Recuerdos en herencia

Sobre la arena, Playa de Zarauz, Joaquín Sorolla Bastida, 1910. Madrid, Museo Sorolla.

Hay una canción que me gusta que dice «… so let the memories be good for those who stay», que los recuerdos que dejemos sean buenos para los que se queden aquí cuando cada uno de nosotros se vaya.

Esto siempre me hace pensar en dos cosas: por un lado, lo torpe que soy yo misma para ir conformando esos buenos recuerdos en potencia (o la habilidad que tengo para restarle bondad a esas futuras memorias), y por otro, la feliz suerte que tengo por estar mi vida llena de esas personas que llevaron, y llevan, ese buen consejo a la práctica.

Con lo primero, aún me queda mucho por aprender, y mucha batalla que librar, ciertamente. Los que me conocen pueden dar fe de ello. No me gustaría que al irme de aquí los capítulos finales de mi vida fueran los que retrataran lo peor de mi carácter, y dejaran un poso agrio en la memoria de los demás, como de oportunidad perdida. Así que espero estar a tiempo de recopilar ingredientes para futuras remembranzas gratas.

Y, respecto a lo segundo, soy consciente de que tengo a mi lado maestros en este difícil arte. Tanto los de ahí arriba como los de aquí abajo me han procurado materia más que abundante para que una sonrisa sea lo primero que surja al revivir el tiempo que tuve el privilegio de compartir con ellos. A veces a la sonrisa le sucede una lágrima de añoranza, pero no de amargura, sino más bien como un bálsamo que suaviza el resquemor que deja en ocasiones la sensación de echar en falta.

Pero, como digo, la reacción espontánea al reconstruir esas escenas del pasado es la de sonreír, con los labios y con los ojos. Y esto ocurre no sólo al despertar recuerdos de la herencia que me legaron, sino también al crear nuevas memorias imaginarias que, aunque no ocupan lugar en el tiempo, tienen un hueco en la cabeza y el corazón.

Por ejemplo, el otro día, al ver a una mujer en el museo donde trabajo, empecé a imaginarme a mi propia abuela allí, con toda claridad (lo cual no deja de ser curioso, porque lo cierto es que no podía parecerse menos a ella…). Y de pronto, podía verla allí, y también a mi abuelo, tal y como hubiera ocurrido. Intuía perfectamente lo que dirían, cómo se moverían por las salas, e incluso qué ropa llevarían. Me dije a mí misma, en mi discurso interior, que, naturalmente, mi abuela debía subir en el ascensor, porque la escalera esa es más bien poco accesible para una persona de su edad. Mi abuelo la acompañaría en el ascensor, pero no dejaría de curiosear la vista que se aprecia asomándose, todo espigado él, a través de la pequeña tribuna que se abre en el piso superior. Sé perfectamente cómo cada uno de ellos recorrería el museo, con sus movimientos característicos, con su modo de hablar y de observar las cosas.

Y al crear casi inconscientemente este recuerdo imaginario, cuya génesis apenas duró unos segundos, lo primero que hice fue sonreír. Luego vino una pequeña lágrima, pero más dulce que salada.

Así que supongo que los buenos recuerdos, formados con las pequeñas cosas que hacemos cada día, si logramos ir conformando esa buena herencia, alargan la felicidad y la ternura que experimentamos junto aquellos a los que queremos, y que nos siguen queriendo desde el otro lado para continuar compartiendo nuestras vidas de otra manera.

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Navidad Premium

La Natividad, Pietro da Cortona, ca. 1656. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Ahora que está de moda eso de celebrar muchas clases de Navidad, ¿por qué no escogemos una Navidad Premium?

El plan Premium para la Navidad incluye, en primer lugar, lo mismo que una Navidad Básica: árbol, bolas de brillantes colores, espumillón surtido (hay una amplia variedad, desde los más estridentes hasta los más elegantosos), ristras de lucecitas (el stock puede variar, pero son principalmente amarillo brillante y azul, o rojo). El conjunto se completa con reuniones familiares, cenas de empresa, y regalos variados (en este caso el proveedor puede ser Papá Noel, que hace su entrega la noche del 24 de diciembre), y tarjetas navideñas de motivos diversos, desde muñecos de nieve hasta angelotes. Con esta opción, te aseguras un espíritu navideño alegre y a gusto de todos.

También tenemos el pack Navidad Clásica, que, además de lo anterior, cuenta también con un Nacimiento de estilos para todos los gustos, algunos incluyen hasta los peces para que beban en el río, y otros se centran en las figuras del portal de Belén. Los regalos más escogidos en este modelo suelen recibirse el 6 de enero de la mano de Melchor, Gaspar y Baltasar (tardan más porque son más viejos, y vienen de Oriente a pie, ya que sus camellos no vuelan). Las tarjetas de felicitación se elaboran con un amplio repertorio de motivos y réplicas de famosas obras de arte. También puede añadirse un conjunto de villancicos clásicos y modernos, en diferentes idiomas. Eso sí, la calidad de la interpretación dependerá del talento de los participantes…

¿Y el plan Premium? Pues abarca lo mismo que los dos anteriores. Y ¿nada más? Pues, exteriormente, no. El plus de la Navidad Premium va por dentro: un verdadero espíritu navideño, el original. El que hace que las luces de la decoración no iluminen sólo por fuera, sino que calienten el corazón. El que hace que la decoración no sea una mera costumbre, ni un deseo de romper con la rutina. El que manifiesta que las acciones buenas de estos días se hacen con amor de verdad, porque queremos ser un reflejo del Amor.

La Navidad Premium es la que se pasa en Belén, con alegría pese a las dificultades, haciendo el mejor hueco que podemos al Niño, para acomodarlo en nuestra habitación interior. Que está desordenada, con polvo bajo la alfombra y demasiadas cosas… pero es la única que tenemos, y el Niño no quiere otra cosa. Y quiere que llevemos parte de la luz que nos trae a un mundo que lo necesita, y que, en el fondo, no es tan diferente del que Él mismo vino a iluminar.

Todo esto, sin coste adicional. Bueno, un poco de sinceridad, apertura de mente y esfuerzo sí que hay que ponerle, la verdad. Pero será como esta Natividad de Pietro da Cortona, que parece muy sencilla y normalita, pero que tiene un trasfondo de venturina, una pasta vítrea que podía incluir partículas doradas, apenas perceptibles, pero que aportan luz y brillo a toda la obra.

Tú decides qué plan navideño quieres tener. Yo voy a hacer upgrade y me apunto a la Navidad Premium.

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Cien años

Libertad de la necesidad, Norman Rockwell, 1943. Indianapolis, Norman Rockwell Museum

Cien años. De los cuales sólo me regalaron unos pocos, pero, por el momento, los mejores que yo haya conocido. Aunque, tonta de mí, no siempre supe verlo.

Cien años de una vida dedicada a reunir una herencia a la que no quiero ni puedo renunciar, puesto que es la base de mi hoy, y también de mi mañana.

Aún sueño con los lugares de mi infancia y adolescencia, y casi siempre aparece ella. Y aunque no esté, sí que está, porque todo allí habla de ella, en un eterno presente que se divide en muchas vidas. Primero, una más. Luego, cinco. Y después, diecisiete, un selecto grupo cuyo título es el que más me honro de ostentar, de entre mi exiguo currículum.

Porque, sin saberlo, vivíamos en un libro clásico de aventuras infantiles. Construyó para nosotros (los que estaban ya allí, y los que faltábamos por llegar, en una admirable previsión del cariño que tendría que acumular) un lugar privilegiado, que se llenó con juegos, rincones donde leer y escribir, disfraces de todo jaez, árboles de Navidad que se mudaban al jardín, interminables baños en la piscina, flores nuevas para la Santina los sábados, escenarios de películas, fotografías y dibujos, aperitivos en casi todas las mesas, noches de verano bajo el gran sombrero picudo del cenador, una mesa de mármol que no sólo servía para comer, tardes de televisión con olor a puro…

Todo ello bordado con recuerdos de la tierra en la que aún se afianzan nuestras raíces, que se materializaban en historias, fotografías, objetos, menús y celebraciones, modos de hablar y de ser.

Creo que mis primos y yo tuvimos el mejor regalo del mundo, y aún lo tenemos, porque lo llevamos siempre con nosotros, presidiendo los cambios que van tejiendo nuestras propias vidas. Está cuando nos reunimos, está cuando nos enfrentamos a un problema, cuando llevamos sus bufandas, cuando logramos algo, cuando decimos esas cosas que sólo nosotros entendemos. Está un poco más lejos, pero está. Está cuando somos, porque si somos así es, en gran medida, por todo lo que nos dio.

Felicidades. Y gracias.

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Rápido y furioso

Una mujer tomando té, Jean Simeon Chardin, 1735.
Glasgow, Hunterian Art Gallery, University of Glasgow

La mujer se entretiene mirando el humo que escapa del té, y nosotros pensamos que está perdiendo el tiempo. No sólo no muestra remordimiento alguno por dejar sus pensamientos al aire, sin enfocarlos en nada práctico, libres y sin dirección como las propias volutas grises que se desprenden de la taza, sino que además parece satisfecha de ello. Nosotros somos incapaces siquiera de contemplar con calma un fenómeno natural tan cotidiano, ya que en seguida nos ocupamos en tareas mucho más urgentes e importantes, y sobre todo, productivas.

Ella parece concentrada en los objetos que tiene ante sí, como si no hubiera nada más en el mundo fuera de esa habitación, hogareña y cotidiana. Aparentemente, sólo le importa ese instante y la realidad inmediata y material de las cosas que habitan su pequeño mundo: la calidez del metal de la cuchara que sostiene entre sus dedos, el aire coloreado por el gris blanquecino del vapor, el brillo pulido de la sencilla tetera, la suavidad de la madera lacada del mueble en el que apoya su mano izquierda… Y poco más. Nos hace pensar que no hay nada más relevante que ese momento preciso, que nuestra protagonista no tiene en mente otra cosa que, simplemente, vivir ese instante concreto. Nosotros hace mucho que no hacemos algo así…¿lo habremos olvidado?

Bueno, más bien, hemos cambiado totalmente el sentido de estas experiencias. Paradójicamente, cuando cuando vivimos uno de esos instantes analógicos, en seguida sentimos la necesidad de digitalizarlo. Sacamos el móvil, y foto al canto, y, casi siempre, deja de ser un momento privado para convertirse en algo público o semipúblico. Nuestras vidas tienen muy pocos secretos…

Lo cual me hace recordar la clase de uno de mis profesores favoritos acerca de esta pintura. Invirtió mucho rato (sin mirar el reloj, saboreando con fruición el hilo de sus propios pensamientos que, afortunadamente, compartió con sus alumnos), en reflexionar acerca del cajón del mueble que se aprecia en el ángulo inferior derecho del cuadro. Está entreabierto, y no por mera casualidad, o para mostrar el atolondramiento o descuido de su dueña. Un cajón a punto de cerrar es una provocación, una invitación a acercarse y mirar lo que hay dentro, a cotillear lo que se supone que no debe estar a la vista.

Este cajón es como una elegante y sutil seducción, en la que la mujer del té insinúa que tiene algún secreto, que guarda algo, que hay algo más allá de lo que se ve… Con una tenue sonrisa, incita la curiosidad de quien se asoma a su intimidad.

Pero su secreto permanece inaccesible, como si hubiese sido susurrado justo un instante antes, y su eco se difuminara a la par que se deshace la humeante nube que sale de la taza azul y blanca, muy semejante a cualquiera de las tazas que se exhiben en las alacenas de casi todos los hogares de Europa…

Siempre hay algo más allá de lo que vemos. Pero para descifrarlo, hay que pararse a contemplar, y esta mujer lo sabe. Sin embargo, el espectador contemporáneo no sólo no comprende a menudo el valor de escenas como ésta, sino que tampoco guarda, ni insinúa, sus propios secretos. Deja los cajones totalmente abiertos, no espera a que hierva el agua para tomar el té, no se sienta tranquilamente a degustarlo. Y si lo hace, tiene que publicarlo, como si perdiera valor al guardárselo sólo para su propia memoria.

Esta mujer vive lenta y apaciblemente, pero su pequeño instante hecho imagen cuenta una historia atemporal. El ser humano de hoy vive rápido y furioso. ¿Qué historia contarán nuestros instantes analógicos digitalizados?

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… y Dios en la de todos

Belén Napolitano, siglo XVIII. Madrid, Museo Nacional de Artes Decorativas.

Recordemos lo que es la Navidad: Dios que se hace hombre, y además, un recién nacido. Desencadenando así una serie de acontecimientos y mensajes que aún hoy, en pleno siglo XXI, configuran el sentido de la vida y la meta de millones de personas en todo el mundo.

Y este año, al menos para esta generación, es más importante que nunca facilitar la llegada del Niño a la vida de todos. No será superfluo hacer un hueco en casa a las figuras del Nacimiento, sean muchas o pocas, nuevas, o con las huellas de haber vivido otras muchas Navidades. Por eso me he tomado la libertad de «robarle» la foto al Museo Nacional de Artes Decorativas, que publicaba esta imagen en sus redes sociales, puesto que creo que simboliza precisamente esa idea. Como en los Belenes napolitanos, este gesto tradicional manifestará la presencia de la Sagrada Familia en medio de un mundo ajetreado, lleno de afanes, preocupaciones, proyectos, ilusiones, miedos y buenos deseos. Así fue el mundo al que llegó el recién nacido de Belén, el que reflejan las escenas de estos conjuntos escultóricos, y así es también el que nos envuelve ahora a nosotros.

Siempre ha habido Navidades en medio de la incertidumbre y el sufrimiento, empezando por la primera de todas. Pero esta vez nos toca a nosotros, que lo vivimos con las emociones más despiertas y revueltas que nunca. Este año parece que se va a cumplir de una forma nueva eso de «cada uno en su casa, y Dios en la de todos». La primera parte del refrán nos viene medio impuesta, y cada uno lo vivirá en la medida que se lo indique su personal sentido de la responsabilidad.

Sin embargo, la parte final del dicho, si bien debería cumplirse no sólo cada Navidad, sino cada día del año, cobra especial relevancia en estos momentos. Porque ahí es precisamente donde radica la verdadera esencia de lo que celebramos estos días, al menos si lo hacemos de corazón, y no como una mera reunión de personas queridas, decoraciones y regalos.

Es decir, que, a pesar de los tiempos difíciles que vivimos, a pesar de todo aquello que añoramos este año, que sea una Navidad distinta de como nos gustaría no quiere decir que sea menos Navidad. Abramos la puerta de nuestra casa al invitado más importante: el Dios hecho Niño, que vino a este mundo enloquecido a traernos la luz que procede de la auténtica esperanza.

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Tus puntos

Domingo en La Grande Jatte, Georges Seurat, 1884. Chicago, Art Institute.

A lo mejor, en nuestra más idealista juventud, muchos de nosotros soñamos con hacer grandes cosas cuando fuéramos mayores. Personalmente, no creo haber alcanzado metas excelsas, en el lenguaje habitual del mundo. No me han dado ningún premio, no he montado un gran emporio, no soy muy influyente en el mundo, ni, desde luego, he engrosado mi cuenta corriente hasta alcanzar cifras estratosféricas.

Pero no me importa. De hecho, lo prefiero. Porque, haciendo un paralelismo con el mundo del arte, no hay muchos Miguel Ángeles por ahí, genios que lo hagan todo bien y que se los rifen allá donde van. Si yo tuviera el talento del florentino, trataría de exprimirlo al máximo, desde luego. Pero tampoco se pueden olvidar las palabras que él mismo decía en su vejez, y que el propio Goya inmortalizó en uno de sus grabados: «Aún aprendo».

Así que, si el gran MA era consciente de sus limitaciones, no voy a ser yo menos.

Y todo esto viene porque, para la mayoría de nosotros, el éxito residirá en hacer lo que hizo Seurat: juntar un montón de minúsculos puntitos para crear una obra de calidad. Eso sí, cada unos de ellos bien hecho, del color exacto, con matices y gradaciones tonales específicos, y en el lugar preciso del lienzo, no en otro. Todo está planeado y pensado. El maestro puntillista realizó numerosos bocetos, estudios y obras preliminares, basándose en las teorías del color y su percepción, hasta lograr crear la obra definitiva.

La escena que muestra este Domingo en La Grande Jatte evoca precisamente algo que todos añoramos en estos tiempos: momentos de sereno ocio con los nuestros, al aire libre, donde poder encontrarnos con quienes forman parte de nuestro vecindario, de nuestra ciudad, y compartir la vida.

Podemos hacerlo posible de nuevo. Pero no porque esté en nuestra mano el destino del mundo y sus grandes decisiones. Sino justamente por lo contrario, porque de nosotros dependen las cosas pequeñas, las que de verdad conforman la vida de los pueblos y su historia.

La obra es de todos, no de unos pocos, y todos estamos llamados a dar nuestras pinceladas.

Cada uno tiene la posibilidad de pintar un montón de canijos redondeles de color en el lienzo. A primera vista, parece que solos no valen nada, pero en conjunto se transforman en algo increíble. Si no pintas los tuyos, o si lo haces al contrario de como te dice el maestro (esa voz que todos llevamos dentro y que nos hace distinguir la correcta composición de la obra), no va a quedar bien.

Y todos saldremos feos en el cuadro.

Así que tú verás qué haces.

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No es el momento

«Ya tienen asiento», Francisco de Goya y Lucientes, 1797-1799
Madrid, Museo Nacional del Prado

Vivimos unos tiempos raros, difíciles. No sé, como diría Dickens, si es el mejor o el peor de los tiempos. Pero está claro que nadie nos había preparado para nada parecido, y a veces no sabemos qué hacer. Pero creo que, si pensamos un poco, al menos sabremos qué no hacer.

No es el momento de andar por ahí con una preocupación desenfrenada, adelantando males que no sabemos si llegarán. A problema X, solución para X, pero no para W. Tampoco es tiempo de ser pregoneros de informaciones sesgadas procedentes de quien busca la forma más impactante de redactar el titular, aprovechando que últimamente el alarmismo infartador vende periódicos.

No son días para echar en falta nuestras comodidades habituales, sino de aprender a vivir con menos, y poner en marcha el ingenio para llenar posibles carencias. A lo mejor descubrimos que somos más espabilados de lo que pensábamos.

Desde luego, no es ahora cuando hay que buscar culpables y desear linchamientos simbólicos. Ya habrá tiempo para corregir lo que sea pertinente. Y si no, la Historia pondrá a cada uno en si sitio. Más bien es hora de trabajar con el que opina distinto, pensando cómo vamos a reflotar tantos sectores que se van a ver afectados, cada uno desde donde le toca.

No es el momento de quejas egoístas. Hay personas que han perdido a quienes más quieren, una verdadera parte de su ser, en unas circunstancias de lo más dolorosas. Y hay otras que dicen que es injusto que se les haya estropeado el verano…

Tampoco es el tiempo oportuno para seguir con nuestras rutinas de siempre, sin incluir en ellas un poco de ayuda, especialmente en forma de trabajo y compañía. La solución no va estar en seguir teletrabajando mientras otras personas se ocupan de lo demás, como si la cosa no fuera con uno. Si esto no cambia nuestros modos de actuar, no sé qué lo hará.

Hay algunas personas que han descubierto en seguida qué es lo que se necesita en estos momentos. Se han arremangado y… ¡hala, a hacer lo que está en su mano! Lo que no han hecho ha sido mirar para otro lado, o peor aún, mirarse el ombligo. Eso es lo que seguro, seguro, no hay que hacer ahora.

No es el momento de ponerse las sillas en la cabeza. Una de las interpretaciones de esta estampa del sabio Goya, titulada Ya tienen asiento, es la que entiende éste como sentido común, prudencia. Pues eso. Usemos la silla para lo que es, y si, de paso, podemos ofrecer asiento a alguien, pues mucho mejor.

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Después de Navidad

«Huida a Egipto», taller bizantino, 1084
Catedral de Salerno

La Navidad significa, para muchos de nosotros, un tiempo distinto dentro del calendario. Cada uno tiene sus motivaciones, pero en muchos casos, son días de ajetreo, ilusión, compromisos, deseos, nostalgias, alegrías, tensiones y esperanza a partes iguales. Un combinado de emociones donde cabe todo lo que uno es capaz de sentir, creer y esperar.

Pero a lo mejor, sólo a lo mejor, lo importante de la Navidad no son los días que van del 24 de diciembre al 6 de enero. Ponemos todo de nuestra parte para vivir esas fiestas de la mejor manera que podemos, en muchos sentidos. Sin embargo, puede ser que se nos esté escapando algo.

Recapitulemos. Navidad: el niño Jesús nace en Belén, en unas circunstancias que hoy describiríamos como surrealistas. Casi todas las dificultades y la mala suerte del mundo parecen darse cita en esta historia. Luego parece que se arregla un poco, con los pastores avisados por el ángel, que les echan una mano a José y María, les ofrecen lo que tienen, y sobre todo, les hacen sentir que no están solos, con el calor de su cariño. Finalmente, llegan los Reyes Magos, con sus extraños regalos y su actitud humilde y portentosa a un tiempo. Me imagino a los pobres padres un tanto desconcertados, sin saber muy bien qué hacer ante tan inusual visita.

Pero la tranquilidad dura poco, porque después de los festejos navideños hay que salir corriendo a Egipto, si quieren salvar la vida y cumplir la misión que se les ha encomendado. Los recuerdos de los días pasados en Belén darían fuerzas a la joven familia para enfrentarse a la dura etapa que se les presentaba, llena de inseguridades e incertidumbre.

Y es, salvando las distancias, un poco como lo que nos pasa a nosotros cada año cuando termina la Navidad. Hay que volver a la vida real, que, en no pocos casos, supera nuestras capacidades.

Todos en algún momento nos hemos sentido, o nos sentiremos, como María y José cuando montaron en el burro hacia Egipto: caminando hacia lo desconocido, aprisa, con miedo de lo que queda atrás y de lo que espera al avanzar. Empezar de nuevo, y con muy poco en las manos. Ellos no tenían casi nada, el uno al otro, su amor en común, y ese Hijo que se les había dado. Y la fe y la esperanza que vieron confirmadas durante los acontecimientos que vivieron en la Navidad.

¿No se parece nuestra vida a la de nuestros protagonistas más de lo que pensábamos? Ciertamente, los obstáculos y la lucha por hacernos un hueco en el mundo están ahí para todos, y María, José y Jesús no fueron una excepción. Lo verdaderamente extraordinario de la Navidad es cómo el milagro les dio fuerzas para lo duro que es vivir a veces.

Acojámonos también a esa nueva luz que es la Navidad que, aunque ocurre todos los años y parece sólo una temporada más, puede ser la razón que necesitemos para seguir avanzando cada día.

Así, haremos como el otrora seco Scrooge de Dickens, que se dejó esponjar por esta nueva esperanza, y diremos:

Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. 

«Cuento de Navidad», Charles Dickens

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Nada que demostrar

«Retrato de Johann Joachim Winckelmann» (detalle), Angelika Kauffmann, 1764
Kunsthaus Zürich

Nos están tomando el pelo. No sé cuándo empezó, creo que el origen es irrastreable. A lo mejor todo comenzó cuando se decidió que lo importante es tener, no saber ni ser. Pero tampoco tengo idea de en qué momento sucedió, así que estamos igual.

El caso es que nos están tomando por el pito del sereno. Nos torean, allá donde llamamos. A veces incluso incluso antes de alargar la mano para tocar el timbre. Puertas cerradas, cartas sin contestar, silencio al otro lado del teléfono, trabajo sucio disfrazado de oportunidad.

Y parte de la culpa es nuestra. Por pánfilos. Por dejar que sigan pensando que pueden seguir por el mismo camino, por no protestar. Por creernos lo que nos dicen cuando nos llaman inútiles. Por llegar a autodefinirnos como ilusos, por asumir que tenemos que demostrar que somos necesarios.

Y no es verdad. Hemos recorrido el mismo camino que otros a los que se les espera en los umbrales con los brazos abiertos, nuestros esfuerzos y nuestro tiempo no valen menos. Nos merecemos lo mismo que los demás, ni más ni menos: respeto y dignidad.

Cada uno avanza en este camino lleno de barro como puede. Como le dejan, en realidad. No se nos puede exigir que no aceptemos las pocas opciones que tenemos sólo porque no respondan a lo que en justicia esperamos. Pero el derecho al pataleo existe todavía, según creo.

Claro que no toda la responsabilidad está en nuestro platillo de la balanza. En el otro hay pesos que provienen de las grandes instituciones, las empresas, las propias universidades y escuelas, las mentes pensantes de nuestro tiempo. Los que se inventan las excusas para justificar que sea tan difícil.

Cada vez que se ofrece un empleo precario en una institución cultural como si fuera un puesto digno, se coloca un peso. Cuando se permite a un no profesional diseñar el contenido de una exposición, se suman unos gramos más. Cuando se cumplen las «cuotas» de discapacidad con un puesto que podría estar destinado a nosotros, el otro platillo baja otro poco. En el momento en que te dicen que estás sobrecualificado para el perfil que buscan, directamente te quedas sin pesos en tu lado de la balanza. Cuando tus conocidos no te acompañan a una exposición porque no es gratis, te roban el platillo.

El campo de acción es demasiado amplio, y no sabemos ni por dónde empezar. Pero algo hay que hacer, porque estamos un poquito hartos. Al menos hasta donde yo sé. Poco a poco van surgiendo asociaciones y grupos cuyos objetivos se orientan en este sentido, pero cada uno también tiene un papel individual que ejercer, en lo que esté en nuestra mano.

No tenemos nada que demostrar, está todo en nuestro curriculum, ése que hemos enviado a todos los museos, galerías, editoriales, centros culturales, academias, empresas de externalización de servicios, agencias de viajes, plataformas de turismo y no sé cuántas entidades más.

Y no vale menos que el de cualquier otro profesional. Porque eso es lo que somos. Profesionales de todo aquello que han creado los artistas de todos los tiempos, países, técnicas, estilos, géneros, creencias, ideologías, culturas. Creo que más de cuarenta mil años de naturaleza humana expresada en arte son credenciales más que suficientes.

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Trampantojos

«Asunción de la Virgen», Antonio Allegri da Correggio, 1526-1530
Catedral de Parma

El pintor a veces miente. Bueno, en realidad casi siempre, porque, ya lo decía Platón, vuelve falsa la realidad engañando al ojo, y la pintura es la más impostora de todas las artes. Y si el filósofo griego hubiera visto los frescos de gran parte de las iglesias y palacios barrocos, se hubiera indignado, supongo.

Y es que están llenas de imágenes falsarias, de trampantojos, que, como su propio nombre indica, se dedican a trampear la percepción de la vista, bajo apariencia de realidad. El término viene de trompe-l´oeil, que el Diccionario de términos de arte de Borrás y Fatás define como «voz francesa, que designa una ilusión óptica espacial en pintura, de modo que parezca real lo que sólo es pintado. V. engaño e ilusionismo». Fin de la cita.

Cielos que se abren al infinito, cortinajes que descubren escenas fantásticas, figuras encaramadas a cornisas… Todo mentira. Es parte del juego pictórico, y también del desarrollo de una técnica, claro.

Y eso está muy bien, porque están en su sitio, donde deben estar. Y porque, o muy joven o muy simple es el espectador que no alcanza a distinguir lo real de su representación. Y muy poco sensible, o muy escéptico, el que no se deja impresionar por este tipo de visiones cuando las tiene cerca.

Pero también hay trampantojos de mala fe, o al menos poco honestos, que se basan en el juego para vendernos una apariencia de realidad que no existe. Y no hace falta ir a ningún palacio italiano para verlos. Basta conectarse a las redes sociales, sin ir más lejos.

Vidas perfectas con toda clase de impactantes imágenes, perspectivas de abarrotadas fiestas, telones tras los que se abren retratados de inusitada belleza, rostros idealizados, composiciones protagonizadas por objetos que se supone que debemos desear y adquirir. Puro trampantojo.

Y una cosa es el «postureo» un tanto absurdo pero inocente de quien busca presumir de los mejores momentos de su vida, o incluso hacer drama de sus problemas. Pero que el fin sea la venta de un producto, con la pretensión de que la fama sirva de trampolín para modelar los gustos del espectador… presuponiendo, por otra parte, que no tenemos gustos propios y que necesitamos que alguien nos los dirija y mediatice… eso ya es otro cantar.

La mercancía que se ofrece es superficialidad en bote, apariencia de contenido, pero que se fragmenta y se desmenuza a la mínima ráfaga de viento, como una flor conservada artificialmente. Puro humo, en palabras de un joven pensador al que no conocéis (al menos, de momento).

Y lo peor, lo peor de todo, es que la trampa surte efecto. Cada vez más hay más miradas incautas que se dejan engañar por la ilusión de una felicidad prometida a quien llegue a replicar ese estilo de vida. Una vida que te lleva a entristecerte cuando terminan los fastos de la fiesta que preparabas para celebrar tu compromiso con otra persona hasta que la muerte os separe. A definir como importante lo que tienes aquí, que, pase lo que pase y haya lo que haya al otro lado, aquí se queda.

Cuidado con los trampantojos que hay por ahí. Esos que prometen cielos que no son de verdad, estancias lujosas que no existen, personajes en lugar de personas, escenas que anuncian experiencias llenas de luz y color, pero que no son más que pigmentos sobre una superficie plana, sin profundidad, sin vida.

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