millones. Gente con la que te lleves bien, unos cuantos cientos, a poco amable que seas. Personas que te hagan reír, y con la que pases un rato divertido, varias docenas, porque hay gente estupenda por ahí. Amigos varios de todos los pelajes, montones de ellos. Amigos de verdad, de ésos que conoces sus malísimos momentos porque los has compartido, y viceversa, no sé si llegarán a diez. Familia sólo hay una, y tienes la que tienes, con sus cosas buenas y las malas.

Cada uno sabe quiénes son sus imprescindibles. Los que no sustituirá nadie. Los que no sólo te quieren con tus defectos, sino precisamente por ellos. Los que te querrán siempre, incluso aunque metas la pata en el más fangoso de los agujeros, incondicionalmente, y te querrán aún más cuando les hagas sufrir.

No se puede decir eso de mucha gente. Cuidemos a nuestros imprescindibles.

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