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Aprende a enseñar; enseñando aprenderás…

Maestro que se estrena en el oficio, y se encuentra de pronto al frente de un nutrido grupo de vándalos. Perece un tópico más, con final feliz, y en el que, como no puede ser de otra manera, el profesor acaba reafirmándose en su vocación docente, y los alumnos redescubren un nuevo sendero para su vida. Pero las cosas no son siempre lo que parecen.

Y es que quizá nos venga bien a todos, alumnos, profesores y padres, volver a ver este clásico del cine.

Los chicos son, como muchos de los jóvenes de hoy, personas que, al poco de empezar a vivir de veras, han tirado la toalla casi sin llegar a usarla. Porque les han dicho que el mundo de ahí fuera es hostil, y que no habrá una oportunidad para sus sueños. Que más vale conformarse con lo que hay, sin intentar cambiarlo, tratando de ganarse un sueldo, para poder luego gastarlo debidamente. Que las ilusiones no llevan a ninguna parte, que no dan de comer.

Pero, como todos los jóvenes, en el fondo de su corazón se niegan a resignarse, y su lucha se transforma en rebeldía.

Y es ahí donde entra en juego el maestro que ha visto el inmenso potencial de estos chicos y chicas, la firme determinación que ilumina sus ojos. Su misión, más que enseñarles a memorizar innumerables datos, que siempre encontrarán en los libros, es plantar en ellos la semilla de la curiosidad, de la inquietud, las ganas de aprender y de adquirir las herramientas para luchar por sus sueños. Y también hacer de ellos, como él mismo afirma, señoritas y caballeros, es decir, mujeres y hombres capaces de trabajar por un mundo más justo y bueno, más humano. Sin miedo a las dificultades.

 

Ya sabemos que falta el dinero y sobran los problemas, pero siempre los hubo y siempre los habrá. Los mejores maestros no son los que tienen los mejores medios para sus clases, sino los que ponen ilusión cada día en ayudar a sus alumnos, y en aprender de ellos. Y los mejores alumnos no son los que hacen todo bien, sino los que tienen la  humildad de atreverse a aprender.

Los mejores profesores son los que determinan el verdadero éxito (no el del prestigio, sino el otro, el de la felicidad) de sus alumnos, y los que permanecen siempre en su memoria. Se les recuerda siempre con una sonrisa de agradecimiento. Y el recuerdo del maestro hacia el buen pupilo es igualmente entrañable. Lo que queda bien grabado, después de tantos años de clases, estudios, aulas y momentos buenos y no tan buenos, es que el conocimiento, ése que nos hace crecer, no tiene precio.

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Cierra los ojos…

Me gusta esta canción. Y me gusta también el vídeo que la acompaña. Todos estamos ciegos a determinadas realidades, a las que no nos atrevemos a mirar. Construimos gruesos muros, y procuramos ocultarnos cómodamente a su sombra. Pero, tarde o temprano, llega la luz. Y con ella, el valor necesario para mirar a la verdad como a una amiga.

Aunque no es de eso de lo que quiero escribir, sino de una feliz realidad de la que quizá no nos hemos percatado.

Y es que tenemos, la mayoría de nosotros, un gran don. Podemos ver. Podemos mirar a nuestros seres queridos, los infinitos colores de un amanecer, las incontables maravillas del mundo. Es algo de lo que dar gracias a Dios.

Pero hay veces que tenemos tanta prisa que vemos, pero no miramos. Porque hay otras formas de mirar, no únicamente a través de los ojos.

Cada día que despertamos es un regalo, y podemos disfrutarlo al máximo, y hacer que los demás también. Cada rayo de sol que entra por la ventana no se repetirá, mañana será distinto.

Despertar. Unos minutos para poner los pensamientos en orden, mientras te desentumeces. Luego, el agua fría sobre tu rostro es como una sacudida de vida para tus sentidos, y tus ojos recuperan su vigor.

Si tienes suerte, el olor a café y a pan tostado guiará tu adormilado recorrido hacia el desayuno. “Buenos días”, posiblemente las primeras palabras que pronuncies en el día. Y si tienes aún más suerte, una sonrisa y un beso serán la respuesta que recibas.

La suavidad del algodón, la calidez de la lana, y tu colonia favorita, te acompañarán a lo largo del día, que se presenta con cajas vacías para que las llenes de recuerdos. Y también de decisiones que hagan el mundo mejor de lo que es.

Sales a la calle. El aire parece más fresco, como si fuera nuevo. Estrenamos mañana. El sonido de tus pasos marca el ritmo de tu camino, puede que con el estribillo de una canción en tu cabeza. Esto es sólo el principio, el resto depende de ti.

Las cosas pequeñas, las  invisibles, son las que te hacen sentir vivo. La risa cómplice de un amigo, sentir el calor del sol mientras esperas el autobús, deslizar la mano por el mantel recién planchado. Calentarte las manos rodeando la taza de café, escuchar el tintineo de las hojas de otoño al bailar con el viento, el perfume de tu madre. La intensidad del chocolate al deshacerse en la boca, oler las páginas de un libro,  el latir del corazón con tu canción favorita. El olor a lluvia, el eco de unas pisadas de niño por el pasillo… La firmeza de un abrazo justo a tiempo.

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