No leas.

No leas, no vaya a ser que te guste. No empieces a curiosear un libro que, a la larga, engancha. Y por supuesto, jamás de los jamases oses entrar en una librería, que eso es meterse en la boca del lobo, y correr riesgos innecesarios.

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“La madre de Rembrandt leyendo”, Rembrandt Harmenszoon van Rijn, ca. 1629. Wiltshire, Wilton House.

No leas, que en una de éstas piensas que puede resultar una experiencia interesante. De hecho, no leas sobre todo porque, al final, acabas pensando. No leas, que se comienza leyendo bajo la mesa en clase, y  luego te da por estudiar una carrera de esas muy bonitas, pero con las que no vas a ganar todo el dinero que crees que necesitas.

No leas, que es posible que la gente empiece a regalarte libros, y tengas la estantería llena de ellos, pero el armario poblado con ropa de la temporada pasada. No leas, que puedes resultar extraño en el metro, porque no vas encogido mirando el móvil y con los auriculares en los oídos. No leas, porque, de una u otra forma, llamarás la atención.

No leas, que al final tus amigos descubrirán el carnet de la biblioteca en tu cartera, y tendrás que inventarte alguna excusa absurda atropelladamente. No leas, por si acaso alguna noche prefieres abrir el libro antes que encender la tele. No leas, entre otras cosas porque es muy contagioso. Y querrás romper la honrosa tradición familiar, esa que dice que un libro no es un regalo, y arriesgarte a que te miren mal, como pensando que te has echado a perder.

No leas, que en la literatura hay gente muy rara, que comete errores y luego se siente culpable, como Raskolnikov. Los libros te llevan a sitios extraños o que ya no existen, que nunca podrás poner como escenario de tu última publicación de Instagram, como Mompracem. Además, puede ser que te enteres de que las ideas que circulan por ahí  no son tan modernas y revolucionarias como parecen. No leas, que incluso hay autores que pretenden enseñarte algo (¡a ti, habráse visto semejante desfachatez!). No leas, que a lo mejor empiezas a conocer el pasado y tienes algo de qué hablar con tus abuelos y mayores.

No leas, no vaya a ser que aprendas palabras raras, y luego los demás crean que eres un pedante por usarlas. Si lees, te advierto que te arriesgas a distinguir la ortografía correcta, y que acabes escribiendo con tildes. Y todos sabemos que eso es de empollones… Será mejor que no leas, que después de tanto libro resulta que puedes emplear correctamente tu propio idioma, y hasta alguno más. No leas, que es posible que sepas diferenciar ironía y sarcasmo, y descubras que la mayoría de la gente no.

No leas, que no puedes contar en Facebook lo que le pasa a los personajes del libro, porque no viven en el mundo real de las redes sociales. No puedes hacer una crítica personal de Cumbres Borrascosas en los caracteres que te permita Twitter (que no sé cuántos son, ignorante de mí).

Y si, por debilidad o curiosidad incontrolable, afán de investigación o lo que sea, te decides a leer, por lo menos hazlo sin criterio, al azar, juzgando el libro por la portada y sin referencia alguna. Que total, un libro es un libro, al final todos son iguales…

Pues eso, mejor no leas, que es posible que profundices en lo complejos que somos todos, en lo poco cómoda que es la vida, y que caigas en la cuenta de que la cosa, por lo general, va más allá de lo que vemos y tocamos. Y que en realidad, poco importa lo que aparentes ser, sino lo que de verdad seas. Y eso cuesta trabajo.

Si quieres y aceptas un consejo, no leas, no vaya a ser que crezcas.

 

 

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Elige bien tu arma.

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“Desafíos. En guardia”, Francisco de Goya y Lucientes, 1812-1820 Madrid, Museo Nacional del Prado

 

Goya no es Goya porque pintara muy bien. Que también. Goya es Goya porque sus obras atesoran la vida misma, y la ponen ante nuestros ojos. Por eso mola.

Y es que la vida, en definitiva, no es otra cosa que batirse en duelo y vencer lances. A veces más, a veces menos, pero cada mañana es preciso levantarse y ponerse en guardia, bien atento, listo para defender lo que es tuyo.

Tu palabra, tus principios, tus ambiciones, tus sueños e ideales, todos tus amores, que son incontables. Todo aquello por lo que has decidido que merece la pena el esfuerzo de enfrentarse a la realidad, con las dificultades y sacrificios que ello conlleva. Porque sabes a lo que vas, sabes que el acero corta, pincha, que los golpes duelen incluso después de recibirlos.

Pero no puedes dejar de presentar batalla. Huir es de cobardes. No mirar a los ojos al enemigo es menospreciarlo. No comprometerse por miedo es propio de personas sin honor, de gente en la que no se puede confiar.

Así que coges tu arma y acudes a la cita. Respiras hondo y te pones en guardia. Ni muy alta ni muy baja; conoces tus puntos débiles, tus defectos, y no vas a dejar que tu oponente los aproveche. Comienzas a atacar. Más rápido a veces, con más pausa otras, con pasos más largos o más breves, midiendo distancias. Al principio debes pensar cada uno de tus movimientos, pero luego forman parte de ti, como tu forma de andar o de escribir. Tienes un modo propio de luchar.

Tratas de mantener el equilibrio. Los golpes vienen por un lado y por otro, a veces por donde menos lo esperabas. Pero aprendes a mantenerte en tu sitio,  aunque proteste cada uno de tus músculos y aún perdure el escozor de las heridas que no has podido evitar. Sabes qué quieres y la amenaza de un corte más o menos no te va a hacer abandonar.

Sólo estáis tu, tu oponente, y el sonido de los hierros al entrar en contacto.

Elige bien tu arma, porque ella será la que te acompañará todo el camino, incluso en tiempo de paz. A ella confiarás la defensa de tu vida y de todo lo que te importa en ella, con ella disputarás los asaltos que te depare el destino. Ella responderá a cada uno de los movimientos de tu muñeca, a cada ligera sugerencia de tus dedos. Su metal registrará tus esfuerzos, de cada avance, pero sobre todo de cada retroceso y cada parada.

Las cicatrices que no llegues a tener sobre tu piel las verás sobre la hoja y la cazoleta de tu arma. Cada melladura será un recuerdo de tus luchas, tus humillaciones y dolores y de cada vez que evitaste claudicar.

Cuando deslices con suavidad tu mano por el acero de tu arma, como queriendo repasar tus batallas, sentirás en la yema de tus dedos la huella de cada uno de los problemas a los que tuviste el valor de plantar cara.

Elige bien tu arma. No será sólo una herramienta de defensa y conquista, será un refugio y un punto de llegada y de partida.

Para unos, su sable o su espada será el honor o  la patria, para otros será la familia, el amor de toda una vida, la fe, los sueños, las ganas de hacer del mundo un lugar más humano. La nobleza de tus combates, la caballerosidad de tus victorias y la humildad de tus derrotas las marcará el arma que elijas para luchar en el duro desafío que a veces es la vida.

Y eso Goya lo sabía. Y nos lo dice tan sólo con un poco de tinta sobre un papel.

 

 

 

 

 

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Mastercard.

Regalamos mucho. Cumpleaños, aniversarios, celebraciones varias, santos y onomásticas, el Día Internacional de Lo Que Sea, o, simplemente, porque sí. El caso es que, a lo largo del año, tenemos un montón de ocasiones en las que comunicamos nuestro aprecio a través de un regalo.

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“Regalo de Navidad”, Norman Rockwell. 

Pero, en general, no sabemos regalar. Compramos un montón de cosas inútiles, a menudo sin ningún valor personal, que, en el mejor de los casos, sólo vienen a aumentar el número de “cosas” que poseemos, y, con demasiada frecuencia, el número de trastos. Cierto es que, muchas veces, dicho trasto pasa a ser un recuerdo de una persona querida, u objeto de ilusión y aprecio por parte del regalado, pero tenemos tanto de todo que al final los detalles se pierden en la inmensidad.

Dirán mis lectores que siempre acabo barriendo para dentro, pero ¿qué tal si regalamos más cultura? Me replicarán que el precio de los libros se ha subido a la parra, que las entradas para conciertos y espectáculos varios sólo son asequibles a costa de visibilidad, que la música y el cine son gratis en la red…

No lo negaré. Pero, si lo pensamos bien, invertimos cantidades de dinero mucho mayores en el último aparato electrónico (que en poco tiempo está anticuado), en ropa de temporada que al final acaba en el fondo del cajón, por no hablar de parafernalia varia sin ningún tipo de utilidad.

En cambio, si regalamos la entrada a un museo, estaremos abriendo la puerta a una pasión que puede durar toda una vida. Si regalamos un libro, será el principio de una larguísima lista de cosas por aprender. Si invitamos a alguien al ballet, le proporcionaremos un recuerdo imborrable de belleza que entra por todos los sentidos, pues la primera vez que se te pone la piel de gallina de esa manera no se olvida nunca.

Si es que son todo ventajas… Apoyaremos las diversas industrias culturales, desde el cine hasta las editoriales, fomentaremos la continuidad de buenos profesionales en dicho campo, y, sobre todo, contribuiremos al verdadero enriquecimiento de la sociedad, que falta nos hace.

Regalando arte, música, literatura, cine, teatro, historia…puedes cambiar la vida de alguien. Y eso no tiene precio.

“Para todo lo demás, Mastercard“.

 

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Volver a casa.

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Muchacha en un sofá amarillo, Henri Matisse, 1940. California,  Rita and Tarf Scheiberg Collection.

 

Matisse decía que el arte debía ser como un sillón cómodo en el que uno se deja caer al final del día. Como un descanso para el cuerpo fatigado después del trabajo, de correr de un lado para otro, de ejercitar la voluntad para cumplir el deber de cada día.

Como un refugio para el alma, un lugar de serenidad para el espíritu, un respiro para el corazón, un tranquilizador reposo para los nervios. Un aparcamiento para los problemas y las preocupaciones, una oportunidad de reír, de soñar, de maravillarse, de sorprenderse.

Un momento para conmoverse ante la grandeza o la pequeñez del hombre, para deleitarse con los pequeños placeres de la vida, para estremecerse ante el dolor del otro, para admirar a los grandes héroes de la historia y a los valientes de todos los días.

Un reencuentro con la belleza, la imaginación, el genio… con todo lo que hay de bueno en la vida.

En definitiva, el arte es como volver a casa.

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Sin Navidad.

 

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Adoración de los Magos, Alberto Durero, 1511. Washington, National Gallery of Art.

 

Todos nos deseamos una Feliz Navidad. O, como se supone que suena mejor ahora, Felices Fiestas. Buenos deseos, por lo general sinceros, esperanza en un mundo y un tiempo mejores que los que nos han caído en suerte. Reencuentros, recuerdos, regalos (de los que son cariño envuelto en un papel de colores, y de los que vienen camuflados en forma de trabajo y ganas de agradar), agradecimientos, risas, y también suspiros y alguna que otra lagrimillla…

Cada uno le da a la Navidad el sentido que mejor le parece, pero hay un pequeño detalle que no podemos pasar por alto: en Belén, hace unos cuantos siglos (en cuanto a la fecha exacta, sigan ustedes la tendencia historiográfica que prefieran) nació un Niño que iba a cambiar el mundo. Y eso es así.

El mundo no volvió a ser el que era. A partir de entonces, muchos creerían su mensaje de salvación, y, lo que es más importante, tratarían de configurar su vida en torno a dicho mensaje, transformándolo en obras. Otros muchos lo tomarían por un loco peligroso o un iluso bienintencionado, algunos rechazarían su invitación y otros tantos lo ignorarían.

Pero lo que está claro es que a lo largo de la historia este Niño ha sido, y es, el centro mismo de la existencia de muchísimas personas, su esperanza y su apoyo. Unos buenos, otros malos, y otros regulares, como en todas partes. Ni mejores ni peores que los demás, pero con algo que los hacía diferentes, desde lo ocurrido en aquel diminuto pueblo de Judea.

Y, conscientemente o no, la vida de todos aquellos que no sabían o no querían saber de ese Niño también se ha visto determinada por él. Para buscarlo, para ignorarlo, para combatirlo o para tratar de eliminar su rastro. Y es que los que sí lo conocen comparten el mismo mundo.

¿Qué hubiera pasado si no hubiera habido un portal de Belén? ¿Si el Niño no hubiera nacido? Al margen de la historia-ficción, podemos decir que muchas de las personas que tienen un motivo para luchar, para ayudar, para amar, no lo tendrían.

Sin esa primera Navidad, no habría Navidad este año. Sin ese Niño, el mundo sería distinto. Posiblemente, sería un lugar más frío, más desesperanzado, más egoísta.

Tenemos algo que celebrar esta Navidad. Celebrémoslo.

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Seamos realistas. Esto es feo.

En esa tarea casi imposible, pero que algunos insistimos en abordar con  el mayor de los empeños, que es definir la belleza, caben tantos matices que a veces parece que el hombre no ha sido ni será capaz de inventar las palabras suficientes ni apropiadas.

Pero no se puede resistir la tentación de medirse con  lo inabarcable, al menos desde lo limitado de nuestras capacidades de expresión. De modo que trataremos de  mirar la belleza centrándonos en una de sus múltiples facetas para tratar de recomponerla de nuevo, en plan cubista.

Y una de las mejores formas de acercarse a este fenómeno inexplicable es desde lo profundo del ser humano que es, al fin y al cabo, el principal destinatario de lo bello. Por ello, podríamos definir la belleza, entre otros miles de formas y  símiles con mayor o menor dosis de poesía, como aquello que muestra el mayor tesoro del hombre: su dignidad.

Es decir, bello sería todo aquello que ponga en valor lo bueno que hay en la naturaleza humana, lo que le acerca a su finalidad definitiva y ensalza su verdadera valía.

Siguiendo este argumento, lo “feo” sería precisamente lo contrario: lo que refleja los instintos bajos del hombre, los que responden a la versión “animalizada” de su naturaleza y difuminan su profunda grandeza.

Y sí, es cierto, antes de que alguien replique: existe una estética de lo feo. Pero es de lo feo, no de lo bello. Tiene perfecta cabida en el pensamiento y en la creación artísticos, pero es feo.

SATURNO

Francisco de Goya, Saturno, 1820-1823. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Las Pinturas Negras de Francisco de Goya son absolutamente maravillosas, y poseen un gran valor artístico, histórico, social y humano. Son increíbles, y todo el mundo debería tener la oportunidad de estremecerse en directo ante ellas en el Museo del Prado.

Pero son feas.

Si a alguien se le ocurriera describirlas con el adjetivo “bonitas”, decir que son reflejo de lo bello, creo sinceramente que estaría equivocado. Con todos mis respetos.  El hombre despojado de conciencia no es algo bello, si bien a veces es necesario mostrarlo.

Y ése es el problema. Que se están invirtiendo los términos, y, a fuerza de no pensar, se deja de llamar a las cosas por su nombre.

Que una obra de arte sea rompedora, original, impresionante (y ésos son conceptos que requerirían una reflexión aparte), no quiere decir que sea bella. Y es posible que, según qué casos, ni siquiera sea una obra de arte (y esa cuestión sí que sería merecedora de  todo un tratado).

Pues eso. Que no nos vendan la moto. No es bello todo lo que reluce.

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Los que van a morir te saludan.

La primera vez que lo vi tuve la sensación de que iba a caer sobre mí. El cuadro había pasado muchos años oculto, y quizá por ello entonces, recién liberado, mostraba toda su impresionante grandiosidad. Y no me refiero únicamente a sus dimensiones, dignas de la pared de un gigante legendario.

Resulta tan envolvente, hay algo tan misteriosamente atrayente en él, que quien se asoma a esta escena no puede dejar de sentirse parte de ella, atrapado por su intensidad.

Y entonces uno empieza a pensar…Todos aquellos hombres, que viven su último instante antes de morir, ¿por qué están ahí? ¿Qué sienten, que pasa por su mente, qué guiaba sus corazones? Todos ellos dejaban algo en este mundo, algo que amaban por encima de todo…Y sin embargo, daban su vida por defender aquello que estimaban digno de tan magno sacrificio.

"Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga", Antonio Gisbert, 1888. Museo del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm.  Óleo sobre lienzo.

“Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga”, Antonio Gisbert, 1888. Museo Nacional del Prado, Madrid. 390 cm x 601 cm. Óleo sobre lienzo.

En sus ojos vemos valor, determinación, fe, lealtad, arrojo, infinita valentía…Incluso, me atrevería a decir, paz. Paz y esperanza. Lo que no alcanzamos a adivinar es rencor, deseo de venganza, ira. Tan sólo miedo. Aunque, ya se sabe, los valientes no son los que no sienten temor, sino quienes, aún estando asustados hasta lo más recóndito de su ser, miran hacia delante y afrontan su deber.

Aquellos hombres no son distintos de nosotros. Se despiden de este mundo con pesar, porque en él se encuentra todo lo que conocen y quieren. Sin embargo, no parecen tristes, ni derrotados. Amaban la vida, y posiblemente su corazón se desgarraba al decir adiós, pero conocían la verdadera valía del espíritu humano.

Murieron por atreverse a decidir por sí mismos. Por no querer aceptar una falsa verdad, maquillada con promesas de una vida fácil. Murieron por ser libres. Y lo fueron.

Defendieron un ideal hasta el último aliento, hasta entregar lo más valioso que poseían. Y no lo hicieron por alcanzar la gloria, ni siquiera con la confianza de que la Historia les juzgaría como héroes vencedores, de los que se enorgullecerían las generaciones futuras. Lo hicieron porque consideraban que era lo correcto, lo propio de un hombre de honor.

No hace demasiado tiempo que aquellos hombres derramaron su sangre en la playa malagueña. Muchos otros antes que ellos prefirieron morir a claudicar. Y no faltó quien tomara la misma decisión en años posteriores. En nuestro agitado mundo, convulso por tantos enfrentamientos, parece que la lucha por los ideales ha caído en el olvido. No queremos promesas intangibles, queremos todo aquello que se pueda ver y palpar, que agite nuestros sentidos. Pero no nos ocupamos de aquello que llena y engrandece el espíritu, porque el resultado no es inmediato.

Quizá sea bueno acercarnos con otros ojos a historias como ésta, que despierten en nosotros las nobles aspiraciones de nuestro adormecido corazón.

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De toda la vida.

Si explorásemos los archivos musicales en los diversos dispositivos electrónicos de distintas personas, muy probablemente encontraríamos, entre una curiosa mezcla de estilos, por lo menos uno de los clásicos de toda la vida. Al menos, de toda la vida de las personas con las que compartimos o hayamos compartido la nuestra. Es decir, alguno de los grandes éxitos de los últimos sesenta años. Algo de los Beatles, puede que los Beach Boys, las Supremes, The Mamas and the Papas…Queen y los Rolling no pueden faltar. E incluso puede que algún osado haya desempolvado a los Four Seasons.

Y eso sólo por mencionar a algunos, porque la lista podría ser mucho más extensa. Y aunque parece que las generaciones más jóvenes aún no los han descubierto, todo llegará. De hecho, es relativamente frecuente que veinteañeros conozcan mejor la historia de la música reciente que cualquier otra manifestación  cultural.

Y es que, aunque su tiempo haya pasado, lo cierto es que las canciones de toda la vida tienen algo que nos hace sonreír cuando suenan en la radio, o como banda sonora de una película. Son como el fondo de armario, siempre están ahí. Como los pantalones de pata de elefante; tarde o temprano, acaban volviendo.

Puede parecer que canciones como Love me do no contienen una gran poesía, ni una melodía técnicamente impresionante. Concedido. Neil Diamond no es Mozart, pero, ¿quién no ha cantado a todo pulmón Sweet Caroline, y sobre todo, tarareado las tres notas al final de la primera frase del estribillo?

¿A quién no se le ha encogido un poco el corazón, un poco al menos,  ante la crudeza de la realidad con The Boxer? ¿O bailado el Rock de la cárcel hasta quedar sin aliento? ¿Qué chica de ojos marrones no ha pensado alguna vez que Van Morrison podía haber cantado para ella? ¿Y qué mejor karaoke que uno que incluya las canciones de ABBA? Por no hablar de que, como todo el mundo sabe, la mejor canción para conducir es Don´t Stop Me Now.

En el fondo, son historias de las que todos podríamos ser protagonistas, con sentimientos como de andar por casa. Frank Sinatra y Paul Anka nos recuerdan que hubo un tiempo en el que la cortesía era parte fundamental del juego romántico. Crosby, Stills, Nash y Young nos hacen preguntas y plantean respuestas acompañadas de rasgueo de cuerdas de guitarra y baile de voces. Bob Dylan lleva décadas analizando la sociedad y los entresijos del carácter de un hombre con poco más que una pluma y una armónica.

Podríamos seguir así eternamente. Añadan sus favoritos, ya que han quedado demasiados en el tintero.

Lo que está claro es que las canciones de toda la vida nos hablan de un mundo distinto, en algunos aspectos mejor y en otros peor que el nuestro. Pero algo tienen, ya que varias generaciones las han hecho suyas. Y lo que es más importante, han sido, en muchos casos, un puente entre abuelos, padres e hijos, entre personas muy distintas pero con algo en común. Forman parte de la historia de nuestras vidas.

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Miguel Ángel sólo hay uno.

Sólo existe un Miguel Ángel. Y un Leonardo. Un único William, solamente hay un Piet, un Antoni, un Georg Friedrich, un Johannes. Vasili, Frank, Auguste, Fiodor…Son nombres que no necesitan apellido. Al menos para algunos.

Es lo que ocurre cuando dejas que un gran artista entre en tu vida, que os hacéis amigos y le tratas de tú, por su nombre de pila. O incluso por el apodo, como ocurre con el Spagnoletto, Corbu, o Tintoretto.

Todo comienza con una obra que te atrapa y se queda grabada en tu memoria. Intentas no hacerle mucho caso, porque siempre hay algo más urgente que hacer, pero tarde o temprano  acabas cediendo. Y a la primera oportunidad acudes a la fuente del saber: antes, la biblioteca;  ahora, Internet.

Dibujos de  Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

Dibujos de Miguel Ángel en la Albertina de Viena.

El caso es que una pintura lleva a otra, una canción te sabe a poco, y no puedes dejar el libro a medias. Siempre tienes ganas de más. Y estás entrando, casi sin darte cuenta,  en una relación que no sabes dónde te va a llevar. Empiezas a tontear con el arte y acabas conociendo a los artistas como si fueran tus habituales compañeros de sobremesa. Porque no se puede admirar una obra, admirarla de verdad, sin desear conocer  a la persona que hay detrás.

Es como pasar del museo al taller, y darle la mano al artista diciendo: “Soy fiel seguidor de su trabajo…” Pero no puedes acabar la frase porque todo lo que hay allí captura tu mirada. Posas los ojos en un  objeto y en otro, en los libros, los apuntes y bocetos, plumas y pinceles…hasta que te topas con los ojos del genio, que te observan viendo lo que tú sólo puedes intuir.

Entonces, puedes estar seguro  de que no olvidarás nunca su nombre, y que sólo con oírlo volverán a tu cabeza miles de obras maravillosas. En ellas sabrás descifrar los secretos de su vida, porque lo conoces como se conoce a un amigo; por eso para ti sólo hay uno.

Y en esas vidas hay un poco de todo. El arrogante éxito de Pedro Pablo, la incontenible energía de Ludwig,  la amargura del visionario Francisco, la serena y vital felicidad de Joaquín, la extraordinaria sensibilidad de Stefan, la excentricidad onírica de Gustav, el carácter de Sofonisba.

Hay un universo paralelo detrás de cada uno de esos nombres. Anton, Tomás Luis, Claude, Mateo, Gian Lorenzo, Edvard, Frida, Johan Sebastian, Thomas, Diego… Y muchos más que me dejo en el tintero. Todos ellos ven el mundo de forma única y siempre sorprendente. Cada uno de ellos es irrepetible. Por eso sólo hay uno.

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Antes molábamos.

"Interior con mujer joven de espaldas" Vilhelm Hammershøi, 1904.

“Interior con mujer joven de espaldas” Vilhelm Hammershøi, 1904.

Nos hemos vuelto cutres. Ésa es la palabra, cutres. Parece que somos demasiado vagos para molestarnos y hacer las cosas bien hasta el detalle. Y no tanto por las grandes obras de la humanidad contemporánea (afortunadamente, sigue habiendo genios y grandes profesionales), sino sobre todo, en la vida de la gente común.

Y déjenme que les proponga ejemplos muy pequeños, pero muy ilustrativos.

Hemos cambiado las sábanas por el edredón porque éste no requiere planchado. Se nos ha olvidado la receta de las lentejas, porque ahora los ingredientes se introducen en una máquina que parece que hace magia y las cocina con chorizo y todo. La pluma estilográfica se ha convertido en un artículo de coleccionista, porque se pierde mucho tiempo en reponer los cartuchos de tinta. El mantel de hule y los platos de cartón se han convertido en la vajilla habitual en las reuniones en torno a una mesa, porque es muy molesto lavar tanto utensilio. El peinado de moda es no peinarse, no vaya a ser que parezca que te has arreglado. Las notas de agradecimiento o felicitación son un recuerdo de un pasado romántico digno del cine, porque es más cómodo y sencillo enviar cualquier tipo de texto o imagen prediseñada por cualquier medio electrónico.

Y antes de que se dispongan a replicarme los daltónicos de la gama de grises, diré que no se trata de renegar de los avances de los tiempo. Evidentemente, no es preciso dormir todas las noches en sábanas de hilo, cenar soufflé de trufas los martes,  tomar el vino en copas de cristal de Limoges o enviar un telegrama para avisar de que has perdido el tren y llegarás tarde. El sentido común se presupone…

Pero es cierto que, por no molestarnos y no perder tiempo, corremos el riesgo de convertir nuestra vida en una mera sucesión de trámites, solucionados con la mayor eficiencia y rapidez posible, sin disfrutar de los pequeños grandes placeres de la vida. Y en el fondo de esa dejadez se esconde, quizás, una sombra de egoísmo, por no prestar un poco de tiempo y atención a algo que, posiblemente, podría alegrar a los que tenemos con nosotros.

No es que todo tiempo pasado fuera mejor. Pero creo que sí era menos cutre, y más dado a manifestar el aprecio en detalles pequeños, pero, al fin y al cabo, importantes.

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