Aprender o morir

“El ratón de biblioteca”, Carl Spitzweg, ca. 1850.
Schweinfurt, Museum Georg Schäfer.

Biblioteca Nacional de España. Una tarde de primavera. La sala está relativamente vacía, con algunos estudiantes e investigadores repartidos entre las mesas de la parte de abajo del piso, y en la galería superior. Fuera, el tráfico de Madrid, con su ruido y sus prisas, contrasta con el silencio que llena el interior de la sala, sólo interrumpido por el deslizar de hojas de papel, la caída del bolígrafo sobre la mesa y alguna que otra tos ocasional. Todo como siempre, nada fuera de lo normal.

Yo estaba arriba, peleándome con mis asuntos, y en uno de esos momentos en los que suspiras y levantas la vista para buscar cualquier otra cosa que no sea lo que tienes que hacer, se me ocurrió mirar hacia abajo.

Y vi un señor mayor. No tan raro, supongo, pero la verdad es que me sorprendió. Porque cuando digo mayor, es que los ochenta ya no los cumplía. Y cuando digo señor, es señor, con traje y corbata, perfectamente planchado. Y creo que incluso llevaba un sombrero en la mano. Pero lo que sí recuerdo es que se apoyaba en un bastón, caminaba despacio, sin hacer ruido, y se dirigía a la salida casi paseando, sin ninguna prisa, como quien no teme al tiempo.

Yo de mayor quiero ser como ese señor. Tener muchos años, pero seguir buscando, investigando, con ganas de continuar aprendiendo. Descubrir cosas nuevas, cambiar de opinión, profundizar en lo que me gusta y desterrar prejuicios sobre lo que creo que no guarda nada para mí. Seguir creciendo hasta el final.

Cuando eres joven y buscas tu lugar en el mundo estudias porque no te queda otra, hay que sacarse las castañas del fuego y esas cosas. Pero en la mayoría de los casos, al llegar a cierta edad y se logra un mínimo de estabilidad, parece que la curiosidad se apaga, como si ya supiéramos todo lo que necesitamos para la vida. Yo creo que ése es el momento en el que te vuelves viejo, independientemente de los años que te adjudique el DNI.

Al mismo tiempo, haber vivido tanto, tantas situaciones y experiencias, y tener la humildad de reconocer que no sabes aún lo suficiente es digno de admiración. La sabiduría que dan los años es a lo mejor lo que hace que seamos conscientes de nuestra pequeñez, y de que el mundo es muy grande como para entenderlo en la brevedad de una vida. Puede que cuanto más viejo seas, más niño debas ser, no vaya a ser que te creas sabio y en realidad no seas más que un “daticultor”, un mero repetidor de información, pero que saber, saber… lo que se dice saber, sepas poco.

Y es que, si todavía seguimos aquí, es porque nos queda algo que aprender. De lo que está en los libros y de lo que no. De los demás y de lo que nos rodea. Si no nos hemos muerto hoy es porque algo podemos enseñar mañana.

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Las formas del aire

Capilla mariana de Enrique VII, 1503-1509
Londres, Abadía de Westminster

La vida tiene a veces unas cosas muy raras, y aunque uno crea conocer el blanco, no lo aprecia en toda su hondura hasta que no se encuentra con el negro. Me explico: no entendí de verdad una catedral gótica hasta que no estudié la arquitectura contemporánea. Y gracias a un profesor maravilloso que tuve.

Y alguno se preguntará que qué es lo que hay que entender en una catedral. Si total, es un edificio alto, con más o menos florituras, vidrieras de colores y un montón de arcos apuntados por todas partes. Sí, pero no. Porque una arquitectura no es su aspecto externo, qué características formales tiene, y cómo se construye. Eso se aprende en cinco minutos.

Una arquitectura es el espacio, y el significado que tiene, que a veces se viste de un estilo, y otras, de otro. Pero eso es lo de menos. Lo gordo es lo otro, lo que no se ve, el “aire” de dentro. Y eso sólo lo entendí a partir de Le Corbusier y de Mies van der Rohe.

Porque, si una catedral no es sólo un montón de piedras decoradas y cristales bonitos, el Movimiento Moderno tampoco se resume en un suelo y un techo sostenido por pilares y un salón diáfano. Es una manera de concebir el espacio.

Esto, puesto así por escrito, y en tan breve extensión, suena un poco a cuento chino, lo sé. O cuento sueco, que tanto da… El caso es que esta idea sólo se puede llegar a asumir bien a través de dos vías: una, estudiando la historia de la arquitectura (lo cual es siempre muy recomendable) y otra, meterse uno mismo en ella. Es decir, yendo a los sitios y ponerse a mirar muros, techos, columnas, vanos, suelo… sin miedo a parecer un poco idiota o ensimismado. Nos perdemos muchas cosas por este tipo de vergüenzas absurdas.

Sólo entrando en la catedral de León se puede llegar a respirar ese aire de espiritualidad humana que fue el gótico, con el color de las vidrieras que colorea las motitas de polvo del aire, y la música que acompaña la trascendencia de las palabras sagradas con sus altas notas, llegando a través de ese magnífico coro.

Sólo al introducirse en el Pabellón Alemán de Barcelona de Mies puede comprenderse el profundo cambio que experimenta el espacio en la mentalidad del hombre contemporáneo, que busca en lo racional la respuesta a sus preguntas, abandonando el camino de lo espiritual, al menos en su sentido tradicional.

Pongo estos dos ejemplos, pero háganlo extensivo a cualquier otra obra arquitectónica: el Panteón de Agripa, la cripta de San Isidoro de León, el Duomo de Florencia, la ópera de París, el Pabellón de la Secesión en Viena, o tantos otros sitios fabulosos como hay a lo largo y ancho de este mundo.

Y a veces, te quedas sin aliento y tienes que inspirar profundamente, como me sucedió al entrar en la capilla de Enrique VII en Westminster. La habría visto en fotos y libros cientos de veces, pero la tridimensionalidad y lo que se siente en ella no se reflejan en una imagen plana. Tuve que esperar a subir esos centenarios y pequeñujos escalones para toparme, inesperadamente, con todo el poder de su esplendoroso espacio, que te rodea de una manera muy particular. Y todo, desde el techo de encaje dorado en piedra, hasta el cielo casi blanco que se ve por los cristales, contribuye a crear una sensación única.

El espacio es la materia con la que se hace el arte de la arquitectura. Es algo que, al igual que los colores de una pintura, las notas de una composición o las palabras de un soneto, hay que contemplar, que saborear. Pero hay que ir hasta el fondo, no quedarse en lo exterior, que es lo que nos suele pasar. Porque hay principios que no se entienden hasta que no llegas al final.

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Goya, el Perro y un cumpleaños

“Perro semihundido”, Francisco de Goya y Lucientes, 1820-23
Madrid, Museo Nacional del Prado

Algo tiene el Perro que hace que todo el mundo se pare delante y esté un buen rato allí, contemplándolo. No mirando la cartela, no leyendo una guía, no tomando notas… Sólo mirándolo. Será que algo bulle dentro al enfrentarse a él. Y eso que se muestra rodeado del resto de las Pinturas Negras, que podrán gustar o no, pero, desde luego, tienen un alto poder de impacto. No son algo que se olvide fácilmente. Pero parece que al llegar al Perro cambia la banda sonora, y pasamos de la Una noche en el monte Pelado a El pájaro de fuego. Se modifica el ritmo de la visita, y se pasa de la simple observación a una mirada reflexiva y casi conmovida.

Algo de especial debe tener, porque es una de las pocas obras que gusta o llama la atención a casi todos los historiadores y amantes del arte que conozco (que son unos cuantos, la verdad, para qué vamos a negarlo). Ofrece algo a los que se declaran admiradores del arte contemporáneo, pero también a los que confiesan que lo moderno les dice poco y se consideran más clásicos en sus gustos. Es lo bueno que tiene el arte, que no es como el fútbol, puedes admirar a Tiziano y a Picasso al mismo tiempo, y enriquecerte con todo lo que conoces.

Pero esta pintura tiene algo que no tienen otras obras maestras del arte, al menos hasta donde llega mi no muy extensa pero sí intensa experiencia. Ni las Meninas con su inagotable juego de espejos y espacios, ni la Gioconda y esa sonrisa que sigue originando ríos de tinta, ni la inefablemente maravillosa Piedad del Vaticano… Todas son indiscutibles manifestaciones del genio, pero, perdónenme los fans de estos maestros, ni Velázquez, ni Leonardo, ni el gran Miguel Ángel (inclinación de cabeza), lograron tanto con tan poco.

Porque, si uno se fija ¿qué es el Perro? Pues un par de zonas casi monócromas separadas por una invisible línea ondulante y, entre ellas, la cabeza de un perro, y ésta no excesivamente realista. Y ya está. No hay más.

Pero es que tampoco hace falta más. Es moderno antes de los modernos. Esas pocas pinceladas, realizadas por quien sabía pintar retratos en un botón, son suficientes para llegar al interior de quien lo mira y hacerle experimentar un montón de sensaciones. La angustia del animal, que se ve desbordado por lo que le rodea, y está hundido hasta el cuello en una masa espesa que lo atrapa. La lucha por verse libre, tratando de recuperar la libertad perdida, la mirada que trasluce al mismo tiempo esperanza y un esfuerzo titánico por vencerse, y que busca una mano amiga que se le tienda para sacarle del fango.

Además, si se le da una vuelta de tuerca más, uno se da cuenta de que es precisamente la cabeza lo único que queda fuera de esa sustancia viscosa y sucia. La cabeza, la razón, es la herramienta principal para salir de la tontería y la locura. Esa parece ser la conclusión a la que Goya quiere hacernos llegar.

Bueno, en realidad es la idea que quiere recordarse a sí mismo, porque las Pinturas Negras las realizó para sí, en las paredes de su casa, y las hizo porque quiso, no porque se las encargara ningún mecenas, ni porque nadie le dijera qué y cómo tenía que pintar. De modo que el Perro semihundido es una expresión pura y auténtica de lo que llevaba dentro, sin cortapisas.

Es un retrato de su propio ser, de la sociedad, y de todo aquel que la contemple, en todo tiempo y lugar. Una llamada a reflexionar y a luchar para no caer en la corriente de la sinrazón y la banalidad, y a actuar en consecuencia. Porque si no piensas, si no usas ese gran talento humano, te hundes en un barro oscuro y sucio, y desapareces en la masa para siempre.

Todo esto he llegado a saberlo porque he pasado bastante tiempo ante esta pintura, la mayoría de él junto a mi amiga A., que cada vez que va al Prado reserva un paseo por sus salas para ir a visitar su obra favorita. De modo que para mí el Perro semihundido de Goya es, además de lo dicho arriba, un imborrable recuerdo de una de mis personas más queridas.

Por eso tenía que escribir esto. Y porque hoy es su cumpleaños.

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Prado, mon amour



“Cuando desde lejos se piensa en el Prado, éste no se presenta nunca como un museo, sino como una especie de patria”.


Estas palabras de Ramón Gaya presiden una de las salas de la exposiciónMuseo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria, queestablece un recorrido a través la historia de la institución y su incidencia en la vida intelectual, artística y social de nuestro país, y de ahí al resto del mundo. Porque el Prado es universal y español a la vez. Castizo como un cartón de Goya, y cosmopolita como el Fausto de Fortuny. Es lugar de inspiración humana, así, en general, sin etiquetas, una casa para todo aquel que cruce sus puertas.  

Pero volvamos al hilo que nos proponía Ramón Gaya. Para él, como para muchos de nosotros, huelga añadir el título institucional al Prado, puesto que Prado sólo hay uno, no hay confusión posible. Será cualquier otra cosa que lleve ese nombre la que precise un apellido, pero no nuestro Prado. Esta expresión refleja la familiaridad con la que el autor se refiere a este museo, prueba de la importancia que ha tenido en su vida. Y precisamente esto es lo que celebramos este año, la relevancia del Prado en nuestra existencia, tanto a nivel colectivo como individual. 

Por otro lado, es preciso hacer notar que en este breve texto la palabra “museo”, cuando aparece, lo hace con una connotación casi negativa, o al menos como algo no tan excelso, en comparación con el verdadero significado que tiene el Prado para el autor. El Prado no es “sólo un museo”, es mucho más. Aquí parece identificarse este concepto como un lugar poco atractivo, ajeno a los cambios que estaba experimentando el mundo de entonces, que comenzaba a construir la base de muchos de los valores que hoy nos parecen esenciales. Se trata, por tanto, de la idea tradicional de museo, una institución vetusta, heredera de planteamientos decimonónicos, con salas atestadas de piezas, que proporcionaban demasiada información, y que producían cansancio físico e intelectual, como ya anunciaba en 1923 Paul Valèry en El problema de los museos.

En cualquier caso, Gaya deja bien claro que el Prado no es un lugar de telarañas artísticas y bostezos culturales, sino hábitat natural de emociones profundas, recuerdos que construyen identidades y tradiciones que determinan formas de ser. Llama patria al Museo, y no por casualidad. La citada frase se extrae de Roca española, ensayo fechado en 1953, poco después de retornar a Europa tras más de dos décadas de exilio en las Américas. El Prado parece ser entonces la caja fuerte donde se conservan las raíces de la memoria nacional y personal, donde se guarda a salvo aquello a lo que se retorna al buscar una pertenencia, un lugar propio en el mundo. No en vano la “roca española” es el propio Museo, piedra angular de la historia de nuestro país, testigo directo de las dos últimas centurias, y albacea de más de cinco mil años de arte y cultura, ya que la pieza más antigua es un retrato en diorita del rey sumerio Urningirsu de Lagash (2124- 2119 a.C). Y todo ello a través de las decisiones de monarcas, validos, aristócratas, artistas e intelectuales, que se asombrarían si pudieran ver en lo que se ha convertido el Museo que ayudaron a configurar, fueran o no conscientes de ello en su momento.  

Por tanto, el bicentenario del Museo del Prado supone una ocasión de celebrar la existencia de un lugar común para todos, ya que entiende que el patrimonio que conserva no pertenece únicamente a los españoles, sino que refleja un concepto de patria histórica y cultural que trasciende las fronteras políticas, ideológicas, sociales y económicas.  Estamos de fiesta.

Personalmente, ni siquiera puedo contar la cantidad de veces que he ido al Prado. Cuántas horas he pasado deambulando por sus pasillos, descubriendo maravillas que ni sospechaba que existían, el número de veces que he parpadeado de asombro, o entornado los ojos para no perderme ningún detalle. La de cosas que he aprendido, de las que no vienen en las cartelas, sino de las que se asimilan contemplando el espíritu reflejado en tantas lecciones en forma de arte. Cuantísimas personas me han acompañado por las galerías, a cuántas he conocido entre sus muros, y todas ellas tan bellísimas como las obras que cuelgan de las paredes. Innumerables risas, miradas de complicidad, suspiros de varias clases, e incluso alguna que otra lágrima.

He vivido bajo el techo del Prado tantas cosas, que podría hacerse una película de mi vida en sus salas, si algún insensato se propusiera hacer tal cosa. Desde la primera vez que sentí terror ante el Saturno de Goya, el momento revelador que fue ver en persona el Fusilamiento de Torrijos de Gisbert, o la alegría de ver las distintas versiones de los retratos de la infanta Margarita reunidas (entre las que sólo faltaba mi propia foto vestida como el cuadro que entonces se atribuía a Velázquez). Por no hablar de todos los recuerdos con amigos de verdad, muchos de los cuales llegaron a mi vida precisamente porque existe este museo.

Le debo mucho al Prado, y creo que muchos de los amantes del arte también. E incluso me aventuro a pensar que los que afirman que un museo no es para ellos descubrirían que el Prado tiene algo para todo el mundo. Algo parecido al anuncio de Coca-Cola de hace unos años, pero en versión profunda. Sea cual sea la emoción que sientas, hay un cuadro en este museo para ti.

En doscientos años el Prado ha sido la casa de muchas personas, una constante en la vida de muchos. Mientras el mundo cambia, el Prado permanece, conectándonos con nuestros primeros recuerdos, a lo largo de la memoria personal y colectiva que guardan sus obras. Como si la mirada de cada uno de nosotros permaneciera en ellas para siempre.

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Imprescindibles

“El picnic”, James Tissot, 1881
Dijon, Musée des Beaux-Arts

Pasamos gran parte de nuestro tiempo libre, ése que decidimos cómo emplear, con personas que nos hacen pasar un buen rato, con las que posiblemente estamos muy a gusto, pero que, salvo honrosas excepciones, no son aquéllas a las que acudiríamos en un momento de verdadero dolor. No son los primeros a los que llamaríamos cuando parece que algo te aprieta en el pecho y que sólo puedes desatarlo con lágrimas.

Los mejores ratos de cada día, en los que respiramos un poco y dejamos de lado la eterna y creciente lista de cosas por hacer, no son ya los que dedicamos a estar con los que están a la cabeza de nuestra lista de personas favoritas. Ahora los pasamos con un grupo de colegas, compañeros, que son ciertamente valiosos e importantes, pero no son los que saben cómo está tu corazón sólo con mirarte a los ojos. No son los que no necesitan preguntarte cómo estás, porque tu voz se lo dice en un solo “hola”, o incluso sin eso.

Y lo peor es que hacemos malabares para poder llegar a unas cañas después del trabajo, perdemos horas de sueño y de descanso, casi nos avergonzamos si no podemos quedarnos hasta que se vaya el último… pero dejamos un poco de lado a los imprescindibles.

Y un día los imprescindibles no estarán aquí. Se irán ellos, nos iremos nosotros, cambiaremos de ciudad o de país, o, peor aún, se habrán aflojado los lazos que nos unían. Y ya será tarde. Querremos entonces recuperar el tiempo perdido, nos lamentaremos de no haber sabido aprovechar los momentos con ellos, los grandes y los pequeños, que son los que verdaderamente quedan. A mi abuela la recuerdo más a menudo merendando en la mesa de la cocina, qué cosas…

La vida es corta y larga a la vez, pero desde luego, nadie sabe cuánto tiempo tiene. Por eso hay que decidir sabiamente cómo, y, sobre todo, con quién , lo empleamos.

Conocidos habrá infinitos. Compañeros de trabajo o de estudio, millones. Gente con la que te lleves bien, unos cuantos cientos, a poco amable que seas. Personas que te hagan reír, y con la que pases un rato divertido, varias docenas, porque hay gente estupenda por ahí. Amigos varios de todos los pelajes, montones de ellos. Amigos de verdad, de ésos que conoces sus malísimos momentos porque los has compartido, y viceversa, no sé si llegarán a diez. Familia sólo hay una, y tienes la que tienes, con sus cosas buenas y las malas.

Cada uno sabe quiénes son sus imprescindibles. Los que no sustituirá nadie. Los que no sólo te quieren con tus defectos, sino precisamente por ellos. Los que te querrán siempre, incluso aunque metas la pata en el más fangoso de los agujeros, incondicionalmente, y te querrán aún más cuando les hagas sufrir.

No se puede decir eso de mucha gente. Cuidemos a nuestros imprescindibles.

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No es por el oro

“El caballero de la mano en el pecho” (detalle), El Greco, ca. 1580.
Madrid, Museo Nacional del Prado
Y en la pantalla de mi ordenador

Cuando me metí en esto ya sabía que no era por el oro. En realidad, lo sabía desde mucho antes, desde que me dejé seducir, hace ya bastantes años. Así que, en realidad, era plenamente consciente de que estaba entrando en un jardín de los más espesos. De los ingleses, de esos en los que no hay parterres ordenaditos y recortaditos, sino árboles y matorrales creciendo sin cortapisas.

En fin, que sabía que pasaría esto. Que tendría que dar explicaciones acerca de por qué el arte, y no otra cosa más lucrativa, o que diera más estabilidad a corto plazo. Sabía que habría momentos en que me preguntaría a mí misma por qué lo hice, cuando pareciera que no hubiera puertas abiertas, que esto no me llevaba a ningún sitio.

Y de pronto, el ordenador viene al rescate. Benditas tecnologías que permiten guardar un pedacito de maravillas para poseerlas un poquito.

Plas. Un recordatorio de que todo el esfuerzo, las negaciones, las excusas que das de tus ausencias, la frustración por lo que no has conseguido, la esperanza de lograrlo, el buscar ganas donde ni siquiera sabes si las hubo… todo ese cúmulo de sensaciones variopintas que experimentas cuando estás persiguiendo una ilusión, todo eso cobra sentido sólo con contemplar aquello por lo que trabajas.

Y entonces rememoras todo. El primer estremecimiento al ver tal o cual obra (ponga cada cual aquí el título correspondiente), el momento en que dejaste de tomar apuntes para quedarte con la boca abierta y el corazón henchido ante la imagen proyectada en la pantalla, en el aula a oscuras, con la voz del profesor resonando a lo lejos. Revives la emoción de ver una de esas piezas en directo, casi como una gruppie al seguir a su cantante favorito, el impulso de comprar todos los catálogos y productos de papelería con detalles de las obras de lo más variado, viviendo un auténtico fenómeno fan.

También te acuerdas de lo mucho que te costó llegar hasta donde estés, pero eso es lo de menos. Porque si no te hubiera gustado el camino, si no lo hubieras disfrutado, lo habrías abandonado. Hay otros destinos y otros viajes por ahí, pero no son tan divertidos. Al menos para mi.

Y al final, vuelta al ruedo. Porque, aunque no es por el oro, sí hay un motivo. Y, en mi caso, no es por la plaza. Nunca lo ha sido. Si fuera por la tranquilidad de tener el futuro profesional asegurado, habría estudiado una carrera de esas de siglas, para dedicarme a comprar y vender. No me hubiera metido en este berengenal, que ya la vida es bastante complicada.

Pues eso, que no es por el oro. La mejor respuesta es la que me dio una amiga: es por ser feliz.

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Oh, cubista Navidad

Picasso quiso destruir la pintura para hacerla de nuevo. Y le salió bien, la verdad. Desmenuzó la perspectiva clásica y las técnicas tradicionales para luego  recomponerlas y generar una nueva visión de la realidad, a partir de paralelepípedos cuadrangulares. Resultado del experimento: el cubismo.

Hasta ahí todo bien. Te puede gustar más o menos, pero la verdad es que revolucionó la pintura y el arte en su sentido amplio, abriendo la puerta a la abstracción como lenguaje artístico. No se le puede negar el genio.

El problema viene cuando, más o menos conscientemente, se pretende imitar a Picasso,  y destruir la esencia de realidades que no son tan flexibles como el arte. Hay cosas que son lo que son, y que, si las cambiamos, serían otra cosa.

Pero tenemos una Navidad cubista. Al menos por aquí.

Las calles se llenan de luces, las tiendas exhiben toda clase de adornos, se felicitan las fiestas, y un larguísimo etcétera que no voy a enumerar porque es más que conocido. Pero resulta que la Navidad ya no es  lo que era. Ha cambiado. El espíritu de la Navidad aparece representado por la Coca-Cola (me gustaría saber de quién procede tan extraña asociación mental), las luces no muestran otros motivos que cuadrados de colores, churritos de neón, o copos de nieve y ciervos, en un alarde de estilo figurativo.

Se busca, supongo, la abstracción del mensaje de siempre, que ya no encaja en nuestras vidas, parece ser. Pero con tanta abstracción, a veces es difícil saber qué es lo que estás celebrando. A mí lo único que me evoca es una convención en el calendario para que el mundo se pare un poco, reunirse con la familia a comer, y hacerse regalos. Lo cual está muy bien, ciertamente, pero hacerlo sólo porque es invierno no tiene mucho sentido. El año está lleno de momentos para ver a los que quieres, demostrárselo, y hacer actos de buena voluntad. De hecho, hacer estas cosas sólo en Navidad no parece muy coherente, ¿no?

Y eso poniéndome en plan positivo. Porque hay otras formas de vivir las “Felices Fiestas” que mejor ni mencionarlas.

Cada uno tiene sus tradiciones y puede hacer con su vida lo que le dé la gana, faltaría más. Pero convertir una creencia y un modo de vivir en lo que a uno le conviene, y encima presumir de ser el que más lo celebra, es bastante absurdo.

No todo el mundo es Picasso, ni todas las cosas de la vida son como el arte.

Feliz Navidad. Pero de la de siempre.

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Daltónicos del gris

A lo mejor eres daltónico y no lo sabes. O daltónica, aunque si lo ignoras no va a dejar de ser así porque le cambiemos la desinencia. En fin, que igual no te has dado cuenta, pero es posible que se te escapen ciertos tonos cromáticos de la realidad. Los que hay entre el blanco y el negro, en concreto. Que no sé cuántos son, pero seguro que muchos. Así que si sufres daltonismo de la gama de grises, te estás perdiendo un montón de cosas.

Es una dolencia que no hace acepción de personas; puede afectar a hombres, mujeres, jóvenes y viejos. A los niños, en menor medida, la verdad. Casos excepcionales. Pero ha manifestado en personas del campo y de la ciudad,  con y sin educación superior, de todos los ámbitos profesionales, creencias e ideologías, de izquierdas y de derechas… A lo mejor es un virus que ha mutado, ya que últimamente resulta contagioso.

Puedes diagnosticar este daltonismo en ti o en los demás, es bastante sencillo. Lo difícil es curarlo, aunque creo que es posible. Pero lo primero es darse cuenta de la existencia del problema. No soy una experta, pero parece ser que las personas que no distinguen bien los grises suelen establecer categorías mentales muy cerradas, que a su vez incluyen relaciones con otros conceptos, y sólo con esos, nunca con otros.

Me explico. Si sólo ves en blanco y negro, sueles pensar que la idea de libertad va asociada a ser sujeto de derechos ilimitados, que ser musulmán implica indefectiblemente una actitud misógina, que la esgrima es un deporte de niños ricos, o que por ir a misa votas al partido conservador. Vamos, que si no distingues el gris marengo, te resulta impensable que un boxeador sea pacifista, o que la gente que se dedica al teatro sea responsable. Si las perlas son siempre blancas, y nunca grises, en qué cabeza cabe que la ópera pueda gustar a un fan de ACDC. Si no captas los matices de una grisalla, todo va en su caja, y no sale nunca de ahí, porque las cajas están cerradas herméticamente.

Hay mucho daltónico suelto. Esa gente que, por no molestarse en darle la vuelta al tríptico, se pierde la maravillosa obra que hay en las puertas una vez que las cierras y dejas de mirar lo evidente.

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Los Desposorios de la Virgen (detalle del exterior) , Robert Campin, 1420-1430   Madrid, Museo Nacional del Prado

 

Y no es que sea grave, no te mueres de eso, pero yo creo que sí eres un poco menos feliz, porque es una condición que empobrece los ricos matices de la vida. Es posible que la causa esté en la falta de conocimiento de personas foráneas del propio ámbito, en no dominar la sana pero difícil técnica de la escucha, en el afán de revelar el rollo propio y no contemplar el ajeno. Y en la carencia o adormecimiento de la curiosidad y la imaginación, que ojalá se vendieran en píldoras en las farmacias.

¿La solución? Difícil, pero no imposible. El primer paso, como para casi todo, mirarse un poco menos el ombligo, que ya es viejo conocido, y levantar los ojos hacia lo que hay alrededor, que igual hay algo nuevo o distinto. O lo de siempre, pero con más color. Como en Pleasantville. Y después, escuchar, leer, contemplar: conversaciones, música, libros, museos, teatros, paisajes, viajes, aunque sea al barrio de al lado, en el que nunca has estado.

Te darás cuenta de que el mundo no es como pensabas, y de que entre el blanco y el negro no sólo hay innumerables tonos de gris, sino incontables gradaciones tonales de cada uno de los colores de la gama cromática.

Y me aventuro a apostar que, más o menos, tantos como personas puedas conocer.

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Belleza, felicidad y vida eterna.

“El violinista celeste”, Marc Chagall, 1934. Museo Municipal de Tossa de Mar.

Construir objetos bellos y útiles o participar en su creación es una fuente segura de felicidad; también vivir en lo posible rodeado de ellos. Esto escribía hace poco Antonio Muñoz Molina en un artículo (el cual está  disponible aquí), a propósito del movimiento artístico denominado Arts & Crafts. Y, si tiramos del hilo de esta teoría, y disfrutar de la belleza en sus múltiples formas produce felicidad, el hecho de dar a los demás la oportunidad de ser más felices supone, de alguna manera, un acto de generosidad. O sea, que los artistas y creadores realizan una buena acción con su labor.

Y eso, al fin y al cabo, tiene que contar para algo. Es decir, cuando el artista muera, su obra perdurará, y continuará aportando felicidad a todo aquel que contemple una pintura, escuche una melodía, o simplemente se siente en una silla que, además de cómoda, sea bella. Así que, en este sentido, los pintores, músicos, escritores, artesanos y diseñadores, tienen “puntos extra” para ir al lado de los buenos en el más allá (pónganle ustedes el apelativo específico del credo religioso correspondiente).

Es cierto que, hasta bien entrado el siglo XVIII, lo que se consideraba arte incluía un grupo bastante reducido de disciplinas, y que la contemplación estética estaba al alcance de unos pocos, pero las esculturas de los templos griegos y las vidrieras de las catedrales góticas no estaban cerradas con vallas.

De este modo, el pintor que realizó los frescos de las cámaras funerarias de los faraones añadió algunos gramos al platillo de la pluma en la balanza de Osiris, porque, aunque no fuera concebida para ello, su obra ha sido contemplada por millones de personas muchos siglos después.

Fuera Mirón o no el auténtico nombre del autor del Discóbolo, lo cierto es que el escultor contribuyó a la educación estética de sus contemporáneos y de incontables estudiantes a lo largo de los tiempos. Y, por mucho que Platón promulgara la falsedad de las representaciones artísticas, el kalos kai agathos unía filosóficamente lo hermoso y lo bello.

Los monjes miniaturistas irlandeses se dejaron los ojos y la espalda para ilustrar de manera preciosa los textos evangélicos, creando ejemplares tan sorprendentes como el Libro de Kells, y aunando el credo cristiano y la estética céltica tradicional en una riquísima simbología espiritual. Se ganaron el cielo con sus horas de trabajo paciente y minucioso.

No se pueden contabilizar  las veces que se ha escuchado, cantado y versionado el Something de los Beatles, y seguro que George Harrison estuvo más cerca de una digna reencarnación de su espíritu, ya que aún no hay generación que no haya disfrutado con sus notas y sus palabras.

Estar ante ciertas obras maestras del arte universal, como los enormes paneles de Tintoretto en la Escuela de San Roque, o en el envolvente espacio de la capilla de Enrique VII en Westminster puede producir un episodio del síndrome de Estendhal. Y leer las palabras de Shylock en El mercader de Venecia puede sumergir al lector en un torbellino de sentimientos del que es difícil escapar. Escuchar la Obertura 1812 de Chaikovski en un entorno especial, como un concierto nocturno al aire libre a la luz de las velas puede llegar a formar un recuerdo dichoso para toda la vida.

Y lo mismo puede decirse de la cerámica de Talavera que adorna una buena mesa, de la actuación de un grupo de teatro amateur, de la película del viernes por la noche con sofá y manta, del descubrimiento de un joven y desconocido artista que expone sus piezas en la biblioteca local, o del cojín bordado por la abuela.

El caso es que, cualquiera que sea la disciplina, la fama, el estilo o la época de una obra hermosa, el autor de la misma ha logrado añadir felicidad a la vida de las persona, y ésta se expande y reproduce siempre de una manera insospechada. En otras palabras, contribuye a mejorar este mundo.

Hacer algo bello, de alguna manera, nos redime, compensa nuestros defectos y los fallos que todos cometemos. El arte y la belleza llenan el alma de quien la crea y de quien la aprecia. Los campos de Aaru egipcios, los campos Elíseos griegos, el Sheol judío, el Cielo cristiano, el Yanna islámico, o el  Surgá hindú… todos los paraísos a los que el alma está destinada después de la muerte están un poco más cerca para quien ha regalado hermosa alegría a través de su trabajo.

Hay muy pocas cosas totalmente seguras en esta vida… Una de ellas es que nuestro tiempo aquí tiene un fin. Y otra, que lo bello consuela, alegra, y muestra que somos capaces de hacer cosas increíbles.

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No leas.

No leas, no vaya a ser que te guste. No empieces a curiosear un libro que, a la larga, engancha. Y por supuesto, jamás de los jamases oses entrar en una librería, que eso es meterse en la boca del lobo, y correr riesgos innecesarios.

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“La madre de Rembrandt leyendo”, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, ca. 1629. Wiltshire, Wilton House.

No leas, que en una de éstas piensas que puede resultar una experiencia interesante. De hecho, no leas sobre todo porque, al final, acabas pensando. No leas, que se comienza leyendo bajo la mesa en clase, y  luego te da por estudiar una carrera de esas muy bonitas, pero con las que no vas a ganar todo el dinero que crees que necesitas.

No leas, que es posible que la gente empiece a regalarte libros, y tengas la estantería llena de ellos, pero el armario poblado con ropa de la temporada pasada. No leas, que puedes resultar extraño en el metro, porque no vas encogido mirando el móvil y con los auriculares en los oídos. No leas, porque, de una u otra forma, llamarás la atención.

No leas, que al final tus amigos descubrirán el carnet de la biblioteca en tu cartera, y tendrás que inventarte alguna excusa absurda atropelladamente. No leas, por si acaso alguna noche prefieres abrir el libro antes que encender la tele. No leas, entre otras cosas porque es muy contagioso. Y querrás romper la honrosa tradición familiar, esa que dice que un libro no es un regalo, y arriesgarte a que te miren mal, como pensando que te has echado a perder.

No leas, que en la literatura hay gente muy rara, que comete errores y luego se siente culpable, como Raskolnikov. Los libros te llevan a sitios extraños o que ya no existen, que nunca podrás poner como escenario de tu última publicación de Instagram, como Mompracem. Además, puede ser que te enteres de que las ideas que circulan por ahí  no son tan modernas y revolucionarias como parecen. No leas, que incluso hay autores que pretenden enseñarte algo (¡a ti, habráse visto semejante desfachatez!). No leas, que a lo mejor empiezas a conocer el pasado y tienes algo de qué hablar con tus abuelos y mayores.

No leas, no vaya a ser que aprendas palabras raras, y luego los demás crean que eres un pedante por usarlas. Si lees, te advierto que te arriesgas a distinguir la ortografía correcta, y que acabes escribiendo con tildes. Y todos sabemos que eso es de empollones… Será mejor que no leas, que después de tanto libro resulta que puedes emplear correctamente tu propio idioma, y hasta alguno más. No leas, que es posible que sepas diferenciar ironía y sarcasmo, y descubras que la mayoría de la gente no.

No leas, que no puedes contar en Facebook lo que le pasa a los personajes del libro, porque no viven en el mundo real de las redes sociales. No puedes hacer una crítica personal de Cumbres Borrascosas en los caracteres que te permita Twitter (que no sé cuántos son, ignorante de mí).

Y si, por debilidad o curiosidad incontrolable, afán de investigación o lo que sea, te decides a leer, por lo menos hazlo sin criterio, al azar, juzgando el libro por la portada y sin referencia alguna. Que total, un libro es un libro, al final todos son iguales…

Pues eso, mejor no leas, que es posible que profundices en lo complejos que somos todos, en lo poco cómoda que es la vida, y que caigas en la cuenta de que la cosa, por lo general, va más allá de lo que vemos y tocamos. Y que en realidad, poco importa lo que aparentes ser, sino lo que de verdad seas. Y eso cuesta trabajo.

Si quieres y aceptas un consejo, no leas, no vaya a ser que crezcas.

 

 

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