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Belleza, felicidad y vida eterna.

“El violinista celeste”, Marc Chagall, 1934. Museo Municipal de Tossa de Mar.

Construir objetos bellos y útiles o participar en su creación es una fuente segura de felicidad; también vivir en lo posible rodeado de ellos. Esto escribía hace poco Antonio Muñoz Molina en un artículo (el cual está  disponible aquí), a propósito del movimiento artístico denominado Arts & Crafts. Y, si tiramos del hilo de esta teoría, y disfrutar de la belleza en sus múltiples formas produce felicidad, el hecho de dar a los demás la oportunidad de ser más felices supone, de alguna manera, un acto de generosidad. O sea, que los artistas y creadores realizan una buena acción con su labor.

Y eso, al fin y al cabo, tiene que contar para algo. Es decir, cuando el artista muera, su obra perdurará, y continuará aportando felicidad a todo aquel que contemple una pintura, escuche una melodía, o simplemente se siente en una silla que, además de cómoda, sea bella. Así que, en este sentido, los pintores, músicos, escritores, artesanos y diseñadores, tienen “puntos extra” para ir al lado de los buenos en el más allá (pónganle ustedes el apelativo específico del credo religioso correspondiente).

Es cierto que, hasta bien entrado el siglo XVIII, lo que se consideraba arte incluía un grupo bastante reducido de disciplinas, y que la contemplación estética estaba al alcance de unos pocos, pero las esculturas de los templos griegos y las vidrieras de las catedrales góticas no estaban cerradas con vallas.

De este modo, el pintor que realizó los frescos de las cámaras funerarias de los faraones añadió algunos gramos al platillo de la pluma en la balanza de Osiris, porque, aunque no fuera concebida para ello, su obra ha sido contemplada por millones de personas muchos siglos después.

Fuera Mirón o no el auténtico nombre del autor del Discóbolo, lo cierto es que el escultor contribuyó a la educación estética de sus contemporáneos y de incontables estudiantes a lo largo de los tiempos. Y, por mucho que Platón promulgara la falsedad de las representaciones artísticas, el kalos kai agathos unía filosóficamente lo hermoso y lo bello.

Los monjes miniaturistas irlandeses se dejaron los ojos y la espalda para ilustrar de manera preciosa los textos evangélicos, creando ejemplares tan sorprendentes como el Libro de Kells, y aunando el credo cristiano y la estética céltica tradicional en una riquísima simbología espiritual. Se ganaron el cielo con sus horas de trabajo paciente y minucioso.

No se pueden contabilizar  las veces que se ha escuchado, cantado y versionado el Something de los Beatles, y seguro que George Harrison estuvo más cerca de una digna reencarnación de su espíritu, ya que aún no hay generación que no haya disfrutado con sus notas y sus palabras.

Estar ante ciertas obras maestras del arte universal, como los enormes paneles de Tintoretto en la Escuela de San Roque, o en el envolvente espacio de la capilla de Enrique VII en Westminster puede producir un episodio del síndrome de Estendhal. Y leer las palabras de Shylock en El mercader de Venecia puede sumergir al lector en un torbellino de sentimientos del que es difícil escapar. Escuchar la Obertura 1812 de Chaikovski en un entorno especial, como un concierto nocturno al aire libre a la luz de las velas puede llegar a formar un recuerdo dichoso para toda la vida.

Y lo mismo puede decirse de la cerámica de Talavera que adorna una buena mesa, de la actuación de un grupo de teatro amateur, de la película del viernes por la noche con sofá y manta, del descubrimiento de un joven y desconocido artista que expone sus piezas en la biblioteca local, o del cojín bordado por la abuela.

El caso es que, cualquiera que sea la disciplina, la fama, el estilo o la época de una obra hermosa, el autor de la misma ha logrado añadir felicidad a la vida de las persona, y ésta se expande y reproduce siempre de una manera insospechada. En otras palabras, contribuye a mejorar este mundo.

Hacer algo bello, de alguna manera, nos redime, compensa nuestros defectos y los fallos que todos cometemos. El arte y la belleza llenan el alma de quien la crea y de quien la aprecia. Los campos de Aaru egipcios, los campos Elíseos griegos, el Sheol judío, el Cielo cristiano, el Yanna islámico, o el  Surgá hindú… todos los paraísos a los que el alma está destinada después de la muerte están un poco más cerca para quien ha regalado hermosa alegría a través de su trabajo.

Hay muy pocas cosas totalmente seguras en esta vida… Una de ellas es que nuestro tiempo aquí tiene un fin. Y otra, que lo bello consuela, alegra, y muestra que somos capaces de hacer cosas increíbles.

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Volver a casa.

matisse sofa

Muchacha en un sofá amarillo, Henri Matisse, 1940. California,  Rita and Tarf Scheiberg Collection.

 

Matisse decía que el arte debía ser como un sillón cómodo en el que uno se deja caer al final del día. Como un descanso para el cuerpo fatigado después del trabajo, de correr de un lado para otro, de ejercitar la voluntad para cumplir el deber de cada día.

Como un refugio para el alma, un lugar de serenidad para el espíritu, un respiro para el corazón, un tranquilizador reposo para los nervios. Un aparcamiento para los problemas y las preocupaciones, una oportunidad de reír, de soñar, de maravillarse, de sorprenderse.

Un momento para conmoverse ante la grandeza o la pequeñez del hombre, para deleitarse con los pequeños placeres de la vida, para estremecerse ante el dolor del otro, para admirar a los grandes héroes de la historia y a los valientes de todos los días.

Un reencuentro con la belleza, la imaginación, el genio… con todo lo que hay de bueno en la vida.

En definitiva, el arte es como volver a casa.

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Un beso sin billete de vuelta.

"El beso". Gustav Klimt, 1907-8

Él la quiere. Eso está claro. La quiere de verdad, y eso se percibe en el modo en que la besa.

Es un beso sencillo, sincero, que nace de la necesidad de demostrar cariño, y no de la exigencia de ser correspondido. Es un beso suave, amable y delicado, que no busca obtener nada a cambio, sino que es feliz tan sólo con poder ser otorgado.

Un beso sin billete de vuelta, con la única misión de expresar un amor que surge de lo más hondo del corazón, de algún lugar recóndito en su interior, arraigado en el dar, no en el recibir.

Un beso incondicional, sin requisitos, que no espera ni quiere compensación, le basta con saber que ama. Es un beso gratis, porque sí, a cambio de nada, y como premio a nada, sin que medien demandas o  imposiciones de ninguna clase.

Él la ama, la quiere tal como es, y precisamente por cómo es. Sólo a ella puede dar ese beso, porque a nadie en el mundo respeta y admira tanto. Sólo con ella puede compartir todo lo que tiene, que no es más que un corazón fuerte y sincero, y un futuro todavía sin escribir.

Él la quiere. Y con ese beso, ella lo sabe.

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Revolución.

Composición nº 8, Piet MondrianPero…¿y esto es arte? No voy a contestar, porque no existe una respuesta adecuada, que asegure el aprobado.

Sólo puedo decir que a mí me gusta. Lo veo, y pienso en lo sencillo que parece hacer que los colores armonicen. Pero ya sabemos que las cosas no son lo que parecen, y menos en materia de arte. Y, además, que sea sencillo no quiere decir que sea menos meritorio, ¿verdad?. Pensemos en la simplicidad y la pureza de líneas de Palladio… A nadie se le ocurriría cuestionar la validez artística de su arquitectura.

Mondrian es también arquitecto, puro orden y equilibrio. Veía el universo como una creación perfecta, en la que todo está maravillosamente regulado, cada cosa en su sitio, hasta el más ínfimo detalle. Sus cuadros son la arquitectura interna del mundo. A sus ojos, la naturaleza desvela un grandioso proyecto, una genial estructura, que escapa a los límites de la razón humana. Quizá por eso, en lugar de explicarlo, Mondrian prefirió pintarlo.

Además, es alegre y divertido. Los colores planos, sin gradación de luces y sombras, recuerdan los placeres cotidianos, los que están siempre a nuestro alcance, sin complicaciones. Al mirarlo, pienso en lo fácil que es sonreír.

De alguna manera, estas pinturas serían como un cuadro del alma del hombre. Estructurada en torno a unas líneas básicas, que forman las encrucijadas del camino, y coloreada por sentimientos y decisiones, que hacen que cada una de ellas sea única. Orden perfecto, con la dosis adecuada de emoción impredecible, siempre enmarcado por la libertad.

Es difícil transmitir todo esto tan sólo con unas cuantas líneas negras y unos cuadrados de colores, aunque hay que tener los ojos bien abiertos. Y es que una técnica muy elaborada no garantiza una gran obra de arte. Al fin y al cabo, muchas veces, menos es más, y tras lo más pequeño se esconde lo más grande.

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