Tus puntos

Domingo en La Grande Jatte, Georges Seurat, 1884. Chicago, Art Institute.

A lo mejor, en nuestra más idealista juventud, muchos de nosotros soñamos con hacer grandes cosas cuando fuéramos mayores. Personalmente, no creo haber alcanzado metas excelsas, en el lenguaje habitual del mundo. No me han dado ningún premio, no he montado un gran emporio, no soy muy influyente en el mundo, ni, desde luego, he engrosado mi cuenta corriente hasta alcanzar cifras estratosféricas.

Pero no me importa. De hecho, lo prefiero. Porque, haciendo un paralelismo con el mundo del arte, no hay muchos Miguel Ángeles por ahí, genios que lo hagan todo bien y que se los rifen allá donde van. Si yo tuviera el talento del florentino, trataría de exprimirlo al máximo, desde luego. Pero tampoco se pueden olvidar las palabras que él mismo decía en su vejez, y que el propio Goya inmortalizó en uno de sus grabados: “Aún aprendo”.

Así que, si el gran MA era consciente de sus limitaciones, no voy a ser yo menos.

Y todo esto viene porque, para la mayoría de nosotros, el éxito residirá en hacer lo que hizo Seurat: juntar un montón de minúsculos puntitos para crear una obra de calidad. Eso sí, cada unos de ellos bien hecho, del color exacto, con matices y gradaciones tonales específicos, y en el lugar preciso del lienzo, no en otro. Todo está planeado y pensado. El maestro puntillista realizó numerosos bocetos, estudios y obras preliminares, basándose en las teorías del color y su percepción, hasta lograr crear la obra definitiva.

La escena que muestra este Domingo en La Grande Jatte evoca precisamente algo que todos añoramos en estos tiempos: momentos de sereno ocio con los nuestros, al aire libre, donde poder encontrarnos con quienes forman parte de nuestro vecindario, de nuestra ciudad, y compartir la vida.

Podemos hacerlo posible de nuevo. Pero no porque esté en nuestra mano el destino del mundo y sus grandes decisiones. Sino justamente por lo contrario, porque de nosotros dependen las cosas pequeñas, las que de verdad conforman la vida de los pueblos y su historia.

La obra es de todos, no de unos pocos, y todos estamos llamados a dar nuestras pinceladas.

Cada uno tiene la posibilidad de pintar un montón de canijos redondeles de color en el lienzo. A primera vista, parece que solos no valen nada, pero en conjunto se transforman en algo increíble. Si no pintas los tuyos, o si lo haces al contrario de como te dice el maestro (esa voz que todos llevamos dentro y que nos hace distinguir la correcta composición de la obra), no va a quedar bien.

Y todos saldremos feos en el cuadro.

Así que tú verás qué haces.

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No es el momento

“Ya tienen asiento”, Francisco de Goya y Lucientes, 1797-1799
Madrid, Museo Nacional del Prado

Vivimos unos tiempos raros, difíciles. No sé, como diría Dickens, si es el mejor o el peor de los tiempos. Pero está claro que nadie nos había preparado para nada parecido, y a veces no sabemos qué hacer. Pero creo que, si pensamos un poco, al menos sabremos qué no hacer.

No es el momento de andar por ahí con una preocupación desenfrenada, adelantando males que no sabemos si llegarán. A problema X, solución para X, pero no para W. Tampoco es tiempo de ser pregoneros de informaciones sesgadas procedentes de quien busca la forma más impactante de redactar el titular, aprovechando que últimamente el alarmismo infartador vende periódicos.

No son días para echar en falta nuestras comodidades habituales, sino de aprender a vivir con menos, y poner en marcha el ingenio para llenar posibles carencias. A lo mejor descubrimos que somos más espabilados de lo que pensábamos.

Desde luego, no es ahora cuando hay que buscar culpables y desear linchamientos simbólicos. Ya habrá tiempo para corregir lo que sea pertinente. Y si no, la Historia pondrá a cada uno en si sitio. Más bien es hora de trabajar con el que opina distinto, pensando cómo vamos a reflotar tantos sectores que se van a ver afectados, cada uno desde donde le toca.

No es el momento de quejas egoístas. Hay personas que han perdido a quienes más quieren, una verdadera parte de su ser, en unas circunstancias de lo más dolorosas. Y hay otras que dicen que es injusto que se les haya estropeado el verano…

Tampoco es el tiempo oportuno para seguir con nuestras rutinas de siempre, sin incluir en ellas un poco de ayuda, especialmente en forma de trabajo y compañía. La solución no va estar en seguir teletrabajando mientras otras personas se ocupan de lo demás, como si la cosa no fuera con uno. Si esto no cambia nuestros modos de actuar, no sé qué lo hará.

Hay algunas personas que han descubierto en seguida qué es lo que se necesita en estos momentos. Se han arremangado y… ¡hala, a hacer lo que está en su mano! Lo que no han hecho ha sido mirar para otro lado, o peor aún, mirarse el ombligo. Eso es lo que seguro, seguro, no hay que hacer ahora.

No es el momento de ponerse las sillas en la cabeza. Una de las interpretaciones de esta estampa del sabio Goya, titulada Ya tienen asiento, es la que entiende éste como sentido común, prudencia. Pues eso. Usemos la silla para lo que es, y si, de paso, podemos ofrecer asiento a alguien, pues mucho mejor.

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Después de Navidad

“Huida a Egipto”, taller bizantino, 1084
Catedral de Salerno

La Navidad significa, para muchos de nosotros, un tiempo distinto dentro del calendario. Cada uno tiene sus motivaciones, pero en muchos casos, son días de ajetreo, ilusión, compromisos, deseos, nostalgias, alegrías, tensiones y esperanza a partes iguales. Un combinado de emociones donde cabe todo lo que uno es capaz de sentir, creer y esperar.

Pero a lo mejor, sólo a lo mejor, lo importante de la Navidad no son los días que van del 24 de diciembre al 6 de enero. Ponemos todo de nuestra parte para vivir esas fiestas de la mejor manera que podemos, en muchos sentidos. Sin embargo, puede ser que se nos esté escapando algo.

Recapitulemos. Navidad: el niño Jesús nace en Belén, en unas circunstancias que hoy describiríamos como surrealistas. Casi todas las dificultades y la mala suerte del mundo parecen darse cita en esta historia. Luego parece que se arregla un poco, con los pastores avisados por el ángel, que les echan una mano a José y María, les ofrecen lo que tienen, y sobre todo, les hacen sentir que no están solos, con el calor de su cariño. Finalmente, llegan los Reyes Magos, con sus extraños regalos y su actitud humilde y portentosa a un tiempo. Me imagino a los pobres padres un tanto desconcertados, sin saber muy bien qué hacer ante tan inusual visita.

Pero la tranquilidad dura poco, porque después de los festejos navideños hay que salir corriendo a Egipto, si quieren salvar la vida y cumplir la misión que se les ha encomendado. Los recuerdos de los días pasados en Belén darían fuerzas a la joven familia para enfrentarse a la dura etapa que se les presentaba, llena de inseguridades e incertidumbre.

Y es, salvando las distancias, un poco como lo que nos pasa a nosotros cada año cuando termina la Navidad. Hay que volver a la vida real, que, en no pocos casos, supera nuestras capacidades.

Todos en algún momento nos hemos sentido, o nos sentiremos, como María y José cuando montaron en el burro hacia Egipto: caminando hacia lo desconocido, aprisa, con miedo de lo que queda atrás y de lo que espera al avanzar. Empezar de nuevo, y con muy poco en las manos. Ellos no tenían casi nada, el uno al otro, su amor en común, y ese Hijo que se les había dado. Y la fe y la esperanza que vieron confirmadas durante los acontecimientos que vivieron en la Navidad.

¿No se parece nuestra vida a la de nuestros protagonistas más de lo que pensábamos? Ciertamente, los obstáculos y la lucha por hacernos un hueco en el mundo están ahí para todos, y María, José y Jesús no fueron una excepción. Lo verdaderamente extraordinario de la Navidad es cómo el milagro les dio fuerzas para lo duro que es vivir a veces.

Acojámonos también a esa nueva luz que es la Navidad que, aunque ocurre todos los años y parece sólo una temporada más, puede ser la razón que necesitemos para seguir avanzando cada día.

Así, haremos como el otrora seco Scrooge de Dickens, que se dejó esponjar por esta nueva esperanza, y diremos:

Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. 

“Cuento de Navidad”, Charles Dickens

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Nada que demostrar

“Retrato de Johann Joachim Winckelmann” (detalle), Angelika Kauffmann, 1764
Kunsthaus Zürich

Nos están tomando el pelo. No sé cuándo empezó, creo que el origen es irrastreable. A lo mejor todo comenzó cuando se decidió que lo importante es tener, no saber ni ser. Pero tampoco tengo idea de en qué momento sucedió, así que estamos igual.

El caso es que nos están tomando por el pito del sereno. Nos torean, allá donde llamamos. A veces incluso incluso antes de alargar la mano para tocar el timbre. Puertas cerradas, cartas sin contestar, silencio al otro lado del teléfono, trabajo sucio disfrazado de oportunidad.

Y parte de la culpa es nuestra. Por pánfilos. Por dejar que sigan pensando que pueden seguir por el mismo camino, por no protestar. Por creernos lo que nos dicen cuando nos llaman inútiles. Por llegar a autodefinirnos como ilusos, por asumir que tenemos que demostrar que somos necesarios.

Y no es verdad. Hemos recorrido el mismo camino que otros a los que se les espera en los umbrales con los brazos abiertos, nuestros esfuerzos y nuestro tiempo no valen menos. Nos merecemos lo mismo que los demás, ni más ni menos: respeto y dignidad.

Cada uno avanza en este camino lleno de barro como puede. Como le dejan, en realidad. No se nos puede exigir que no aceptemos las pocas opciones que tenemos sólo porque no respondan a lo que en justicia esperamos. Pero el derecho al pataleo existe todavía, según creo.

Claro que no toda la responsabilidad está en nuestro platillo de la balanza. En el otro hay pesos que provienen de las grandes instituciones, las empresas, las propias universidades y escuelas, las mentes pensantes de nuestro tiempo. Los que se inventan las excusas para justificar que sea tan difícil.

Cada vez que se ofrece un empleo precario en una institución cultural como si fuera un puesto digno, se coloca un peso. Cuando se permite a un no profesional diseñar el contenido de una exposición, se suman unos gramos más. Cuando se cumplen las “cuotas” de discapacidad con un puesto que podría estar destinado a nosotros, el otro platillo baja otro poco. En el momento en que te dicen que estás sobrecualificado para el perfil que buscan, directamente te quedas sin pesos en tu lado de la balanza. Cuando tus conocidos no te acompañan a una exposición porque no es gratis, te roban el platillo.

El campo de acción es demasiado amplio, y no sabemos ni por dónde empezar. Pero algo hay que hacer, porque estamos un poquito hartos. Al menos hasta donde yo sé. Poco a poco van surgiendo asociaciones y grupos cuyos objetivos se orientan en este sentido, pero cada uno también tiene un papel individual que ejercer, en lo que esté en nuestra mano.

No tenemos nada que demostrar, está todo en nuestro curriculum, ése que hemos enviado a todos los museos, galerías, editoriales, centros culturales, academias, empresas de externalización de servicios, agencias de viajes, plataformas de turismo y no sé cuántas entidades más.

Y no vale menos que el de cualquier otro profesional. Porque eso es lo que somos. Profesionales de todo aquello que han creado los artistas de todos los tiempos, países, técnicas, estilos, géneros, creencias, ideologías, culturas. Creo que más de cuarenta mil años de naturaleza humana expresada en arte son credenciales más que suficientes.

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Trampantojos

“Asunción de la Virgen”, Antonio Allegri da Correggio, 1526-1530
Catedral de Parma

El pintor a veces miente. Bueno, en realidad casi siempre, porque, ya lo decía Platón, vuelve falsa la realidad engañando al ojo, y la pintura es la más impostora de todas las artes. Y si el filósofo griego hubiera visto los frescos de gran parte de las iglesias y palacios barrocos, se hubiera indignado, supongo.

Y es que están llenas de imágenes falsarias, de trampantojos, que, como su propio nombre indica, se dedican a trampear la percepción de la vista, bajo apariencia de realidad. El término viene de trompe-l´oeil, que el Diccionario de términos de arte de Borrás y Fatás define como “voz francesa, que designa una ilusión óptica espacial en pintura, de modo que parezca real lo que sólo es pintado. V. engaño e ilusionismo”. Fin de la cita.

Cielos que se abren al infinito, cortinajes que descubren escenas fantásticas, figuras encaramadas a cornisas… Todo mentira. Es parte del juego pictórico, y también del desarrollo de una técnica, claro.

Y eso está muy bien, porque están en su sitio, donde deben estar. Y porque, o muy joven o muy simple es el espectador que no alcanza a distinguir lo real de su representación. Y muy poco sensible, o muy escéptico, el que no se deja impresionar por este tipo de visiones cuando las tiene cerca.

Pero también hay trampantojos de mala fe, o al menos poco honestos, que se basan en el juego para vendernos una apariencia de realidad que no existe. Y no hace falta ir a ningún palacio italiano para verlos. Basta conectarse a las redes sociales, sin ir más lejos.

Vidas perfectas con toda clase de impactantes imágenes, perspectivas de abarrotadas fiestas, telones tras los que se abren retratados de inusitada belleza, rostros idealizados, composiciones protagonizadas por objetos que se supone que debemos desear y adquirir. Puro trampantojo.

Y una cosa es el “postureo” un tanto absurdo pero inocente de quien busca presumir de los mejores momentos de su vida, o incluso hacer drama de sus problemas. Pero que el fin sea la venta de un producto, con la pretensión de que la fama sirva de trampolín para modelar los gustos del espectador… presuponiendo, por otra parte, que no tenemos gustos propios y que necesitamos que alguien nos los dirija y mediatice… eso ya es otro cantar.

La mercancía que se ofrece es superficialidad en bote, apariencia de contenido, pero que se fragmenta y se desmenuza a la mínima ráfaga de viento, como una flor conservada artificialmente. Puro humo, en palabras de un joven pensador al que no conocéis (al menos, de momento).

Y lo peor, lo peor de todo, es que la trampa surte efecto. Cada vez más hay más miradas incautas que se dejan engañar por la ilusión de una felicidad prometida a quien llegue a replicar ese estilo de vida. Una vida que te lleva a entristecerte cuando terminan los fastos de la fiesta que preparabas para celebrar tu compromiso con otra persona hasta que la muerte os separe. A definir como importante lo que tienes aquí, que, pase lo que pase y haya lo que haya al otro lado, aquí se queda.

Cuidado con los trampantojos que hay por ahí. Esos que prometen cielos que no son de verdad, estancias lujosas que no existen, personajes en lugar de personas, escenas que anuncian experiencias llenas de luz y color, pero que no son más que pigmentos sobre una superficie plana, sin profundidad, sin vida.

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Los bellos huevos fritos

“Una vieja friendo huevos”, Diego de Silva y Velázquez, 1618
Edimburgo, National Gallery of Scotland

Creo que lo cotidiano no está de moda. Cuanto menos rutinario y escondido es tu trabajo, parece que es mejor, o al menos que aportas más a la sociedad. Una celebración normal es sosa si no incluye todo tipo de atracciones y experiencias. Los viajes, cuanto más lejano y desconocido sea el destino, más lo disfrutas. Buscamos vivir situaciones extraordinarias, quizá pensando que en lo que se sale de lo habitual vamos a encontrar lo que buscamos.

Yo no sé si eso es verdad. Pero miro esta escena, y aparte del hambre que me da (consejo: nunca vayáis a ver bodegones antes de comer, que se sufre mucho), pienso que, cuando uno sabe disfrutar de las cosas de toda la vida, no necesita un crucero por el Caribe para sentirse dichoso. Y es que Velázquez tenía esa mirada sabia que descubre lo bello y trascendente que hay hasta en lo más corriente.

Porque, dejando de lado las posibles interpretaciones de tipo sociológico que acompañan la pintura costumbrista, y la supuesta historia de los personajes, la Vieja friendo huevos es, a mi modo de ver, una oda a la estética de lo humilde. El genio presta su talento para reflejar con todo respeto la calidad de cada uno de los materiales que forman los utensilios, la textura de los alimentos. Los dignifica con el pincel, inmortalizándolos como verdaderos protagonistas del cuadro, ya que busca precisamente dejar patente su dominio de la técnica. Los personajes son una mera excusa.

A un espectador contemplativo le entran ganas de alargar la mano y poder tocar la superficie del lienzo, ya que la vista le engaña y le hace pensar que hay una verdadera dimensión de profundidad y de materia física de lo representado. Pero no, claro.

Y entonces la mirada se posa en el aceite que baña los huevos en un brillo dorado, para luego apreciar la blancura velada de las claras mezclándose, y parece casi percibir el suave crujido de las cáscaras que ha tenido lugar poco tiempo antes. Y así, se entra en una auténtica experiencia que parte de los ojos, pero que se extiende al resto de los sentidos. El color pardo intenso de la pota de barro, la fragilidad marmórea del huevo todavía sin cascar, el cristal frágil de la botella que sostiene el muchacho, la superficie mate de la calabaza que evoca el sonido hueco de su interior, la tosca loza del plato y las jarras, con su engobe blanquecino, la luz que se desliza por el resbaloso metal de los recipientes de cobre y peltre, la rugosidad del esparto del capazo situado al fondo….

Si uno entrara en la escena, oiría el crepitar del aceite caliente, el sonido del cazo en primer plano al rodar y posiblemente caer al sueno, llenando todo el espacio con un ruido un tanto escandaloso. Su olfato notaría también el olor de la cebolla y las guindillas, como adelanto de un sabor intenso, dulce y picante a la vez.

Todo, hasta lo más escondido, pequeño y aparentemente vulgar, merece un tratamiento delicado por parte del pintor. Lo cual hace pensar que todo tiene un valor, empezando por lo que tenemos a nuestro alcance cada día. Y  debe ser una teoría universal, y no sólo de Velázquez o el barroco español, porque ya lo decía Confucio, “cada cosa tiene su belleza, pero no todos pueden verla”.

Hay por ahí quien no sabe ver lo bello y bueno que hay en su vida. Les parece poca cosa, porque no hacen nada distinto de lo normal, porque no viven experiencias impactantes. Y a lo mejor no se dan cuenta que las situaciones conmovedoras de verdad ya vienen de serie en la vida de todos, y que puede ser tan hermoso un paisaje desértico como la maceta de geranios de tu balcón. Que es tan impactante el motor de un Ferrari como el encaje de bolillos que hizo tu abuela.

Seamos como Velázquez. Aprendamos a ver cada uno de nuestros días como la mejor de las escenas costumbristas.

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De mayor, pompero

“Burbujas de jabón”, Jean Siméon Chardin, ca. 1734
Nueva York, The Metropolitan Museum of Art

Hace poco leí que un estudio había concluido que la contemplación de obras de arte y las visitas a museos contribuían a aliviar el estrés entre los jóvenes profesionales, los famosos millenials. Y me resulta curioso que, en un mundo que parece proclamar que si no vives por y para el trabajo no eres responsable (terrible confusión, pero ese es otro tema), y en el que las actividades calificadas inútiles ya no resultan decisivas en casi ningún ámbito (véase la ausencia de planteamientos culturales en los recientes programas electorales españoles), alguien se moleste en romper una lanza en favor de este tipo de cuestiones. Eso sí, bajo apariencia de salud, para darle peso útil a la cosa. Pero bueno, algo es algo.

Y algo parecido debía suceder con estos muchachos que pintó Chardin. Éste eligió el tema por razones muy distintas a las que yo estoy planteando aquí. La más espiritual sería la que conduce a la interpretación de las pompas de jabón como símbolo de la fugacidad de la vida, puesto que se emplea más tiempo en su crecimiento que en su plenitud, la cual es efímera, a la par que bella. Otro de los motivos es de tipo estilístico, puesto que el maestro, con esta escena costumbrista, enmarcada a modo de instantánea, retoma la tradición de la pintura de género holandesa del siglo XVII. Pero también hay objetivos menos trascendentes, como el hecho de poder lucirse ante el espectador, demostrando que posee la técnica y la habilidad necesarias para dominar el translúcido brillo de la superficie jabonosa y esférica sobre el lienzo y la capa pictórica.

Pero como el arte esconde siempre un mensaje diferente para quien lo contempla, mis reflexiones van por otros derroteros. Si traemos este cuadro a la vida, es posible que, tras haber sustraído a escondidas un poco de jabón de la cocina, estos niños subieran a una de las ventanas de los pisos superiores de la casa, poco habitados durante el día, para jugar con un sencillo experimento. El pequeño mira fascinado cómo el mayor sopla paciente y delicadamente, hasta formar una pompa brillante y delicada.

Si les hubieran pillado, las pompas hubieran explotado al instante, desapareciendo así el cuerpo del delito. Y el adulto correspondiente les hubiera reñido diciendo que no deberían estar perdiendo el tiempo con juegos, sino estudiando para ser hombres de provecho el día de mañana. A lo que el muchacho mayor, que parece ingenioso, hubiera respondido que en realidad no estaban jugando, sino haciendo una demostración empírica de la física de las superficies y de la reacción química del agua y el jabón. O algo por el estilo. El niño pequeño asentiría, corroborando la versión del incitador. El adulto habría escondido una sonrisa, y les hubiera dicho cuatro palabras a medio camino entre la severidad y la misericordia, procurando que no se le notara mucho que en realidad estaba admirado y divertido.

Resumiendo. La eterna lucha entre la diversión y el deber, entre lo que te aporta alegría y lo que se supone que te va hacer ser una persona “de provecho”. Entre lo que te llena por dentro, y lo que te llena los bolsillos. Que no sé por qué, pero algunos piensan que son incompatibles, y que lo que cuenta es lo de los bolsillos. Y, al final, hay que darle una pátina de utilidad a lo que aparentemente resulta improductivo. Tienes que ser avispado, para que al final puedas salirte con la tuya, y dedicarte a lo que te hace feliz. Que al final, es lo importante.

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Aprender o morir

“El ratón de biblioteca”, Carl Spitzweg, ca. 1850.
Schweinfurt, Museum Georg Schäfer.

Biblioteca Nacional de España. Una tarde de primavera. La sala está relativamente vacía, con algunos estudiantes e investigadores repartidos entre las mesas de la parte de abajo del piso, y en la galería superior. Fuera, el tráfico de Madrid, con su ruido y sus prisas, contrasta con el silencio que llena el interior de la sala, sólo interrumpido por el deslizar de hojas de papel, la caída del bolígrafo sobre la mesa y alguna que otra tos ocasional. Todo como siempre, nada fuera de lo normal.

Yo estaba arriba, peleándome con mis asuntos, y en uno de esos momentos en los que suspiras y levantas la vista para buscar cualquier otra cosa que no sea lo que tienes que hacer, se me ocurrió mirar hacia abajo.

Y vi un señor mayor. No tan raro, supongo, pero la verdad es que me sorprendió. Porque cuando digo mayor, es que los ochenta ya no los cumplía. Y cuando digo señor, es señor, con traje y corbata, perfectamente planchado. Y creo que incluso llevaba un sombrero en la mano. Pero lo que sí recuerdo es que se apoyaba en un bastón, caminaba despacio, sin hacer ruido, y se dirigía a la salida casi paseando, sin ninguna prisa, como quien no teme al tiempo.

Yo de mayor quiero ser como ese señor. Tener muchos años, pero seguir buscando, investigando, con ganas de continuar aprendiendo. Descubrir cosas nuevas, cambiar de opinión, profundizar en lo que me gusta y desterrar prejuicios sobre lo que creo que no guarda nada para mí. Seguir creciendo hasta el final.

Cuando eres joven y buscas tu lugar en el mundo estudias porque no te queda otra, hay que sacarse las castañas del fuego y esas cosas. Pero en la mayoría de los casos, al llegar a cierta edad y se logra un mínimo de estabilidad, parece que la curiosidad se apaga, como si ya supiéramos todo lo que necesitamos para la vida. Yo creo que ése es el momento en el que te vuelves viejo, independientemente de los años que te adjudique el DNI.

Al mismo tiempo, haber vivido tanto, tantas situaciones y experiencias, y tener la humildad de reconocer que no sabes aún lo suficiente es digno de admiración. La sabiduría que dan los años es a lo mejor lo que hace que seamos conscientes de nuestra pequeñez, y de que el mundo es muy grande como para entenderlo en la brevedad de una vida. Puede que cuanto más viejo seas, más niño debas ser, no vaya a ser que te creas sabio y en realidad no seas más que un “daticultor”, un mero repetidor de información, pero que saber, saber… lo que se dice saber, sepas poco.

Y es que, si todavía seguimos aquí, es porque nos queda algo que aprender. De lo que está en los libros y de lo que no. De los demás y de lo que nos rodea. Si no nos hemos muerto hoy es porque algo podemos enseñar mañana.

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Las formas del aire

Capilla mariana de Enrique VII, 1503-1509
Londres, Abadía de Westminster

La vida tiene a veces unas cosas muy raras, y aunque uno crea conocer el blanco, no lo aprecia en toda su hondura hasta que no se encuentra con el negro. Me explico: no entendí de verdad una catedral gótica hasta que no estudié la arquitectura contemporánea. Y gracias a un profesor maravilloso que tuve.

Y alguno se preguntará que qué es lo que hay que entender en una catedral. Si total, es un edificio alto, con más o menos florituras, vidrieras de colores y un montón de arcos apuntados por todas partes. Sí, pero no. Porque una arquitectura no es su aspecto externo, qué características formales tiene, y cómo se construye. Eso se aprende en cinco minutos.

Una arquitectura es el espacio, y el significado que tiene, que a veces se viste de un estilo, y otras, de otro. Pero eso es lo de menos. Lo gordo es lo otro, lo que no se ve, el “aire” de dentro. Y eso sólo lo entendí a partir de Le Corbusier y de Mies van der Rohe.

Porque, si una catedral no es sólo un montón de piedras decoradas y cristales bonitos, el Movimiento Moderno tampoco se resume en un suelo y un techo sostenido por pilares y un salón diáfano. Es una manera de concebir el espacio.

Esto, puesto así por escrito, y en tan breve extensión, suena un poco a cuento chino, lo sé. O cuento sueco, que tanto da… El caso es que esta idea sólo se puede llegar a asumir bien a través de dos vías: una, estudiando la historia de la arquitectura (lo cual es siempre muy recomendable) y otra, meterse uno mismo en ella. Es decir, yendo a los sitios y ponerse a mirar muros, techos, columnas, vanos, suelo… sin miedo a parecer un poco idiota o ensimismado. Nos perdemos muchas cosas por este tipo de vergüenzas absurdas.

Sólo entrando en la catedral de León se puede llegar a respirar ese aire de espiritualidad humana que fue el gótico, con el color de las vidrieras que colorea las motitas de polvo del aire, y la música que acompaña la trascendencia de las palabras sagradas con sus altas notas, llegando a través de ese magnífico coro.

Sólo al introducirse en el Pabellón Alemán de Barcelona de Mies puede comprenderse el profundo cambio que experimenta el espacio en la mentalidad del hombre contemporáneo, que busca en lo racional la respuesta a sus preguntas, abandonando el camino de lo espiritual, al menos en su sentido tradicional.

Pongo estos dos ejemplos, pero háganlo extensivo a cualquier otra obra arquitectónica: el Panteón de Agripa, la cripta de San Isidoro de León, el Duomo de Florencia, la ópera de París, el Pabellón de la Secesión en Viena, o tantos otros sitios fabulosos como hay a lo largo y ancho de este mundo.

Y a veces, te quedas sin aliento y tienes que inspirar profundamente, como me sucedió al entrar en la capilla de Enrique VII en Westminster. La habría visto en fotos y libros cientos de veces, pero la tridimensionalidad y lo que se siente en ella no se reflejan en una imagen plana. Tuve que esperar a subir esos centenarios y pequeñujos escalones para toparme, inesperadamente, con todo el poder de su esplendoroso espacio, que te rodea de una manera muy particular. Y todo, desde el techo de encaje dorado en piedra, hasta el cielo casi blanco que se ve por los cristales, contribuye a crear una sensación única.

El espacio es la materia con la que se hace el arte de la arquitectura. Es algo que, al igual que los colores de una pintura, las notas de una composición o las palabras de un soneto, hay que contemplar, que saborear. Pero hay que ir hasta el fondo, no quedarse en lo exterior, que es lo que nos suele pasar. Porque hay principios que no se entienden hasta que no llegas al final.

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Goya, el Perro y un cumpleaños

“Perro semihundido”, Francisco de Goya y Lucientes, 1820-23
Madrid, Museo Nacional del Prado

Algo tiene el Perro que hace que todo el mundo se pare delante y esté un buen rato allí, contemplándolo. No mirando la cartela, no leyendo una guía, no tomando notas… Sólo mirándolo. Será que algo bulle dentro al enfrentarse a él. Y eso que se muestra rodeado del resto de las Pinturas Negras, que podrán gustar o no, pero, desde luego, tienen un alto poder de impacto. No son algo que se olvide fácilmente. Pero parece que al llegar al Perro cambia la banda sonora, y pasamos de la Una noche en el monte Pelado a El pájaro de fuego. Se modifica el ritmo de la visita, y se pasa de la simple observación a una mirada reflexiva y casi conmovida.

Algo de especial debe tener, porque es una de las pocas obras que gusta o llama la atención a casi todos los historiadores y amantes del arte que conozco (que son unos cuantos, la verdad, para qué vamos a negarlo). Ofrece algo a los que se declaran admiradores del arte contemporáneo, pero también a los que confiesan que lo moderno les dice poco y se consideran más clásicos en sus gustos. Es lo bueno que tiene el arte, que no es como el fútbol, puedes admirar a Tiziano y a Picasso al mismo tiempo, y enriquecerte con todo lo que conoces.

Pero esta pintura tiene algo que no tienen otras obras maestras del arte, al menos hasta donde llega mi no muy extensa pero sí intensa experiencia. Ni las Meninas con su inagotable juego de espejos y espacios, ni la Gioconda y esa sonrisa que sigue originando ríos de tinta, ni la inefablemente maravillosa Piedad del Vaticano… Todas son indiscutibles manifestaciones del genio, pero, perdónenme los fans de estos maestros, ni Velázquez, ni Leonardo, ni el gran Miguel Ángel (inclinación de cabeza), lograron tanto con tan poco.

Porque, si uno se fija ¿qué es el Perro? Pues un par de zonas casi monócromas separadas por una invisible línea ondulante y, entre ellas, la cabeza de un perro, y ésta no excesivamente realista. Y ya está. No hay más.

Pero es que tampoco hace falta más. Es moderno antes de los modernos. Esas pocas pinceladas, realizadas por quien sabía pintar retratos en un botón, son suficientes para llegar al interior de quien lo mira y hacerle experimentar un montón de sensaciones. La angustia del animal, que se ve desbordado por lo que le rodea, y está hundido hasta el cuello en una masa espesa que lo atrapa. La lucha por verse libre, tratando de recuperar la libertad perdida, la mirada que trasluce al mismo tiempo esperanza y un esfuerzo titánico por vencerse, y que busca una mano amiga que se le tienda para sacarle del fango.

Además, si se le da una vuelta de tuerca más, uno se da cuenta de que es precisamente la cabeza lo único que queda fuera de esa sustancia viscosa y sucia. La cabeza, la razón, es la herramienta principal para salir de la tontería y la locura. Esa parece ser la conclusión a la que Goya quiere hacernos llegar.

Bueno, en realidad es la idea que quiere recordarse a sí mismo, porque las Pinturas Negras las realizó para sí, en las paredes de su casa, y las hizo porque quiso, no porque se las encargara ningún mecenas, ni porque nadie le dijera qué y cómo tenía que pintar. De modo que el Perro semihundido es una expresión pura y auténtica de lo que llevaba dentro, sin cortapisas.

Es un retrato de su propio ser, de la sociedad, y de todo aquel que la contemple, en todo tiempo y lugar. Una llamada a reflexionar y a luchar para no caer en la corriente de la sinrazón y la banalidad, y a actuar en consecuencia. Porque si no piensas, si no usas ese gran talento humano, te hundes en un barro oscuro y sucio, y desapareces en la masa para siempre.

Todo esto he llegado a saberlo porque he pasado bastante tiempo ante esta pintura, la mayoría de él junto a mi amiga A., que cada vez que va al Prado reserva un paseo por sus salas para ir a visitar su obra favorita. De modo que para mí el Perro semihundido de Goya es, además de lo dicho arriba, un imborrable recuerdo de una de mis personas más queridas.

Por eso tenía que escribir esto. Y porque hoy es su cumpleaños.

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